
La cirugía plástica nació de la necesidad de reconstruir cuerpos mutilados, especialmente narices. Existen referencias históricas que sitúan sus primeras prácticas en la antigua India, hacia el siglo VI a. C. Posteriormente, estos conocimientos se extendieron a otras civilizaciones y, aunque durante parte de la Edad Media y el Renacimiento su desarrollo quedó prácticamente paralizado en Europa, resurgió con fuerza siglos después.
Su gran impulso llegó durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Las terribles heridas provocadas por la artillería y las armas químicas dejaron a miles de soldados con graves desfiguraciones faciales. Aquella tragedia obligó a perfeccionar las técnicas reconstructivas y sentó las bases de la cirugía plástica moderna. A partir de mediados del siglo XX, esa especialidad comenzó a utilizarse también con fines puramente estéticos.
No seré yo quien juzgue a quien decide recurrir a la cirugía estética para sentirse mejor consigo misma. El problema aparece cuando esa decisión deja de ser completamente libre y es la sociedad la que, de forma más o menos explícita, nos empuja hacia ella.
Marilyn Monroe, convertida en icono de belleza y del arte pop, sufrió una enorme presión por parte de los estudios de Hollywood para adecuar su imagen a unos cánones imposibles. Se sometió a diversas intervenciones estéticas que nunca lograron aliviar sus profundas inseguridades. De hecho, diversos biógrafos han señalado que presentaba síntomas compatibles con un trastorno dismórfico corporal, una condición mental caracterizada por una preocupación obsesiva por defectos físicos que para los demás son inexistentes o apenas perceptibles. Pero Marilyn merece un artículo propio.
Hoy, pese al auge que durante unos años tuvo el movimiento body positive, su influencia parece diluirse frente a nuevas modas estéticas que vuelven a imponer un único modelo de belleza. Un ejemplo lo encontramos en muchas marcas de ropa: anuncian tallas grandes en sus páginas web, pero después no las ofrecen en sus tiendas físicas. ¿Por qué? Porque siguen asociando la imagen de sus establecimientos con cuerpos normativos. Ese es solo uno de los muchos mensajes que recibimos constantemente. Nuestro peso, nuestra talla, nuestras arrugas o nuestra forma física permanecen bajo un escrutinio permanente. Aunque esta presión también afecta a los hombres, son las mujeres quienes la sufren de forma mucho más intensa. Como consecuencia, la demanda de cirugía estética no deja de crecer en todo el mundo. El verdadero problema aparece cuando esa creciente demanda alimenta un mercado donde no siempre existen las garantías sanitarias necesarias.
Intervenciones realizadas por personas sin la cualificación adecuada o en centros sin los controles exigibles pueden provocar secuelas irreversibles e incluso la muerte.
En definitiva, debemos reivindicar el derecho a envejecer. Como popularizó Adolfo Domínguez, «la arruga es bella». No deberíamos temer el paso del tiempo. Cada arruga, cada cicatriz y cada marca cuentan una historia: momentos vividos, sonrisas compartidas y batallas superadas.
Y si, aun así, una persona decide recurrir a la cirugía estética porque es su deseo y una decisión libre, que lo haga siempre con profesionales cualificados y con todas las garantías sanitarias. La libertad de elegir también implica el derecho a hacerlo de forma segura.
Todos los cuerpos son válidos, con bótox o sin él. Lo importante es que la decisión sea libre y no impuesta por la presión social.
Silvia Calvo Hernández
Miembro del MDM Buñol