Diario de un viajero-Leyendas de Buñol: El hombre de cera

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Corría el año 68, en Fancia, en Paris los estudiantes se deslizaban en luchas e ideales, la Nasa preparaba sus vuelos a la Luna, la URSS amenazaba sin cesar, el mundo estaba cambiando sin lugar a duda, pero nosotros, chicos de 6 años, en la flor matemática de la infancia, lejos de esos planes mundiales, no nos importaba más que jugar a futbol esa tarde o ver la Tv mientras merendábamos al son del atardecer buñolense. Nuestros limites eran, por arriba, la zona de las Ventas, a la cual considerábamos territorio peligroso por culpa de algún desalmado que por allí vivía y nos lo tenía vedado;  por abajo, la zona de El Hortelano y Monte Los Pilaretes, con el abismo del rio La Bajoca, que se perdía según nosotros en el túnel del horizonte; por la derecha la fuente de La Violeta y por ende el cementerio, el cual ya era palabras mayores; por la izquierda, hacía muralla el monte Alto Jorge, tierra de cowboys y gentes del Oeste americano (imaginábamos), por sus áridos cañones y lomas inexpugnables. En el centro nuestra calle, calle de Los Carboneros, centro neurálgico y casi cubico de nuestras vidas, aventuras y excursiones. Así era nuestro pequeño mundo, sin salida, concentrado, lleno de imaginación y frescura.

Una tarde de mayo, llena de sol y flores, perfumes y huertas y laberintos en nuestras mentes infantiles, conocimos a un chico forastero que por allí vagaba, el cual nos relató la extraña historia de El Hombre de Cera.

Empezó  a contarnos:  En esta parte donde ahora nos encontramos, sobre el puente del rio La Bajoca, podemos divisar todavía –y señaló hacia arriba– aquella casa derruida, cerca de la carretera que sube al monte de La Cruz. Esa casa era una central, una central eléctrica, ¿veis el poste que aún queda? El poste se alzaba sobre nosotros, oscuro, alto y amenazante. Nos fuimos acercando toda la pandilla a la central derruida.

Él prosiguió: Allí vivía un vigilante y cuidaba las instalaciones. Una noche de brumario el vigilante escuchó un ruido siseante y se asomó por la ventana, un fuerte fogonzo lo tiró hacia atrás, al momento todo empezó a arder, las llamas cubrieron la central y el hombre murió abrasado.

Estábamos a punto de llegar, cuando toda la pandilla se paró en seco, el temor se respiraba en la amarilla tarde de mayo.

Él, de un salto, ya estaba solo en las piedras de la central y nos animó a entrar. Las paredes destruidas por el fuego imponían. Desde allí se divisaba todo el pueblo.

Una vez en el interior prosiguió: Pero la historia no acaba aquí, dicen que una noche de diciembre en la que llovía a cántaros, un pastor se refugió con sus ovejas entre estos muros, y al rato de estar aquí, entre el fuego que se había preparado y sus ovejas, escuchó unos golpes fuertes entre las quemadas paredes, pero no hizo caso y siguió junto a la hoguera.

Al cabo de unos instantes se le apareció una siniestra figura oscura como la noche, con sombrero antiguo y capa, con el rostro desfigurado, quemado, ceroso y blanquecino. Se le había aparecido El Hombre de Cera.

Al escuchar estas últimas palabras salimos todos corriendo y no paramos de correr hasta llegar a nuestra querida calle.

El chico forastero, del cual nunca supimos su nombre, encima de la piedra reía sin parar mientras la pandilla huíamos,  pero su risa no era normal, tenía un toque metálico.  De él ya no supimos nada, despareció de nuestras vidas aquella tarde de mayo. No obstante, acababa de ocurrir algo, había nacido la leyenda de El Hombre de Cera. Como es lógico, no volvimos a pisar aquel sitio, siempre dábamos la vuelta por el paseo San Luis y si nos mandaban a por agua a la fuente de El Hortelano evitábamos la central o corríamos de huerta en huerta. Más aún cuando incluso nuestros padres hablaban de la extraña figura vista por gente mayor en varias ocasiones, desde la huerta de abajo o al pasar con el coche cerca del lugar hacia La Cruz.

Se comentó de un cazador que se le hizo de noche en dicho monte y cuando junto a su perro bajaba caminando hacia el  pueblo ya oscurecido y pasaba por la carretera a unos metros de la central pudo ver la figura de un hombre alto con capa y rostro ceroso y deformado Había nacido la leyenda, la leyenda de El Hombre de Cera.

Años después, una noche de Termidor, acordándome de esta vieja historia, decidí, sonriendo en mi interior, recordando mi infancia, dar una vuelta desde la piscina municipal cruzando el puente del rio Buñol (Bajoca), ir hasta la derruida central. La noche era obscura y me sobrecogió tanta quietud, decidí seguir hasta entrar en sus paredes quemadas. Al subir las primeras rocas hacia el lugar, mi corazón dio un vuelco y quedé petrificado. Frente a mí, oscuro y espesa la figura de capa y gorro antiguo, de rostro ceroso y blanco, las cavidades de sus ojos vacías, de altura impresionante, me observaba desafiante. Y así, en unos segundos, donde el tiempo fue lineal y amorfo, entre fuego y galerías, me relató la historia de su desgraciada vida, el incendio, el fogonazo sobrenatural, su cuerpo en llamas. Su alma vagando en un ser de cera y oscuridad.

En la noche terrible y quieta, pude ver a El Hombre de Cera.

Buñol a mayo de 1978.

Rafael Ferrús Iranzo
Buñol histórico

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