Cinco consejos para volar la “milocha” en Pascua

*Este relato está inspirado en historias reales

Recuerdo que cuando llegaba el mes de abril, tu vida de adolescente se volvía más frenética si cabe todavía. Conforme se iban acercando las vacaciones de Pascua, había que pensar en todo. El local, la compra, qué mayor de 18 años usarías en el economato para que comprara el alcohol, avisar a la cuadrilla para poner el dinero para esos tres días…Vamos, un estrés auténtico, que se sumaba al de los exámenes pre-pascueros.

Una vez pasado ese estrés, llegaban esos tres días, que para ti que eres adolescente, eran los más importantes. Primer día, al “Roquillo”. Hato nuevo de la “Pepica María”, las “happy luck”, cantimplora con coca-cola (que luego se “desventeaba”), la mona de la “Chavalina”, bocadillo de besugo con olivas, el pito y, como no, el utensilio sin el que la Pascua no sería lo mismo, la “milocha”. En este artículo “pascuero” os voy a dar cinco consejos sobre cómo volar bien una “milocha” en los parajes de Buñol. Allá van:

1.- Comprar la “milocha” adecuada. Nuestra cuadrilla el primer día se reunía en la puerta del Campo de Fútbol para subir al “Roquillo”. Antes de comenzar la caminata para “haser gana”, nos dábamos cuenta de que no teníamos “milocha”. Con veinte duros nos dirigíamos al kiosko de Vicente o al del Barrio Gila, cuando aún estaba abierto. Allí la elección era fácil. Le decíamos al kioskero o kioskera: “una que vuele mucho”. Y nos daba la primera que pillaba, y nos decía: “esta va a llegar a Siete Aguas”. Y era esa la que cogíamos. Nada de aerodinámica, ni estas cosas raras de ahora. El resto de días, si la cometa no había funcionado, probábamos en otros sitios, como en el kiosko de “Machaco”, en “Luisito” o en “Juanjo”, que también nos ofrecían el mismo argumento sobre las grandes capacidades de la “milocha”.

2.- El montaje. Digno de ingenieros industriales, eran las instrucciones que aparecían en un papel doblado hasta más no poder dentro del plástico que envolvía a la “milocha”. Tres dibujos y te apañabas. La clave era cruzar bien los palos y meterlos en sus agujeros correspondientes. Una vez habías metido las varas en los agujeros y las habías asegurado en esa especie de bolsillito, que de solo mirarlo se rompía, era momento de colocar el hilo. Ese hilo, que tu madre no lo usaba ni para remendar algo. Un hilo flácido y blanco puro, que, con el paso de los días, se iba amarilleando. Tras el hilo, el toque final, esa cola de “plastiquete” malo, que en teoría servía para darle equilibrio a nuestra “milocha”, pero que luego se enredaba en todos los árboles y acababa siempre rota. Con esto, ya lo teníamos todo preparado. Ahora a volar.

3.- Elegir el lugar adecuado. Por ejemplo, una vez en el “Roquillo” había varias opciones. Subirte a los “terraplenes” de al lado de las vías, volarla en la propia vía, aprovechando las corrientes de aire del barranco o en los “bancales” de abajo. En la Cueva Turche, el lugar ideal en los “bancales” que hay encima de la cascada, a los que se accede por el “Ciprés”. Y luego, en la “Violeta” o en “El Planell”, el camino que va a pista de los monopatines o el terreno aledaño al “Lago del Amor”.

4.- La técnica de vuelo. Nuestra cuadrilla siempre optaba por la peor opción para volar la milocha, pero en algún momento conseguíamos que ascendiera un poco. Teníamos varias técnicas. Por ejemplo, en los “bancales”. El aire venía a ratos, pero siempre teníamos al llamado “corredor”. Esa persona, cogía la maneta con el hilo y corría y corría bancal abajo soltando hilo, para aprovechar la corriente de aire que ejercía su velocidad al correr. Aunque la mayor parte de veces, el “bancal” se te quedaba pequeño y la “milocha” ni había hecho ademán de ascender. El lanzador. Esta técnica consistía en que el más alto de la cuadrilla soltara la cometa cuando viniese una racha de viento. Nuestro hombre lanzador era mi amigo Jaime, que estaba “mu moso” para la edad que teníamos. Él se encargaba de las cosas técnicas, por aquello de que le gustaban las matemáticas, la informática y esas cosas. Empleábamos una técnica científica para que el lanzamiento funcionase. Te chupabas el debo e intentabas averiguar de qué lado venía el viento y cuando veías que soplaba algo más de lo habitual o los de la cuadrilla te gritaban “ahora, ahora”, entonces soltabas y la cometa giraba sobre sí misma y caía en picado al suelo. Tras varios intentos, normalmente la cometa acababa destrozada o con algún agujero que impedía su vuelo. La última de nuestras técnicas era que la volara el padre de alguno de la cuadrilla. Normalmente en los fallidos intentos, algún padre de los miembros de la cuadrilla pasaba por nuestro lado y nos decía: “sagales, dejarme que yo la volaré”. Y por una extraña razón, que no tiene que ver con la física, ni con la aerodinámica, la acababa subiendo hasta lo más alto.

5.- La recogida de la “milocha”. Una vez arriba, llegaba la segunda parte. “Arreplega que nos vamos”. Y esta, era otra de las partes más complicadas de aquella tarea. Porque si subirla había sido difícil, bajarla no era menos. Poco a poco tenías que ir recogiendo hilo, pero a la vez evitando los cables eléctricos de las torres (donde se quedaban decenas de cometas) y los “almendroleros, oliveras” y el resto de arbustos y árboles autóctonos de la zona. Conforme la cometa se iba acercando, se iba volviendo más inestable. Hasta que llegado un momento caía en picado hacia un lugar donde tu vista no podía alcanzar. En ese momento, alguien de la cuadrilla iba corriendo e intentaba localizar la “milocha”. Cuando lo hacía, venía lleno de arañazos por las aliagas o por alguna rama de árbol que le había rozado al “emparrarse” para rescatarla. Dejaba la cometa en el suelo, pero el hilo seguía sin recogerse. Un hilo que venía de un lugar inhóspito y que traía pequeñas ramas, trozos de plantas o arbustos bajos, algún nudo que otro…Y veías que su color había cambiado notablemente. Una vez estaba todo recogido y tras alguna “sudá” que otra, nos marchábamos a los puntos de reunión habituales por aquellas fechas para seguir disfrutando de las fiestas. No obstante, el momento “milocha” era lo más divertido de la tarde.

A mi “milocha” UFO, que se perdió por la Cueva Turche.

Luis Vallés Cusí
Periodista

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