El mural de la música

Hace ya quince años que, nada más pasar la Feria, recibí el encargo de realizar un mural que hablase de la música en Buñol y, por lo tanto, de sus bandas. Me pareció un reto muy importante y de mucha envergadura. Hacían falta manos y compromiso, y así se lo dije a las mujeres que quería que trabajaran conmigo, mis alumnas desde el curso 1998/99. Me dijeron que adelante y comencé a pensar en él. Tenía libertad de formato y, de entrada, decidí hacer una franja horizontal equilibrada, eso lo tenía claro.

La temática era otra cuestión, plasmar la música en un mural acoplada a Buñol y que tuviera sentido no era fácil para mí, partiendo de que no sé música. Por otra parte, también me preocupaba plantearme el tema como algo figurativo o abstracto, dado que la música es matemática, pero al final decidí que la figuración podría resultar más inteligible.

Ya en ese punto me pregunte qué podría poner, dado lo poco que recordaba de la música que se daba en el bachiller de mi época de estudiante. Solo tenía clara la definición inicial: “música es el arte de combinar los sonidos con el tiempo”. Poco era, la verdad. Pero partiendo de ahí fui madurando la idea pensando encontrar un ruido característico de Buñol para aplicarle un tiempo y transformarlo en música, haciendo valer la definición de música en la que se entiende que los sonidos sin tiempo son ruido. Pensé en el ruido de las fábricas (por eso de “las fábricas resuenan…”) e inmediatamente en el agua. Y me gustó más el agua, el agua que al discurrir por el cauce de los ríos de nuestro pueblo entre las rocas hace ruido. Como Buñol es un pueblo de rocas y de agua me pareció interesante plasmarlo así…

¡Ya tenía el ruido! Para transformar en música el ruido del agua necesitaba aplicarle un tiempo y se me ocurrió hacerlo representando un reloj de arena… ¡Ya tenía la música! La clave de Sol en el centro emergiendo del agua me gustaba, además de tratarse de la clave más común; la idea de representar equilibradamente a nuestras Bandas de Música (galardonadas ambas con el Timbal de Oro en la Olimpiada de la Música de Kerkrade) con dos timbales simplificados también… Todo iba dando vueltas en mi cabeza. Tenía ya ciertos datos más o menos claros, era cuestión de darle forma.

Un mañana me levanté con la idea completamente embastada y con acuarela, en un papel que no servía para eso pero era del que disponía, me puse a trazarlo. Fusioné los ríos que discurren por nuestro término y los delimité con dos puntos emblemáticos. A la izquierda del mural, entre rocas y un contrabajo, representé una cascada en alegoría a la de la Cueva de Turche y a la derecha, la línea curva que delimita el Alto Jorge como yo lo veo desde mi casa. Repetí esa línea cinco veces para formar un pentagrama y colocar posteriormente una estrofa del Himno de Buñol que me gustase.

Pasé después a situar los timbales representando a nuestras dos bandas de música y el reloj de arena para marcar el tiempo. Con los timbales ya tenía representada la percusión pero me faltaban las otras familias de instrumentos, así que para la madera y la cuerda elegí el contrabajo y el piano, y para los metales, aunque en principio pensé en un trombón o una trompeta, me incliné después por la tuba. Eran todos instrumentos empleados por las bandas sinfónicas que me permitían jugar con el espacio en la composición del mural.

La clave de sol, tal como había pensado inicialmente, la represente emergiendo entre los anillos que se forman en la superficie del agua cuando se lanza una piedra, entre esos anillos y formándose por debajo del agua empiezan a surgir unas notas tratando de llegar a la superficie. Después, en la parte de arriba, a ambos lados de la clave de sol, unas franjas verticales. La idea viene de un juego que yo hacía de adolescente. Algunas veces me gustaba trazar líneas en un cuaderno al ritmo de la música y estas me daban distintas longitudes, así que les di el nombre de ritmos (sé que no es muy ortodoxo, pero los llamé así). Sigamos, pues.

Tenemos el ruido ya transformado en música, en esas notas que emergen del agua y buscan el pentagrama para ordenarse y homenajear a Buñol. A mí me gustaba la estrofa que dice “Buñol trabaja y sueña” y al comentarlo con las compañeras, coincidieron conmigo. Estaba decidido, las notas, al emerger del agua, irían desplazándose hasta el pentagrama, en la línea repetida del Alto Jorge, para decir, dándole colofón al mural: “Buñol trabaja y sueña”.

Vicen Carrascosa se encargó de preguntarle a su hijo, David, qué notas eran las que correspondían. Solo quedaba hacer la maqueta y las pruebas pertinentes de vidriados, colores y tensiones de acoplamiento de vidriado y pasta. Funcionó perfectamente. Ya podíamos comenzar.

Primero hice los cálculos necesarios para trasladar el diseño al tamaño real y nos pusimos a trabajar. Era un reto importante trazar una obra de tamaña envergadura horizontalmente, en el suelo, cuando su posición final iba a ser en vertical. La visión podría resultar muy diferente. El tamaño del mural, algo más de nueve metros en crudo, ocupaba toda la longitud del aula. Trabajamos de rodillas sobre puentes metálicos cruzados sobre la obra, es decir, cabeza abajo. La anchura del local daba para tener unas mesas en paralelo que me permitieron colocar sobre ellas una escalera de siete peldaños y, desde lo alto, comprobar que las figuras representadas “no se caían”, que tenían la verticalidad correcta.

Fueron unos meses de trabajo intensivo para poder llegar a la fecha requerida. Recuerdo particularmente las Pascuas de ese año haciendo viajes al taller, peleando con el color del agua que no daba el tono y rompiéndome la cabeza mirando los colores que se reflejaban en una balsa al lado de donde estábamos almorzando. La cerámica gasta esas bromas. Según la situación en el horno puede dar variación en los colores y complicarte la vida por muchas pruebas que hayas hecho. Tenía que estar colocado el 23 de mayo y no se podía perder tiempo.

Las cocciones fueron largas y constantes dadas las pequeñas dimensiones del horno del que disponíamos.Las piezas eran muchísimas, bastantes de ellas con mucho grosor y tenían que ser horneadas dos veces por lo menos (algunas, varias veces más). Una vez acabado, para facilitar su colocación, hice un plano a tamaño natural con todas las piezas marcadas, adjudicándoles una letra para su posición horizontal y un número para la vertical y con esos datos se etiquetaron cada una de ellas. Habíamos llegado a tiempo. Un albañil extraordinario, Vicente Ramón Iranzo, se encargó de colocarlo. Vuelvo a felicitarlo desde aquí por realizar el trabajo con extrema delicadeza. Supo entender la obra y darle el punto final.

No puedo terminar sin decir algo que considero importante y que seguro que a muchos os gustará conocer. Me había propuesto hacerle un “guiño al reciclaje” en esta obra, ese reciclaje que tanto nos preocupa actualmente y que ya nos preocupaba entonces. Pues bien, dentro de este mural, particularmente en toda la amplia zona de agua, hasta donde se funde con el cielo, hay un montón de vidrio reciclado, principalmente botellas de cerveza y botes de cristal.

No podéis imaginaros cuantas botellas y botes picamos dándoles diferente granulometría para aplicarlos según los efectos que se pretendieran conseguir. Si os acercáis a las notas que aparecen por debajo del agua podréis apreciar partículas oscuras que corresponden a una molienda más gruesa de las botellas de cerveza, hecho así a propósito para plasmar la vida que existe debajo del agua. Todo esto se llevó a cabo gracias a un equipo de mujeres que me ayudaron y que quise que figuraran conmigo en la firma del mural. Vuelvo a mencionarlas aquí: Rosa Carrascosa, Vicen Carrascosa, Carmen Rodríguez, Nieves Rodríguez y Mª José Tormo.

Y, si me lo permitís, ya que me habéis ofrecido este espacio, quisiera hacer una sugerencia. Inicialmente debajo del mural no iba un parque infantil, si mal no recuerdo, iba una fuente.  ¿Por qué no se retoma esa idea? El parque infantil podría situarse junto al otro que hay más abajo, puesto que hay una zona con gravilla que no resulta demasiado útil y podría quedar allí perfectamente. Respecto a la fuente, a mí se me ocurre hacer una con muchos caños justo debajo del mural, un caño por cada una de las fuentes antiguas de Buñol poniéndoles su nombre correspondiente. Entiéndase que si hay escasez de agua podría funcionar en circuito cerrado. Solo es una idea. Ahí lo dejo.

María Ballester Iniesta.
Ceramista.

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