Manual del perfecto ignorante recolector de hongos

Foto Vicente Hernández ‘Picota’

He de confesar, antes de nada, que a pesar de que mi abuelo se esforzó por inculcarme la cultura del monte, “la casera” y otros menesteres relacionados con la naturaleza, yo nunca he sido de eso (ya lo siento abuelo). No obstante, en mi niñez sí que pasaba largas temporadas de verano en el monte, con mis padres, mi hermano y con mis abuelos Vicente y Concha. Eso sí, no teníamos piscina y eso en verano era un auténtico suplicio. Aunque bueno, siempre podíamos ir a la “balsica” del “tío Pepe el de la imprenta” o a la del “tío Mauro”.

El caso es que las temporadas en el monte después del verano, daban paso a fines de semana cuando ya hacía más frío y empezábamos el colegio. Pero con la llegada del otoño ocurría algo a lo que yo asistía estupefacto. Algo cambiaba en el semblante de mi abuelo y al parecer en el del resto de vecinos de la “contorná”. Todos ellos, incluido mi abuelo, se transformaban. Esto parece ser que era un mal endémico que sufría todo aquel al que le gustaba esto del monte. Auténticas hordas partían casi antes del amanecer a patear, con garrote en mano, cesta de mimbre y una “corbellica”, los montes colindantes en busca de un preciado manjar, de lo único que les hacía madrugar, incluso antes de que hubiesen puesto los árboles en el monte. Ese objeto de deseo era, el “hongo” (rebollón).

En este artículo quiero resumir lo que NO hay que hacer si quieres ir al monte y encontrar “hongos”. Lo voy a hacer en cuatro sencillos pasos.

La vestimenta
No puedes ir a coger rebollones en pantalón de chándal y con las zapatillas de entre semana del colegio, porque no eran aptas para el terreno por el que ibas a caminar. ¿Cuál era el problema si hacías eso? Pues primero de todo, que te ibas a dejar los “punchasos” con las aliagas sobrados y que las zapatillas te iban a pesar dos kilos y medio más, después de llevarte contigo todo el barro que había en el monte. La vestimenta correcta, un pantalón vaquero, de cazar o de pana, que no atravesaba ni la más ávida aliaga. Además, unas botas de montaña bien cerradas, que luego te podías quitar en el coche, porque habías traído las zapatillas de entre semana de repuesto. Y en el cuerpo, pues chaqueta gorda y de tela dura, evitando los plumíferos, porque el lunes en el colegio parecían auténticos coladores y las plumas se te caían a diestro y siniestro.

Los “punticos”
Es muy importante rodearte de gente que conoce el terreno y que te va a llevar a zonas en las que sabe que hay “hongos”. Son los denominado “punticos”. Este es uno de los secretos mejor guardados de la sociedad buñolense. Preferirían confesar un robo, antes que decirte donde están los “punticos” en los que ellos cogen “hongos”. Bien es verdad, que este secreto va pasando de generación en generación, eso sí, solamente dentro de la familia, nunca fuera de ese círculo, si no “te limpian”. “Los punticos” están distribuidos por varias zonas del término de Buñol y más allá, aunque dependiendo de la época de lluvias (ahora más bien pocas) son más prósperos en “hongos” o no. Titulo este artículo manual del perfecto ignorante recolector de “hongos”, porque por mil veces que me haya dicho mi abuelo donde están los “punticos”, nunca me acuerdo. Como para acordarse, ya me dirás en medio del monte como vas a saber de un año para otro si estás en el lugar correcto o no. Eso sí, mi abuelo se acuerda hasta de las marcas de los árboles.

La recolección
Este es el motivo principal por el que madrugas ese fin de semana, porque tendrías que estar viendo dibujos hasta las 12 del mediodía. Así que el madrugón vale la pena por esto. Eso sí, vale la pena para los que tienen idea, no como yo. Para ir a recolectarlos no vale cualquier cosa. Has de ir provisto de la cesta de mimbre –no valía la bolsa de Papeleros, el Vivó o Cementos– y de una pequeña corbella o navaja. La cesta, te explica tu abuelo, es para que cuando cojas el rebollón en sí, las esporas caigan y se reproduzcan y así volverán a salir “hongos”. Y la corbella o navaja, para cortarlos delicadamente por el tronco y dejar una parte del rebollón en tierra. Una vez en el “puntico” tú te imaginas que los “hongos” se te van a presentar delante diciéndote: “hola, estoy aquí, cógeme”. Pues no. Yo iba delante de mi abuelo y pasaba por una zona y me decía “pero chico, que no lo has visto”. Y yo: “¿el qué?”. Y mi abuelo: “pues la flocaica que has pasao”. Y de repente, se agachaba, levantaba un romero, un “sarsal” o una carrasca, y allí estaban cuatro o cinco “hongos” esperando a ser recogidos. Es decir, que yo los chafaba, literalmente y pasaba por encima de ellos, y mi abuelo cual sabueso, sabía dónde se escondían aquellos malditos. Además, había algo peor que eso. Y era ir en cuadrilla familiar y que todos hubiesen encontrado menos tú, porque luego encima se hacía recuento y constatabas que eras el más patán del lugar.

Por otro lado, había dos supuestos más en esto de la recolección. Uno de ellos es cuando llevabas un rato buscando y no habías encontrado, de repente en el tronco de un árbol veías tres juntos y gritabas: “aquí hay muchos”. Todos acudían corriendo y llegaba tu abuelo o tu padre y te decían: “pero Luis, no ves que son cabreros”. También estaba cuando encontrabas uno bueno. Tú dabas saltos de alegría, pero más tarde descubrías que estaba lleno de gusanos. No te lo podías creer.

El último supuesto era cuando realmente lo encontrabas. Después de horas y horas buscando, por fin, lograbas el tan ansiado premio. Pero llegaba la hora de cogerlo. Tú ibas con el máximo cuidado y a la que te habías dado cuenta, habías sacado el “hongo” con el tronco entero. Cuando pasaba esto, te intentabas esconder para que nadie te viese, le cortabas el tronco y lo tirabas por ahí. Aunque siempre había alguien vigilando y te descubría.

Vuelta a casa y degustación
Lo mejor de haber pasado la mañana cogiendo “hongos” era la vuelta a casa. Aunque si tenías los pies con tres dedos de barro y le manchabas a tu padre las alfombrillas del Peugeot 309 Look, la vuelta no iba a ser un camino de rosas. Una de las cosas que más me llamaba la atención de la llegada a casa, es que, en el trayecto del coche hasta mi edificio, tanto mi abuelo, mi padre y yo, íbamos mostrando el género a todo el que se cruzaba a nuestro paso, como si de un tesoro se tratase. Comentarios: “yo jodo, ha ido bien la mañana”, o “güena fritaica vais a haser”. Teníamos que exhibir las mieles de la victoria, al igual que hace el 99’9% de los vecinos que van a coger rebollones. Les encanta mostrar lo recolectado. Se llama, dar un poco de envidia. Además, me sigue resultando curioso, que la mayor parte de todos esos que presumen (presumimos), luego los dan y ni los prueban. Pero da mucho gustico cogerlos, la verdad.

Lo mejor de la vuelta a casa era, cuando te los ponían en el plato. No obstante, antes habían pasado un proceso de limpiado y lavado, que tú no podías hacer porque la mayoría se te rompían o los echabas a la sartén con “pinocha” (ya os he dicho que soy muy malo en estas lides).

Ahora sí, lo que más “gustico” me daba era comérmelos, “friticos” con “ajicos” y después, hacerme una “esponjita” con pan en el caldo. También me gustaban en el “mojete” la verdad. Ah, y se me olvidaba, y aunque yo no sabré mucho de esto, si tengo que me voy a apropiar de aquella frase que se repite cuando se ponen “hongos” en la mesa: “es que los de Buñol tienen un sabor especial”.
A mi abuelo Vicente, “El Tío Modo” (el mejor “cogeor” de “hongos”).

Luis Vallés Cusí
Periodista

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