Son esas pequeñas cosas…

Ya es 8 de marzo. Hoy las redes sociales, los periódicos, los programas de televisión y radio se llenan de mensajes reivindicando este día.  Las plazas de la mayoría de pueblos y ciudades van albergar un acto conmemorativo, habrán manifestaciones, huelgas y hasta algunas de nosotras, quizás, recibamos  un abrazo, un beso o un mensaje que diga: Feliz día de la Mujer, junto con su pertinente emoticono de la chica vestida de morado, claro.

Parece que es un día bonito y festivo, pero en el fondo no lo es, más que nada porque tiene un origen bastante tétrico, pues su celebración se vincula con la espantosa muerte de más de 120 mujeres en el incendio originado en una fábrica textil en Nueva York, de la  que no pudieron escapar porque los dueños de la fábrica habían bloqueado la salida para evitar robos.

Han pasado más de 100 años desde este histórico accidente que puso sobre la mesa las penosas condiciones en las que trabajaban las mujeres en el siglo XIX. Es obvio que la situación ha mejorado, pero el mero hecho de seguir celebrando el Día Internacional de la Mujer es síntoma de que algo falla y  aún queda mucho camino por recorrer.

Un camino que pasa porque los hombres y mujeres cobren lo mismo; porque los dos tengan las mismas oportunidades para acceder a puestos directivos;  por compartir las responsabilidades familiares y las tareas del hogar, porque nuestros hijos e hijas sean educados en la igualdad; por no dejarnos llevar por los estereotipos sexistas tan arraigados en nuestra sociedad; porque no se conciba la violencia de género y algo complicadísimo aunque esencial: eliminar el  micromachismo.

¿Micromachismo? ¿Qué es eso? Pues según el psicoterapeuta que acuño el termino en 1991, Bonino, son “ formas de machismos sutiles y cotidianas que, en general no se ven, pero causan daño a las mujeres y que los hombres ejercen desde la concienciación de superioridad que nos da la cultura”. Es decir, el machismo de toda la vida de andar por casa, ese que tenemos tan interiorizado que es el más difícil de combatir.

Hay muchos ejemplos de esta clase de machismo en nuestra vida diaria que pasamos por alto, y no deberíamos, como es que la cuenta siempre se le dé al hombre y no a la mujer, al igual que se le sirve la bebida fuerte y a nosotras la suave;  saludar con dos besos a ella,  pero darle la mano a él; llamar a los políticos hombre por su apellido (Rajoy, Sánchez, Iglesias) y las políticas mujer por el nombre (Susana, Soraya); observar a una mujer mientras aparca y caer en el maído “mujer tenía que ser”; en las entregas de premios, bodas o ceremonias comentar solo la indumentaria de las mujeres y realizar críticas muy duras a quien se sale de la norma; los uniformes con falda para ellas y pantalones para ellos; que las mujeres paguen menos en discotecas no es hacerles un favor, es tratarlas como ganado; y así un triste largo etcétera.

El problema radica en que son muy difíciles de erradicar, puesto que una de sus características más distintivas es que estas pequeñas acciones las consideramos normal y  lo vemos como algo natural, lo que favorece a su transmisión de generación en generación. ¿Por qué damos por sentado que el café lo tiene que preparar la mujer para el hombre? ¿Quién dice que esto debe ser así? Los hombres parece que solo por ser hombres ya no tienen por qué ocuparse de estos quehaceres. Pues así, a base de repetirse estas cosas, la cultura las acaba considerando algo normal y se legitiman.

Y, ¿qué podemos hacer para acabar con esto? Pues lo primero de todo educar en igualdad de género a los niños y niñas. Si queremos que en un futuro desaparezca esta situación tenemos que educar a las mujeres y hombres del futuro desde que son pequeños. Lo ideal sería que la educación recibida en el colegio fuese acorde a la recibida en casa.

El segundo paso es desnaturalizar estos comportamientos, decir esto existe, está mal y no puedes realizarlo y quedarte tan tranquilo. No hay que ser tolerante. Si hay algo que no te convence (independientemente de que sea tu pareja, tu padre, un compañero de trabajo…) déjalo claro desde el principio, da tu postura abiertamente. Hay personas que no son del todo conscientes y tenemos que hacerles saber las connotaciones negativas de sus comentarios.

Por último, rebélate y di más a menudo: “no, esto no lo hago “o “el café te lo pones tú”.

Ojalá no hubiese nada que celebrar, nada que reivindicar hoy. Ojalá no hubieran manifestaciones, huelgas, actos, mensajes que digan: Feliz día de la Mujer, junto con su pertinente emoticono de la chica vestida de morado, claro. Ojalá.

Mª Carmen Fuertes Miguel

Psicóloga

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