
El Dr. Francisco Garcés Vericat, «don Paco» para los buñoleros, es otro de esos personajes ilustres que, habiendo nacido en otras latitudes, echó raíces en Buñol, creó aquí su familia y aquí quiso descansar para la eternidad.
Antes de continuar –y ya, a título personal– debo confesar el vínculo que me une a don Paco y a doña María, su esposa: fueron mis padrinos de pila y eso constituye todo un honor para mí. Pero hagamos un poco de historia del personaje. Un nieto de Francisco nos dice: «mi abuelo fue educado en la tradición de la burguesía rural valenciana: una carrera (medicina), un oficio (barbero) y un instrumento (flauta travesera). De hecho –añade– cortaba el pelo a sus hijos». Cabe suponer que trabajó y aprendió el oficio en la barbería de su padre, un terrateniente de nombre Ladislao.
Es lo más probable que la infancia y la enseñanza primaria de Francisco discurrieran en su pueblo. Cursó el bachiller en Castellón y después estudió medicina en Valencia. Es allí donde conoce a María Sánchez Moscardó, natural de Casinos, con la que contrae matrimonio en 1916 en Yátova –nos chocó en principio este dato, pero así consta en el libro de familia de Francisco y María, expedido en Yátova por el juez de paz–. Por otra parte, en dicho documento Francisco aparece como «estudiante» y, efectivamente, obtuvo la Licenciatura de Medicina después de casado, en 1920. Lo de la boda en Yátova tiene su explicación, que nos aclara el nieto ya citado. Resulta que los suegros de Francisco (Antonio y Resurrección), eran de Yátova y Macastre, respectivamente. Más aún: el padre de Resurrección, Francisco Moscardó, quizá era buñolero, dado que fue secretario del Ayuntamiento de Buñol –así lo cita Llombart en su libro «Buñol, la Suiza valenciana»–. Queda claro que la familia de María estaba muy vinculada a La Hoya de Buñol. El hecho de que ella naciera en Casinos quizá se debe a que su padre ejerciera allí como médico. Anteriormente había ejercido en Buñol, en 1885, cuando la epidemia del cólera. En 1919 Francisco, todavía en último curso de carrera, se traslada a vivir a Buñol con su esposa y su primer hijo, Gerardo. En 1920, con veintiocho años y la carrera terminada, obtiene la plaza de médico e inspector de sanidad de Buñol, donde nacen el resto de sus hijos (María, Francisco, Carmen y Lydia, por ese orden). La familia política de Francisco, residente en Buñol, pudo ser decisiva mediante su consejo y apoyo, para que las cosas sucedieran de este modo.
En sus comienzos como médico de Buñol, atiende a pacientes de siete familias suscritas –una especie de seguro médico que se conocía como «iguala médica»–. Corriendo el tiempo, Francisco llega a tener más de ochocientas igualas y mil doscientas cartillas de la Seguridad Social. La atención de pacientes en su consulta y a domicilio, tanto de la Seguridad Social, como de la iguala o privados, supone un trabajo muy intenso porque él no hace distingos ni de pacientes ni de horarios. Como quiera que se dan algunos casos de fiebres tifoideas, y en su calidad de inspector de sanidad, emprende una campaña de reclamaciones, quejas, e informes a las autoridades locales sobre el saneamiento de las aguas, hasta conseguir unas mejoras notables.
Para Francisco, el ejercicio de la medicina era absolutamente vocacional. Podrá argumentarse que esto es el común de la inmensa mayoría de los médicos. Sí, pero es que Francisco no se daba descanso y asumía actuaciones que bien podía derivar a otras instancias asistenciales. Intentó, por todos los medios a su alcance, que ninguna parturienta tuviese que desplazarse a Valencia para dar a luz. Es así como tuvo que asistir algunos partos difíciles, en los que tuvo que emplearse a fondo, utilizando, si era necesario, el forceps obstétrico para facilitar la extracción fetal. En este campo practicó legrados y otras cirugías. También practicó reducciones de fracturas, pese a no disponer de los medios de diagnóstico actuales (rayos X y otros). Él solía decir: «a ningún paciente mío le quedan secuelas de sus fracturas».
Sin importarle la climatología, cuando tenía algún paciente grave, lo visitaba por la noche, antes de acostarse. Quería comprobar cómo evolucionaba en función del tratamiento, por él prescrito y, ante cualquier anomalía, la resolvía del mejor modo posible con los medios a su alcance. En estas visitas solía decir a los familiares: «así, vosotros y el enfermo pasáis mejor la noche y yo también». Queda claro que, para Francisco, era prioritario su deber como médico y la atención a sus pacientes. Cualquier otra actividad, social o personal, quedaba en un segundo plano.
Curiosamente en el título de licenciado en medicina y cirugía, Francisco consta como Ladislao porque su nombre de pila era Ladislao-Francisco, cosa que muy pocos sabían en Buñol. Y es que Ladislao le venía de su padre, como ya se ha visto.
Durante la guerra ocurre un hecho que está a punto de costarle la vida a Francisco. Un día lo llaman de urgencia para atender a un niño en una casa alejada del pueblo. Al ver al niño le aplica una maniobra y le administra un fármaco, consiguiendo su rápida recuperación. Entonces el padre le dice que, sintiéndolo mucho, no puede pagarle en ese momento. Francisco le responde que no se preocupe, que lo importante era la salud de su hijo. Y ahí quedó la cosa.
Pero unos meses después –cosas de la maldita guerra– lo detienen unos milicianos, acusado de haber prestado su coche para el traslado de dos sacerdotes a Valencia. Acto seguido lo suben a un camión, junto a otras dos personas del pueblo. Llegados a un descampado, les ordenan descender del camión y Francisco se teme lo peor. De pronto el que parecía jefe de los milicianos, señalándole a él, les dijo a los otros con voz autoritaria: «a este señor ni me lo toquéis». Ocurrió que –cosas de la Divina Providencia o del destino– aquel hombre era el padre del niño que había atendido y, quizá, salvado la vida. Y eso le salvó la vida a él.
En 1943 fallece María, la hija mayor de Francisco, a la edad de 23 años, a causa de una embolia pulmonar producida por un trombo. Esta tragedia marcaría un antes y un después en la familia, que tardó mucho en superar dicha pérdida. Se sabe que Francisco hizo un esfuerzo sobrehumano por salvar la vida de su hija. Incluso trajo de Valencia un equipo de rayos X –que eran enormes entonces– para localizar el trombo, junto con un colega radiólogo, pero no hubo manera.
Los dos hijos varones de Francisco siguieron la estela del padre, dedicándose al ejercicio de la medicina. El primero, Gerardo, fue médico titular en Xirivella (Valencia) y el segundo, Francisco, lo fue de Buñol tras el fallecimiento de su padre, del que heredó muchas de sus virtudes y fue muy querido del pueblo.
Algunas de las frases de Francisco han quedado en el acervo popular por su chispa y humor. Cuando las tifoideas, si alguien le preguntaba: don Paco, ¿hay muchos malos?, él solía responder: «más que enfermos». Cuando lo buscaban con urgencia diciéndole: don Paco, venga enseguida que a mi padre le ha dado un dolor muy malo…, él contestaba: «en los años que llevo en la profesión, todavía no he conocido un dolor que sea bueno».
El fallecimiento de Francisco en 1960 significó una sensible pérdida para el pueblo. El entierro fue una impresionante manifestación de duelo, porque no solo desaparecía el médico eficaz y entregado, sino también la persona amable, cercana y generosa para todos.
En reconocimiento a su relevante trayectoria profesional y personal, el ayuntamiento rindió homenaje al Doctor Francisco Garcés Vericat, dedicándole una calle.
Fuente de imágenes y datos:
– Julio y Francisco Beltrán Garcés (nietos de Francisco).
Del libro “La Villa de Buñol en el tiempo” (2ª edición – 2022) (Con permiso de su autor).
Juan Simón Lahuerta
Buñolerómano