K. El agrimensor (Parte I)

«No importe el lugar, ni el tiempo, ni la persona, querido amigo, sólo el alma, tu alma que nunca estará a salvo del mal, de las inquietudes del otro. El amor correspondido es el sublime acto de Dios entre nosotros; el laberinto de la vida te llevará a este punto final».

Mientras viajaba en el tren hacia Buñol: La Ciudad del Viento, leía estas últimas líneas que me dirigía el gran poeta árabe Nelio Ormuz.  Las personas, en sus asientos; la tarde gris de noviembre; el tren descendiendo en túneles imaginarios, quizás, al igual que sus vidas monótonas y abocadas a la desesperación y a la fosa; el pueblo, que nunca llegaba; a veces me preguntaba si estaba en el interior de un óleo del pintor Chirico y me vino a la mente su obra «La plaza desierta»; el rojizo y los grises de sus pinceladas me transportaban a unos pensamientos que iban y venían sobre lo absurdo y a la vez misterioso de la vida, a un final irrepetible, como argumentaba el poeta, a un laberinto. Yo era uno de esos maniquíes que pululaban en las plazas lineales del pintor, sin rumbo, entre sombras al atardecer de nuestras pobres vidas.

Abrí por quinta vez la carta de Frida, hija del Conde de este Condado. Sus palabras inquietantes, sus frases cortas y llenas de mensajes, quizás ocultos, me sobrecogían.

«Querido K. Sé que tenía que haberte escrito hace tiempo, años, pero nuestros caminos se separaron en la universidad. Yo, como sabes, la dejé en cursos tempranos; tú continuaste con los estudios de agrimensor, que seguro habrás finalizado con buena puntuación… A eso iba, a lo de tu profesión. Mi padre, el Conde, necesita un agrimensor para estas nobles tierras de Buñol, y yo pensé en ti. No me preguntes cómo conseguí tu dirección, mi padre tiene un ejército de empleados que lo hacen todo. Y en este tema te prevengo: no me preguntes el porqué, ten cuidado con el administrador, es muy peligroso y su mente más bien militar te puede dar más que un disgusto… Amigo K., espero verte pronto en el Castillo, aunque no te lo puedo asegurar».

Espero verte, aunque no te lo puedo asegurar… Esta frase de Frida zarandeaba todo mi pobre ser. ¿Acaso no vería a Frida, tan lejana siempre, noble de raza, noble de alma?

A lo lejos, ya casi anocheciendo, en la tarde temible de brumario, se apreciaba  la Ciudad del Viento. Sus casas, abajo sobre la pequeña loma; el Castillo no era como lo imaginaba, solo una torre distinguía que se trataba de una antigua fortaleza, lo demás era un contorno inapreciable de estructuras, mas algo me dijo en mi interior que aquella imagen iba a ser un cúmulo de situaciones extrañas, de anhelos inalcanzables y que nunca vería a Frida, y eso me dolía. El tren ya iba llegando a su destino y mi corazón, joven pero cansado, ansiaba conocer cuál iba a ser mi trabajo en el Castillo. Frida no me había explicado nada, solo que su padre, el Conde, necesitaba un agrimensor y nada más. Ya en la estación, una densa niebla lo cubría todo; después un viento frío y desolador anunciaba mi presencia, quizás advirtiendo que bajo mi gabardina oscura había un extraño, una persona ajena a la villa y al Castillo, quizás espía de un país enemigo, o nada más que un usurpador. El viento, como tomando color de la noche agria de brumario, me envolvía y no me dejaba avanzar por las calles empedradas y apenas iluminadas. Un coche me esperaba al final de la calle que conducía a la carretera de la estación. Me hizo señas una mano, un viejo Ford oscuro como la noche. Subí al coche, olor a cuero; un hombre uniformado me habló:

–Soy el chófer del Conde, le llevaré a su alojamiento, la Posada. Una vez allí recibirá instrucciones del Administrador.

No dije palabra alguna, estaba en la Ciudad del Viento, como así la llamaban ciertos sectores extraños y literarios que habían estado por aquí. En verdad el viento, la niebla, la fina lluvia no cesaban de crear un ambiente anaranjado y amarillento en todo su contorno, un dibujo del ocaso alargado en las horas de nuestros pensamientos. Llegamos a la Posada, bajé cargado con mi maleta; el coche marchó y se perdió en la lejanía sin más.

Ya en la habitación, las ventanas, el ulular del céfiro y mis pensamientos sobre Frida, aceleraban un final desconcertante, un nerviosismo parecido al joven que va a marchar a la guerra sin quererlo y que sabe que no volverá. El miedo, el temor, se apoderaba de todo mi ser ante una estructura convenida, hermética y sin sentido que nunca llegaría a conocer. ¿Cuál sería mi destino? ¿Acaso yo también estaba alistándome en un ejército que derivaba en la fatalidad, hacia la guerra oscura y cruel? Eso intuí, y creo que no me equivocaba. Al día siguiente, tocaban fuertemente en la puerta de mi habitación. 

–Somos sus ayudantes, Nel y Marz.

Dos jóvenes rubios estaban ante mí, mirándome fijamente, como esperando órdenes, mis órdenes. 

–¿Quién os manda y que nombres son esos? –dije. 

–Nos manda el señor administrador del Castillo y nuestros nombres provienen de Serbia, de ahí nos trajo el Conde cuando la Gran Guerra. Él nos quiere mucho… –afirmaron sonriendo.

Me llevaron casi a empujones a conocer la cantina de los trabajadores del Castillo, la Kanz Bier, dijeron. Un nombre raro para una cantina española, pensé.

–El nombre lo puso un espía germano que se exilió en Buñol después de la Gran Guerra; ya sabe, estaba plagado de exiliados del Imperio.

Deduje que esto era un mundo, un pueblo extraño donde lo occidental predominaba frente a la cultura hispana que se había deshecho después de la guerra europea. Quizás era un refugio para perdedores de ésta que permanecían alrededor del Conde, que era germanófilo. Nunca lo averiguaría, mas ciertos símbolos de la cantina y sobre el Castillo lo insinuaban. Banderas con los colores del kaiser se veían a lo lejos…

Al entrar en la cantina –la llamaré así–, se hizo un silencio. El olor a tabaco y a alcohol era fuerte. Me observaron lentamente, con alevosía, y después siguieron con sus asuntos, vagos asuntos, creo.

–Este es el dueño. Este es español, se llama Víctor.

El hombre me estrechó la mano y después me aseveró:

–Usted es K. el agrimensor –dijo, muy seguro de sí mismo–. Bueno, mi padre era otomano, no soy español del todo.

No le dejé seguir, me hubiese contado una historia de su familia demasiada larga. Sí, parecía turco o algo así, de tez morena y ancho bigote. Mareado por tanto ruido, busqué una mesa para sentarme, pero estaban ocupadas.

–Espere aquí, K., pronto vendrán a buscarle para llevarlo ante el señor Administrador –dijeron los ayudantes que, para mi asombro, se sentaron en la mesa donde yo estaba y no paraban de mirarme y molestarme.

Algunos paisanos de la extraña cantina se inquietaban con mi presencia. Después se acercó una joven, que parecía ser la hija del dueño, y también se sentó con nosotros.

–K., como así le llaman –dijo–, acuérdese de esto- que le voy a decir: nunca van a venir a por usted. Ni Frida, Ni el administrador, ni el alférez, nadie –luego se levantó y quedó quieta dominando la situación. Su cara ovalada y su cabello rubio, aunque no era muy alta, denotaban su procedencia extranjera; sus ojos grises, quizás austriaca.

El alférez, pensé, cuánta jerarquía existe en este condado, hasta militares.

–¿Cómo puede saberlo?

Ella me miró y se fue a la cocina. Los ayudantes, Nel y Merz, no dejaban de molestar, cosa que me dolía mucho, pues no aportaban nada, ni siquiera, a mis preguntas, a mis constantes interrogatorios.

–Eso es tema del Castillo, del administrador –decían una y otra vez.

Ese día, como otros más, no ocurrió nada. Venían a buscarme a la Posada los ayudantes e íbamos a la cantina o alrededores de la muralla del Castillo, una muralla infranqueable y sin puerta, que yo viese, una mole gris con un palacio o casa grande que, del mismo color que los ladrillos de la muralla, sobresalían amenazantes.

–¿Por donde se entra al Castillo? –les pregunté un día a los ayudantes.

–No sé; si hay puertas, solo entra quien entra. Nosotros somos los ayudantes –y reían tontamente.

Los días pasaban y no ocurría nada. No había teléfono para hablar con el Castillo, mas sabía que eso era imposible. Había teléfono, pero para quién.

–Puede ir a la capital, allí le pueden informar cómo contactar con los empleados del Castillo –me comentó Victor, el dueño de la Cantina–. Mire, aquí nunca vienen los empleados ni los subalternos, ni siquiera los militares, ellos tienen otra cantina, la Heilm Bier, adentro, mejor que esta, pero a mí no me importa, aquello es otro mundo. 

–Pero yo vine esperando un contrato de trabajo.

–No hay más remedio que esperar, ya recibirá noticias del señor Conde.

«El laberinto es circular, como quizás sea nuestra alma, querido K., no la fuerces más de lo que pretendas descubrir, deja que el tiempo actúe, te puede costar tu vida…». Pensé en estas palabras del poeta árabe pero no podía aguantar más días sin entrar en aquel trozo de muralla y casas agolpadas en la loma hacia la Torre formando un Castillo inexpugnable, amurallado. Recibí una carta de Frida.

«Querido K. Tu recomendación de trabajo como agrimensor se está estudiando en los niveles de los empleados J T, esto llevará un tiempo. Mientras, el administrador se entrevistará contigo y quizás te pregunte cómo llegaste hasta aquí, ten cuidado con él. Con afecto, Frida.»

El laberinto, el infortunio, la realidad, el alma… Lo que hablaba el poeta se estaba haciendo realidad. Estaba ya preso de mi posición, era reo de ese sitio que llamaban el Castillo. A veces lo miraba desde una montaña vecina y veía que ese lugar no era de este lugar, era como traído de otro sitio, más gris y desordenado, amurallado y triste.

Recibí un mensaje del Administrador:

«Querido sr. Agrimensor, su trabajo como profesional para este Castillo y para el Sr Conde no nos ha sido comunicado de ninguna manera. Siento decirle que debe abandonar el condado y estas posesiones. Si hubiese alguna novedad al respecto, sería notificada por los empleados de la sección BC. En cuanto sus ayudantes, espero que le sean de utilidad. El Administrador».

No podía creerlo, debía abandonar. 

(continuará)

Rafael Ferrús Iranzo
Buñol es misterio. La ciudad del viento.

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