La heladería, situada en la Avenida de la Música 12, abrió sus puertas hace pocas semanas en Buñol y ya se ha convertido en un punto de encuentro en la localidad
Redacción.- Hay lugares que nacen para vender un producto. Y hay lugares que nacen para contar una historia. Al Bacio, la nueva heladería de Buñol, pertenece a la segunda categoría.
Detrás de cada tarrina, cada sorbete de fruta natural, cada galleta casera y cada sabor artesanal hay una historia de valentía, sacrificio y amor por las cosas bien hechas. La historia de una madre y sus dos hijos que dejaron atrás la seguridad de sus vidas para empezar de nuevo en un pequeño rincón de Buñol.
Una historia que comenzó muy lejos de aquí. Todo empezó después de la pandemia, durante un viaje a la isla griega de Lefkada. Alfredo paseaba junto a su novia cuando se detuvieron frente a una pequeña heladería artesanal. Mientras ella conversaba con el propietario y le preguntaba por la elaboración del helado, Alfredo observaba en silencio.
Aquel proceso sencillo y creativo despertó algo dentro de él. No era solo hacer helados. Era transformar ingredientes simples en algo capaz de hacer feliz a la gente. Aquella imagen se quedó grabada en su memoria. Meses después comenzó a hablar con un amigo de la infancia en Italia, propietario de una heladería familiar. Cuanto más aprendía sobre aquel oficio, más le fascinaba. «Lo bonito del helado es que tiene unas bases muy simples, pero después puedes crear. Puedes imaginar nuevos sabores, experimentar, aportar algo tuyo.» Aquella mezcla entre tradición y creatividad le conquistó.
Por entonces, Alfredo acumulaba más de trece años trabajando como desarrollador informático en Londres. Su hermano Diego también había acabado en el sector tecnológico. Los dos conocían bien la presión de los plazos, las horas interminables frente a una pantalla y el desgaste emocional de un trabajo cada vez más exigente. Les faltaba algo. Querían construir algo real.
Algo que pudieran tocar con las manos. Algo que les permitiera mirar a los ojos a las personas que disfrutaban de lo que habían creado. Y así nació la idea de Al Bacio. No como una empresa. Sino como un proyecto de vida.
La búsqueda del local fue una aventura en sí misma. Durante meses encontraron puertas cerradas y oportunidades que no terminaban de encajar. Hasta que apareció un local que llevaba mucho tiempo cerrado. Parecía imposible. Nadie tenía el teléfono de la propietaria.
Entonces Cristina, la madre de la familia, hizo lo que nadie había pensado. Buscó en Google. Encontró un número. Llamaron. Y el destino hizo el resto.
Justo aquel día, la propietaria había decidido volver a alquilar el local. Fueron los primeros en contactar. Así comenzó el camino que terminaría dando vida a Al Bacio. A partir de ese momento llegaron meses de esfuerzo incansable.
Diego se sumergió en libros, vídeos, manuales y cursos para aprender cada detalle de la elaboración artesanal del helado. Alfredo recorrió proveedores, estudió maquinaria y buscó la mejor forma de ofrecer un producto auténtico sin renunciar a la calidad. Con un presupuesto ajustado viajaron hasta Italia para encontrar maquinaria especializada de segunda mano. Cada máquina, cada vitrina y cada herramienta fueron elegidas con el mismo criterio: hacer las cosas bien.
Mientras tanto, Cristina aportaba algo imposible de comprar. La esencia de hogar. Sus galletas, bizcochos y dulces artesanales empezaron a convertirse en una de las sorpresas más apreciadas por los clientes. Elaboraciones sencillas, hechas con cariño, que recuerdan a las meriendas de toda la vida.
Porque si hay una palabra que define a Al Bacio es autenticidad. Los sorbetes se elaboran con fruta natural. Los sabores buscan respetar el producto original. No hay artificios innecesarios ni potenciadores exagerados. Solo ingredientes de calidad y muchas horas de trabajo. A veces esa apuesta por lo natural provoca situaciones curiosas. Algún cliente incluso ha comentado que la fresa «sabe demasiado a fresa». Para ellos, esa es probablemente la mejor crítica posible.
Hoy, los sabores más demandados son el pistacho y el turrón artesanal, elaborado con auténticos trozos de turrón que recuerdan a las recetas tradicionales. Pero el verdadero secreto de Al Bacio no está en una receta concreta. Está en las personas que hay detrás. En dos hermanos, Diego y Alfredo que decidieron abandonar una vida profesional que ya no les hacía felices. En una madre que apostó por acompañarlos en la aventura. Y en una familia que entendió que el éxito no consiste solo en vender, sino en crear un lugar donde la gente quiera quedarse. Por eso Al Bacio también abre sus puertas a artistas locales, convirtiendo sus paredes en un espacio para la pintura, la fotografía y la creatividad de Buñol.
Porque quieren que quien entre buscando un helado encuentre algo más. Un lugar para compartir. Para conversar. Para disfrutar. Para sentirse en casa.
Quizá por eso, cuando alguien pregunta qué significa realmente Al Bacio, la respuesta no está en el diccionario italiano. Está en cada cliente que sale sonriendo después de probar un helado. Porque hay sabores que alimentan. Y otros que cuentan historias. La de Al Bacio es una de ellas.
Aquí os dejamos las mejores imágenes de la nueva heladería Al Bacio, en Buñol: