El precio

Lo contaba por el pueblo, la gente mayor; era la guerra civil, guerra fraticida, tiempos de miseria, penas y hambre. Los hombres jóvenes y fuertes reclutados en el frente, y, en el pueblo, sólo mujeres, ancianos y niños…

Y el cacique del lugar, librado de la contienda por influencias. Se quedó en el pueblo al cuidado de su hacienda. Don Fulanito, el hacendado, se había encaprichado de Elisa,la joven hija del herrero, una hermosa muchacha casada y madre de tres criaturas que cabían juntitos dentro de un capazo.

Pasaban hambre, tan sólo se alimentaban de patatas, sopas de pan , y lo que alguna buena gente del lugar tenía a bien en compartir con ella, pero las cosas estaban realmente difíciles en aquel tiempo y lugar. En ausencia del esposo, el cacique no tuvo ningún reparo en insinuársele a la chica, la cual, simple y llanamente, lo rechazó de plano, ella estaba enamorada de su marido y no quería saber nada del tema. Pero él insistía constantemente; la buscaba, la seguía, le pedía una y otra vez tener encuentros sexuales con ella, incluso se atrevió a proponerle una compensación económica por ello, “que siempre te vendrá bien… ¿ o vas a dejar que tus hijos se mueran de hambre ?”, le decía, el muy canalla, él, precisamente, él, que vivía en la opulencia a costa de unos cuantos jornaleros que le labraban y cultivaban sus tierras por una miseria…

D. Fulanito paseaba su soberbia y su poder por las calles del pueblo al encuentro de los nietos del herrero. Cuando dió con ellos, los llamó, y, enseñándoles un capazo repleto de buenas viandas como chocolate, jamón, mantequilla, leche, quesos… etc., les dijo a los niños; “mirad que cositas tan buenas tengo, ¿queréis probarlas…?” A lo que, naturalmente, los críos respondieron que sí, haciéndoseles la boca agua, pues posiblemente algunas de esas cosas tan ricas ellos ni las habían probado. Entonces, el crápula, con toda intención, dijo; “preguntadle a la mamá si deja que os las regale…” Naturalmente, la madre ya sabía a cambio de qué.
Y aceptó.

Los niños se alimentaron bien, y ella recibió al cacique en su casa… mordiéndose los labios para no llorar, y el sentimiento de culpabilidad por lo que le iba a hacer al padre de sus hijos. Pero tuvo la sangre fría de que no se le notara y se compuso lo mejor que pudo. Se recogió su abundante melena en un moño alto el cual sujetó con una expléndida, preciosa y punzante aguja de nácar labrada muy artísticamente, único objeto de valor del que disponía el matrimonio, llegada a Elisa a través de su abuela, quien la había recibido en su juventud como regalo de bodas. Su marido y ella la conservaban como oro en paño, y, dándole un valor que ni ellos conocían, siempre pensaron que en un momento de dificultad económica podrían recurrir a ella vendiéndola para solventar sus problemas. Eso hizo Elisa, recurrió a la joya de la familia utilizándola como adorno en su moño. Estaba guapísima. Tuvo su encuentro con el cacique. Y todo pasó; hasta el tiempo.

Acabó la guerra, volvieron los combatientes, sus niños no se murieron… pero el cacique dejó de verse por el pueblo pocos dias después de su encuentro con Elisa. Nadie lo quiso buscar, él era muy orgulloso, y nunca daba cuentas de sus idas y venidas, ni siquiera a la anciana sirvienta que le atendía en casa. Unos meses después y, tras unas torrenciales lluvias que lo anegaron todo, alguién se encontró en un descampado cercano, sobresaliendo de entre el barro, una preciosa aguja de nácar labrada y con diminutas incrustaciones de brillantitos destellando al sol después de las lluvias…

Una verdadera joya.

Angelines Sánchez Planas
Aficionada a escribir relatos cortos

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