Una historia de Navidad

Segundo día de Navidad. 26 de diciembre 13 h. Todos aún sin vestir. Estoy con mi hermano viendo un partido de baloncesto alucinante, después de haber visto por tercera vez la cinta VHS de “Jumanji” que “Papá Noel” nos dejó el día anterior debajo del árbol (natural, por cierto, y que luego replantábamos en el monte). Por TV3, sale un equipo llamado los “Harlem Globetrotters”. Con la emoción de ver las maravillosas habilidades de ese grupo de tíos, con una cinta en la cabeza, vestidos con camiseta azul y pantalones a rayas rojas y blancas, voy como una exhalación al cuarto de mis padres y sin llamar a la puerta, entro. Me tiran dando un grito, porque ellos tenían algo mejor que hacer. Yo emocionado, y a la vez sin entender nada, me vuelvo al comedor y sigo viendo absorto el partido de baloncesto.

Al rato sale mi madre y mi padre del cuarto y nos dicen: “todavía estáis sin duchar y sin vestir”. Nosotros nos miramos, y antes de que mi madre levantase la mano con la zapatilla en ristre, ya estábamos en la ducha. Obviamente mis padres tampoco están listos y son las 13:45 h. Mi hermano y yo, dado a nuestra corta estatura y poca envergadura nos duchamos juntos y estábamos listos en un periquete, pero mis padres tardan más porque se duchan uno después del otro. Además, mi madre, que tampoco nos había preparado la ropa, tarda un poquito más.

Las 14:15 h mi hermano y yo listos. Vestidos con el mismo pantalón y el mismo jersey de la “Pepica María” y con los zapatos de mi tía “Finín”. Mis padres gritándose, porque los dos no caben en el baño y no pueden acabar de arreglarse. A esto se une, que mi padre todavía no nos había peinado. Una vez termina, nos ponemos mi hermano y yo frente a él y con una mano nos sujeta la cara (y se nos ponen morros de pez) y con la otra coge el peine, con el que nos echa el pelo hacia atrás. Luego, con trazo milimétrico, hace una raya perfecta y finaliza levantándonos el tupé.

14:40 h. Una vez logramos salir de casa, de la que nos hemos ido con todo por medio y las camas sin hacer y esas cosas, llega la segunda parte. Tenemos que recoger a mis abuelos paternos, Pedro y Carmen, que religiosamente desde las 14h nos están esperando en la baranda de la “cuesta de Soriano” para que los recojamos. Mi padre va al teatro “Penella” (transformado en garaje) y sale, con su Peugeot 309 Look, pitando hacia donde estamos nosotros. El problema es que somos seis. No importa, mi hermano encima de mí y arreglado.

14:50h. Llegamos al restaurante, donde nos reunimos con la familia de mi padre todos los 26 de diciembre. Allí están mis tíos, mis tías y mis primas, con el novio que tocase en ese momento. Mi abuelo Pedro, baja del coche “cagándose en los demonios de Utiel”, mi abuela destensa el ambiente contando alguna batallita suya cuando viajaban más de cinco en el coche y mi padre no encuentra sitio para aparcar hasta diez minutos después.

Entrábamos echando el cuello, pero todavía no nos sentábamos. ¿Por qué? Porque ahora tocaba saludar a todas las familias y conocidos con las que cada segundo día de Navidad nos juntábamos en el mismo restaurante. Mi abuelo ya desesperado, nos urge, desde el sitio presidencial de la mesa, a que nos sentemos de una vez. Ahora otra odisea, porque a alguien le ha tocado la pata y no puede sentarse bien. Después de hacer un pequeño Tetris, todos encajamos en la mesa y empieza el festín.

A la que te has dado cuenta mi prima Clara ha acabado con los langostinos “salaicos”. Cuando vas a “echar mano” a la cesta del pan, mi prima Amparo se lo ha comido con el “ajoarriero”. Si vas a por el queso frito, mi prima Esther ya ha acabado con las existencias. Y a la que vas a comer jamón, el enano de mi hermano, se acaba de comer la última loncha. Me acabo conformando con las “almendricas fritas”, alguna croqueta y poco más.

Entre que viene el plato principal, hablamos los primos sobre qué nos ha dejado Papá Noel a cada uno. Mis primas nos dicen que les ha traído un juego súper chulo, pero que da mucho miedo. Es interactivo y se llama “Atsmosfear”. Yo sólo jugué una vez en el cuarto de la entrada de casa de mi tío Fernando, y ni una más (me cagué de miedo y luego no podía dormir). En fin, después de contarnos todo, venían los platos principales. Paella, pescado y carne. Y entre las carnes, “chullicas de palico”, que le encantaban a mi abuela Carmen. El problema es que como había mucho “picoteo”, mi abuela solamente podía con dos o tres. ¿Y qué hacía con el resto? Pues envueltas en una servilleta y al bolso, porque en mi casa no se tiraba nada.

Una vez llegábamos a los postres, el rey era mi abuelo Pedro. El problema era que como los camareros te los decían de carrerilla y él estaba sordo, no se enteraba de nada. No obstante, eso le importaba bien poco. Pedía dos flanes de café con nata y listo. Con eso mi abuelo estaba más que contento. Después, algunos dulces navideños, que también acababan en el bolso de mi abuela y un poquito de cava. Eso sí, para los niños solamente mojarnos los labios. Y una vez terminado ese ritual, comenzaba otro de lo más esperado. El “aguinaldo” o “alguilando” en buñolero.

Uno a uno íbamos pasando por los sitios de mis tíos que religiosamente nos iban dando algo de dinero para llenar nuestra hucha (la mía era de Leonardo de las Tortugas Ninja). El problema es que mi tío Fernando, siempre nos chinchaba a mi hermano y mí. El juego era el siguiente. Él sujetaba el billete de dos mil pesetas (el de color rojo anaranjado) con dos dedos, en posición vertical. Yo colocaba mi mano debajo del billete, en posición horizontal con cuatro dedos juntos y el gordo que hacía de pinza. Solamente me podría quedar el billete si lo cogía en uno de los tres intentos que me daba. Mientras me lo lanzaba o no me lo lanzaba, me despistaba, me hacía no estar atento al billete y cuando lo soltaba, caía al suelo. Eso me chinchaba una barbaridad. Al final acababa cogiéndolo, después de un proceso largo de concentración. Aunque si a los tres intentos no lo lograba, me lo acababa dando igual.

Una vez repartidos los aguinaldos. El abuelo, con su cartera en ristre y su pin del Valencia CF en la solapa, pagaba religiosamente y nos íbamos a casa o de mis tíos o a la mía. Allí mis primas, mi hermano y yo jugábamos con lo que nos había dejado Papá Noel, hasta que ya cuando eran las 21h o las 22h, todos caíamos derrotados después de un día más que intenso, pero que a la vez esperábamos con mucha ilusión.

Ahora las circunstancias laborales de cada uno de los miembros de la familia han propiciado que la comida cambie de día o que algún año no la hayamos podido celebrar. No obstante, hacemos el esfuerzo de, aunque sea una vez al año, volver a rememorar esos grandes momentos. Esta es mi historia de Navidad. Porque para mí la Navidad, sin esto, no sería lo mismo. Por muchos años más, familia.

A los impulsores de todo esto, mis abuelos Pedro y Carmen.

Luis Vallés Cusí
Periodista

 

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