Recordando la noche de “la empalmá”

La verdad es que cuando llega el mes de agosto, se me pone una cosa en el estómago que no sé cómo explicar. No sé si son nervios o que. Lo que si sé es que mi cuerpo me alerta de que algo está por llegar. De hecho, cuando paseo por las calles de Buñol, los días previos a las fiestas, mi autosugestión es tal, que huelo a espliego, a tomate, oigo pasodobles, aplausos, revivo momentos de otros años, me imagino como serán los que están por venir. Creo que lo que me dice mi cuerpo, es que, ya estamos en fiestas.

Las fiestas de Buñol, son fiestas que nadie debería perderse por nada del mundo. Aunque bien es verdad que, yo en los últimos años, por distintos motivos no he podido disfrutarlas al completo. Lo que si echo de menos es una cosa, al igual que otros echarán otras. Me acuerdo mucho de cómo preparábamos la noche previa a “La Tomatina”. La noche de la “empalmá”.

Bien es verdad, que según me contaban mis padres, la noche de la “empalmá” era la que correspondía al día entre “La Tomatina” y la noche del “mojete”. Eso era lo tradicional, según me contaban los viejos del lugar. Pero, por alguna extraña circunstancia, desde que tengo uso de razón, la noche gorda, era la noche previa a “La Tomatina”. Me acuerdo perfectamente de cómo la preparábamos, –y aquí entra eso que os comentaba antes del no sé qué en el estómago–. Mucho antes de que comenzaran las fiestas, ya tenías que haber reservado sitio en algún bar, porque si no esa noche iba a ser imposible cenar por mucho que lo intentases. Una vez conseguías el sitio, después de haber llamado a tus amigos millones de veces para confirmar cuántos sois, llegabas al sitio y qué pasaba. Que el uno ha venido con dos más que son de fuera, que el otro ha traído a su hermano, a su prima o a su primo. Entonces empezaba el juego de las sillas. Cinco de pie, el resto sentados y como te fueras al baño o te levantases a por algo, la habías “cagao”. El caso es que al final, lo acababas arreglando y te sentabas entre dos sillas o en la esquina de la mesa y todos “cogíamos”.

La cena ya se sabe. Esa noche habías llegado a las 22h –yo casi nunca llego a la hora– y no sabías cuando te ibas a levantar. No obstante, la cena estaba amenizada por los numerosos extranjeros que pasaban por delante de ti, vestidos de las formas más sorprendentes que te pudieras imaginar. Eso unido, a los vendedores ambulantes de sombreros, gafas y demás gadgets para esa noche, hacían que el momento cena se te pasara volando. A la que te dabas cuenta ya era más de medianoche y aún te quedaba otra media por delante. Otra de las cosas que recuerdo con especial cariño de la noche de la “empalmá” es que mis amigos y yo y otras cuadrillas, nos disfrazábamos. Hemos tenido de todo, colegialas, curas y monjas, turistas chinos con camisas de dragones. E incluso, cuando los “chiringuitos” estaban en la curva, fuimos por una noche “Los Vigilantes de la Jarra: Jarra Watch”.

Pero nosotros no éramos los únicos. Los “espeleos” también nos acompañaban y multitud de pandillas que ponían la nota de color en una noche, que cuando éramos más jóvenes era una de las más importantes del año.

Una vez habíamos hecho el pasacalle por el recorrido hasta la feria, llegaba el turno de lo que llegaba. Subirnos a cualquier atracción de la feria –preferiblemente los toros– para, a parte, de dar la nota, “haser el borregonsico” un poco –que más de uno acababa con el cuello fastidiado o alguna lesión menor, que no se notaba por aquello de la embriaguez–. Más tarde, para obligada en los “chiringuitos”. Música de toda índole, desde lo alternativo e indie, pasando por el “pachangueo”, las “cantaditas”, hasta llegar al “remember”. Todo tipo de estilos musicales, que cuando llegaban las horas intempestivas ya no distinguías. Y, ¿qué pasaba cuando llegaban esas horas intempestivas? Pues dos cosas, o que tenías sueño o que tenías hambre. La primera circunstancia no podía ocurrir en ningún caso, ya que era la noche de la “empalmá” y no podías claudicar, así que te metías un café donde fuera y a aguantar se ha dicho. La segunda se resolvía muy rápido. La del hambre, me refiero. Bajabas, como podías del “chiringuito” donde estuvieses, y tras caminar 200 metros, que te parecían dos kilómetros, conseguías llegar a los suculentos y no menos apetecibles puestos de patatas fritas, perritos, hamburguesas, gofres y otras delicias, que a esas horas, cuando el sol ya despuntaba, se convertían en desayuno improvisado para echar algo sólido a un líquido estómago. Normalmente a esa hora, del disfraz original, solamente te quedaba algún complemento, que además no era tuyo, ya que los tuyos se los habías regalado a todo aquel o aquella que te los pedía. Con esas pintas debías llegar, lo mejor posible a tu casa para cambiarte y acudir a un segundo desayuno-almuerzo que era de obligado cumplimiento si querías sobrevivir a la batalla de tomates que te esperaba luego. La historia se complicaba cuando ibas a entrar en casa. Tus padres estaban a punto de levantarse y tú, tenías que entrar de la manera más sigilosa posible, aunque eso es lo que pensabas, pero no era la realidad. Después de no encarar con la llave, de pegarle al marco de fotos de la mesa de entrada a casa y de golpearte con algún marco de alguna puerta del pasillo, llegabas al comedor y allí estaba tu madre con el “hato” preparado para el tomate. Sólo con que tu madre te mirara ya sabías que lo que tenías que hacer era cambiarte lo más rápido posible, para que tu padre no se despertara antes de que salieses y te viese con esas pintas y en ese estado.

Una vez huías de casa como podías, ibas a almorzar y recuperabas algo de fuerzas para la más cruenta de las batallas. Una batalla para la que no estabas listo si no te tiraban un “poal” de agua de la acequia de San Luis o de cualquier balcón que se preciara.

Así es como recuerdo yo la noche de la “empalmá”. Y digo recuerdo, porque en los últimos años esto ha quedado en el olvido. La noche previa a “La Tomatina” está a años luz de ser lo que fue. Los cambios en la fiesta habrán aportado cosas positivas, pero también tienen sus cosas negativas, como todo en esta vida. No obstante, yo recuerdo con cierta nostalgia aquellos años, en los que los nervios te invadían desde primera hora de la mañana, solamente para vivir esa noche. Una noche en la que compartías momentos inolvidables, que he intentado plasmar en este artículo. Esto son algunas pinceladas, otras me las callo, porque mis amigos ya están casados y con hijos.

A mi cuadrilla.

Luis Vallés Cusí
Periodista

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