20 años de Conchín en la Plaza del Pueblo de Buñol

El 22 de abril de 1997, Conchín Cusí Guerrero abrió las puertas de la Droguería en la Plaza del Pueblo

“I have a dream” (tengo un sueño). Son las más famosas palabras de Martin Luther King Jr. en un discurso pronunciado al final de la Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad, que tuvo lugar el 28 de agosto de 1963. Pues fueron esas mismas palabras las que pronunció mi madre allá por el año 97: “familia, tengo un sueño” (y esta vez no era por aquello de que le gusta dormirse de vez en cuando). La historia continuó: “he decidido coger el traspaso de la Droguería de “la Maruja” en la Plaza del Pueblo”. Mi padre, mi hermano y yo nos miramos estupefactos, pero la cara de mis abuelos era un poema. No obstante, teniendo en cuenta que mi madre venía de trabajar en “La Mavi” y antes tuvo su propia guardería, parecía que la historia podía ir más o menos bien y algo de luz se veía al final de ese túnel en el que nos acabábamos de meter. Y precisamente un túnel, o mejor dicho una cueva, es lo que teníamos por almacén en esa vieja tienda del centro del pueblo. Mi padre, sus amigos y los albañiles “se pegaron una tripá” de mil demonios. Cambio de suelo, pintura, mobiliario, estanterías, electricista y un muy largo ectétera. Una vez estuvo todo montado, había que combatir en otro frente, en este caso el más importante. Enfrentarte a un sector que mi madre conocía poco. Eso nos dio mucho miedo, pero, “quién dijo miedo”.

Tras pasar algún momento duro que otro, como en todos los comienzos, mi madre se fue haciendo con el negocio, aunque tuvo, gracias a Dios, muchas y muchos compañeros de viaje. Obviamente nosotros, pero también amigos, vecinos y algún familiar que otro. Pronto “la Conchín” logró salir a flote con mucho esfuerzo y sacrificio, aunque el ambiente de alrededor también acompañaba mucho. La Plaza del Pueblo era el centro neurálgico de la localidad. Todos los comercios se agolpaban a uno y otro lado de las aceras de la Calle del Cid y de la propia plaza. El centro era vida y toda esta vida pasaba a través del escaparate de “la Conchín”.  Recuerdo que otro salto importante fue una pequeña reforma que hicimos para cambiar el suelo y darle la vuelta a la tienda. Esto, casi coincidió en el tiempo con la llegada de la primera ropa interior a la tienda. Toda una revolución, que dio otra dimensión al negocio. Todavía, si cierro los ojos, puedo vernos a mi hermano y a mí, entre sujetadores, fajas y bragas, marcando género con la pistola y quitando vales de las lejías. También a mi padre yendo a por productos a Don Ahorro en Xirivellla -todavía lo hace-. Y a mi tía Mª José -el pilar de mi madre todos estos años- colocando el género en la góndola que todavía conservamos. Cómo no, a mis primas Lucía y Clara envolviendo regalos como locas durante las navidades. Y a mi tío Aurelio entrando en la tienda para llevar algún pedido a domicilio.

Más adelante, como todo trabajador medio, uno quiere progresar y abrirse nuevos caminos. Y como el pueblo también crecía, Conchín quiso crecer con el pueblo. Se abrieron dos espacios más, uno en la Avenida de la Música con lencería, perfumería y cosmética y, posteriormente, uno exclusivo de ropa en la Cooperativa del Barrio San Rafael. Desgraciadamente la crisis que ha golpeado al trabajador medio y a las pymes con dureza, hizo que estos espacios tuviesen que echar el cierre.

Lo curioso de esta historia es que, todavía ni yo sé por qué, mi madre no quiso quedarse en la Avenida de la Música, ni en el Barrio San Rafael, quiso mantener ese sueño en el centro de su pueblo y a apenas 5 minutos de casa. Ese sitio, en el que todo empezó, en el que entre “arenica pa fregar”, estropajos de esparto, “gorrinicos de wiker”, sosa y trementina, mi madre ha sido y es muy feliz. Ese sitio en el que a través de las ventanas hemos visto la vida de un pueblo pasar durante 20 años. Ahora, aunque estemos un número más allá, la esencia sigue siendo la misma, pero he de decir que el número favorito de mi madre es el 13. Es “contrahecha hasta pa’ eso”, aunque las mejores personas lo son. Por muchos años más. Felicidades!!!

A mi madre, como todas, “la más pesá del mundo”.

Luís Vallés Cusí.

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