¡Sé feliz, es una orden!

En estos tiempos de servilleta y azucarillos uno se pregunta si ser feliz consiste en perseguir todo esto que nos dicen. “Que tus sueños sean más grandes que tus miedos”, “eres único en el mundo entero”, “piensa, cree, sueña y atrévete”, “vive, ríe, ama”, “la vida sigue…” y millones de frases similares que invaden nuestro campo visual, llegando a preguntarte “¿ya sonreíste hoy?” al pie de los pasos de cebra (cuidado no vaya a ser que de tanta maravilla, olvides mirar y te acaben atropellando).

Esta banalización de la palabra felicidad ha hecho que el concepto en sí mismo pierda todo su valor incluso que llegue a ser repudiado. Es como si para ser feliz solo bastara tener momentos de unicornio y color de rosa, de compartir, de solidarizarse, de amar, de reír y de llorar de emoción, de estar encantados…Y yo viendo todo esto me pregunto: ¿Hay alguien capaz de ser feliz? Esta gente que nos “sugiere”(ordena) hacer todas estas cosas ¿qué finalidad puede tener? Y claro analizando me doy cuenta de que los supuestos felices, trabajan más, producen más, consumen más. Y sino pensad en la coca cola, “la bebida de la felicidad”, refresco azucarado que al ingerirlo, no solo no calma la sed sino que nos incrementa las ganas de beber. Las farmacéuticas también se aprovechan de esta filosofía de la energía mental dando píldoras para vivir mejor y ser más felices (prozac, fluoxetina, triptófano, etc). Conclusión, nuevas estrategias de fondo rosa para mantener viva la manipulación de un sistema capitalista basado en el consumo y en la conversión de los seres humanos en objetos, en productos del mercado.

La nueva “literatura” también está basada en los principios de autoayuda, felicidad y esperanza, con terapias de mercadillo que sugieren la práctica de cierta técnica para mejorar tu conducta tóxica, relajarte, abrir los brazos al mundo, dejarte atravesar por el poder del sol… Para ejemplo Paulo Cohelo, un escritor “revolucionario” en este sector que ha sabido aprovecharse del tirón del momento y ha conseguido vender 200 millones de libros. Atrás queda Tolstoi y su “Anna Karenina”, Poe y sus relatos escalofriantes, Dickens y su crudeza victoriana de la realidad, Steinbeck y “La perla” maldita, Cortázar con su “Rayuela” y un sinfín de grandes que ahora comparten disciplina con el triunfo de la moda y del simplismo barato.

Sin embargo, a poco que uno reflexione se da cuenta de que la felicidad es un concepto muy amplio, no basta con una sonrisa para afrontar un día complicado, para sacar a alguien de un estado de letargo, para impedir que una persona genere una adicción a los tóxicos, para que maltrate a las personas de alrededor, para que critique y sea criticado, para superar una ruptura, para tolerar la pesadez de ser padres, para recuperarse de un duelo…Esta “felicidad” quizá también pretenda ocultar el que las personas busquen continuamente su mal, queden ensambladas en la repetición de hacer las cosas que día tras día generan su propio malestar (pero esto es mejor no reconocerlo). La monotonía no sólo son aquellas cosas que hacemos todos los días, sino también las cosas que dejamos de hacer por cumplir nuestra rutina.

Es imposible dar una receta de felicidad para todos, pero de algo estoy seguro y es de que en la singularidad de cada persona hay una vía para reducir la angustia que dista mucho de buscar un factor común.

En una vida hay momentos de todo tipo, buenos, malos, regulares y geniales, al final todo se resume en eso, en aceptar sin dejar de luchar y en movilizarse cuando toque, si es que se puede. Porque estar triste, decaído, solitario, angustiado, melancólico también es apropiado, y también tiene cabida en nuestra trayectoria de vida y muerte. Yo, mido mi felicidad en momentos: leyendo, escuchando música, practicando deporte, comiendo jamón, bebiendo buen vino, escuchando a los demás… pero también en esos días de desesperación, apatía y rabia sin los cuales no sería capaz de vislumbrar la angustia que me fuerza al movimiento. Pero hablo de mí, y de nadie más. Cualquier camino para esta vida es válido, cualquier afecto comprensible, cualquier opinión respetable. Lo siento Mr. Wonderful pero a mí no me engañas.

Francisco Hernández Pallás
Psicólogo y Psicoanalista. CV-13012

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