Relatos y cuentos de Buñol: el ensotanado

La tarde cae lenta y obscura en esta Villa del Condado de Buñol, el cielo rosáceo y dorado me lleva a mi querida ciudad natal de Marsella, de donde soy.

Apoyado en la muralla que cubre todo el castillo veo el ocaso desaparecer sobre un cielo hermoso y mediterraneo, lástima que estos españoles sean tan tercos y torpes y no hayan abrazado los ideales del Emperador y la revolución. 

Si, soy francés y espía en este atrasado país. Me llamo Jean Louis Brasses y estoy esperando ordenes del Mariscal Moncey para invadir Valencia. Estoy alojado en una casa donde me hago pasar por profesor retirado que busca un clima y aguas benignas para mi salud. No ha habido problemas en mi nueva identidad, pues aquí la gente es muy cerril y se lo cree todo. Hace falta cambiar esta sociedad agrararia y meter ideales ilustrados rápidamente. 

Después del éxito de nuestras tropas en Zaragoza y Cataluña va a ser todo más fácil de lo que nos esperábamos y Portugal que espere. Ya me veo en mi nuevo puesto de capitán al lado del Mariscal entrando en Valencia. Habrá que esperar. Son años de gloria y pasión. Por Francia.

La noche ya cae y mis sueños se diluyen en el espacio y el tiempo. Faltan pocos días para que los soldados del Imperio atraviesen un puerto llamado Cabrillas y dos días para la conquista de Valencia y su puerto. El mensajero llegará esta noche para darme instrucciones, y tendré que despejar estas poblaciones de insurrectos y posibles guerrillas. Para ello me van a enviar un escuadron de élite, disfrazados de paisanos pero fuertemente armados. Somos La Grande Armée, o sea, invencibles.

Un fuerte viento ha empezado ahora a mover las banderas reales que cubren este castillo medieval y bien conservado. A paso ligero me dirijo a mi alojamiento. La noche empieza en tormenta, las gotas grandes y espesas me hieren como si me indicasen que no soy de este lugar. Una sensación extraña me cubre y casi siento miedo. Ya corriendo y notando algo que me sigue paro en seco, miro hacia atrás y solo acierto a ver una sombría cortina de agua y el castillo, siniestro, al fondo.

Bajo al casco antiguo, los farolillos se van apagando a mi paso, la lluvia ya me ciega y tengo que parar en un arco de donde cuelga una tenue luz que alumbra una imagen de la Virgen. Allí espero que aquello pare y pueda volver a la casa. Los relámpagos sacuden sin cesar las viejas casas y ahora ya es riada lo que pasa por las calles. Algunas ventanas se abren y cierran solas mientras sus cortinas ondean como invisibles fantasmas. Es abril, pienso , mes de tormentas y lluvias en este país.

Y una sonrisa se dibuja sola en mi rostro pensando en mi esplendoroso devenir al lado del Gran Napoleón. Ya el temor ha desparecido y solo pienso en el mensajero y sus noticias. De repente, un escalofrío me sobrecoge, y mi mente se hace eco de algo. Tengo que volver a la muralla del Castillo, pues es allí donde había quedado con el soldado francés.

Cómo puedo ser tan torpe, me dije a mí mismo, mientras la lluvia había cesado por completo y el cielo de forma inexplicable se había estrellado. Un azul intenso y un fuerte olor a tierra mojada me inundaba. Pasé por las callejuelas casi a oscuras, pues los faroles se habían apagado del fuerte viento. A veces algún rostro se repetía entre los balcones, como preparando un futuro todavía no escrito. La paz que ahora se dibujaba en el paisaje era inusual frente a lo que había ocurrido hace unos minutos de intensa tormenta. 

Bajo el arco de la torre del Homenaje estaba la explicación. Allí, suspendido en el aire a unos centimetros del suelo, me miraba fijamente aquel ser obscuro y negro, espeso como la noche, el Ensotanado. Su capucha de fraile, su amplia capa, me erizaban el alma. Quedé clavado en suelo y tierra mirando aquel ser de otro mundo. No tenía rostro pero me miraba, sus brazos en horizontal, su cuerpo erguido de más de dos metros bajo el farolillo oscilante. 

De la nada, del inframundo, de las tierras de este país que yo tanto había despreciado, de sus grutas y cuevas, de sus gentes, habría surgido este ente. ¿De dónde? 

Fue el Aviso, pensé en segundos, de gran desgracia sobre estos lares y sobre mi vida.

Atrás pude ver al mensajero, el soldado francés, colgado de la torre. 

Se borró el tiempo, se borró la vida, pasaron horas o segundos. Aquel ser era poderoso y como una espesa nube negra en el cielo que avisa tormenta y granizo, él me avisaba de sangre y fuego sobre esta villa, de sangre y fuego para el Emperador, de destrucción y muerte. Su cuerpo alargado y ensotanado era el mensaje. 

El Mariscal Moncey pasó, según lo establecido, por el Paso de las Cabrilllas, donde encontró cierta resistencia de regulares de Líria y paisanos de Buñol, los cuales fueron masacrados. El Mariscal Moncey, en represalia y antes de tratar entrar en Valencia, se detuvo en el Condado de esta Villa, donde cometió toda clase de ultrajes en mujeres y niños, se llevaron 360 caballerías, más de 1.000 cabezas de ganado, siete mil duros de don Juan Bautista Ferrer, saquearon la iglesia del Salvador del castillo, de donde se llevaron la custodia y once lámparas de plata, mataron y fusilaron sin piedad…

El Mariscal escribe sobre estos pasajes:

Mis tropas en su marcha han observado la más exacta disciplina y no han cometido hostilidad alguna, pero han tenido que rechazar la fuerza con la fuerza…

Ahora, tendido en el suelo, con una bayoneta atravesándome el costado, y mi vida yéndose, frente a las Torres de Serranos de la Ciudad de Valencia, ante tanta crueldad y barbarie, y la gran heroicidad de estos españoles, a los cuales queríamos quitar su libertad, recuerdo aquel ser que venido del otro mundo advirtió del poder del Aviso. 

Mis ojos se cierran viendo tan hermosa ciudad y recuerdo mi Marsella querida, el mar azul y la tarde caer y tan absurda guerra que nos ha destruido, y el Ensotanado ahora me cubre con su manto negro y espeso y me lleva a su infernal mundo.

El Aviso que nos da en la noche lúgrube el Ensotanado, de grandes desgracias y hechos terribles, de muertes y suicidios, hagámosle caso. No sabemos lo que nos espera ante su inesperada presencia.

Esta maldita Guerra de España fue la causa primera de todas las desgracias de Francia… esta maldita guerra me ha perdido

Napoleon Bonaparte en su exilio de Santa Elena, 1814.

Rafael Ferrús Iranzo
Buñol histórico

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