¿Títeres para los niños? La familia decide

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Ante el revuelo ocasionado el pasado mes en el que dos titiriteros fueron encarcelados por una actuación con muñecos en horario infantil, me he visto en la obligación de proporcionar una opinión alternativa a la manifestada por los medios de comunicación.

Lo cierto es que me sigue pareciendo peculiar que personas que hace aproximadamente un año salían a la calle en un movimiento de unión internacional, a manifestarse a favor de un “JE SUIS CHARLIE”, retengan, prohíban y encarcelen a dos jóvenes que mínimamente han puesto en jaque la libertad de expresión.

Pero mi análisis va más allá que una mera opinión que cualquiera pueda compartir o no. En este suceso se está poniendo de manifiesto como la sociedad avanza hacia un modelo “descafeinado” en el que ya no caben ni los cuentos.

Con la supuesta racionalización de todo lo que hay a nuestro alrededor, hemos ido perdiendo la esencia de lo que un día fueron las principales vías de acceso para dotar a los niños de sus capacidades para enfrentar lo peligroso, para lidiar con los problemas, para afrontar su propia vida. En estos tiempos líquidos, todo tiene que ser bonito, los finales siempre felices, los buenos siempre ganan, incluso los supuestos “malos”, si es que los hay, acaban reconvirtiéndose y comiendo en la mesa con nuestro Pocoyo (es que es tan feliz y colorido…).

Como menciona el autor Bruno  Bettelheim en su libro “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”, los cuentos  ayudan al niño a forjar su identidad y su carácter. Estas historias muestran que existe una vida buena  y gratificadora al alcance de cada uno, a pesar de las adversidades; pero para alcanzarla uno debe de enfrentarse a peligrosas luchas, sin las cuales no se consigue nunca la verdadera identidad.

Estos cuentos juegan con la promesa de que quien se inicie en la temible búsqueda podrá vencer. También advierten, que aquellos que son demasiado temerosos para arriesgarse a encontrarse a sí mismos pueden permanecer en una monótona existencia; si es que no les está reservado un destino peor.

La literatura tradicional alimentaba la imaginación del niño y estimulaba su fantasía. Al mismo tiempo, estas historias eran un importante factor de socialización, ya que respondían a las más inquietantes preguntas del niño. Con los cuentos los niños podían formar sus conceptos sobre el origen y la finalidad del mundo, y sobre como formarse a imagen y semejanza de sus ídolos.

A partir de lo que un determinado cuento implica en cuanto a la desesperación, a las esperanzas y a los métodos que el hombre utiliza para vencer sus miedos, los niños podían descubrir, no sólo un camino para salir de su angustia, sino también un camino para encontrarse a sí mismos, como el héroe de la historia.

Los cuentos no pretenden aconsejar lo que uno debería ser o hacer. Y tampoco los padres deben explicar la moraleja. Está en cada niño dotarles de uno u otro significado para que puedan extraer de una simple historia con personajes ficticios, algo valioso como puedan ser soluciones ante las viñetas de su propia vida, que les repercuta sobre su interior.

Les recomiendo que dejen a Jack matar al gigante, los valientes que no se esforzaron lo suficiente para llegar a despertar a la Bella deben morir, y a la bruja hay que cocinarla en una olla,  los padres de Hansel y Gretel les abandonan….Porque en nosotros hay un poco de lobo, un poco de cazador y un poco de caperucita.

Así que ante la pregunta “¿Quién teme al lobo feroz?”, yo respondo: Dejen a los niños observar los Títeres.

Francisco Hernández Pallás.
Psicólogo y Psicoanalista.

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