12+1 Fiestas del Mantón

Es curioso medir el paso del tiempo en Fiestas del Mantón. Hay quien recuerda su vida por cursos, aniversarios o Navidades. Yo, desde hace algún tiempo, parece que la cuento en mantones, pasodobles y desfiles.

Han pasado ya doce más una Fiestas del Mantón desde aquel verano de 2013. No soy supersticioso, pero tampoco veo la necesidad de tentar a la suerte a estas alturas.

Aquel año ocurrió algo muy especial en nuestra familia. Mi mujer, Yolanda, fue Reina del Mantón y nuestra hija, Inés, Reina Infantil. Madre e hija compartieron reinado, algo que no había ocurrido antes en La Artística. Y junto a ellas desfilaba yo, orgulloso marido y padre, procurando no perder el paso y salir bien en las fotografías. Y eso que nunca me ha gustado que me fotografíen. Nunca. Que conste en acta.

Pequeñas decisiones que, entrelazándose, nos llevaron por caminos inesperados: hilos que bordan el mantón de nuestra vida. Por eso, cuando intento recordar cuándo comenzó esta historia, pienso en mis dos reinas caminando delante de mí por las calles de Buñol, y en un marido y padre orgulloso que no tenía ni idea de dónde se estaba metiendo.

El Día de la Fiesta del Mantón es el día en que La Artística sale a la calle y comparte con todo Buñol lo que es. Con diez u once años comencé a desfilar, y es con el instrumento en las manos y el uniforme puesto cuando el sentimiento de ser Feo se graba a fuego en el alma.

Como músico, la verdad, nunca me gustó desfilar —ser introvertido y desfilar no parece buena combinación—, pero ese día no se desfila: se vive. De él guardo sensaciones concretas: la puerta de Montecarlo, la entrada por la calle Cid, el balcón de Rosales, las aceras llenas de sonrisas y aplausos. Da igual el sol de agosto cuando recibes tanto: te quejas un rato y acabas con un «pero mejor así». Ese día, más que ningún otro, uno se siente orgulloso de ser Feo.

Pero volvamos a 2013. De aquel día solo recuerdo a mi hija y a mi mujer esperando, desfilando, posando… «Bájame los zapatos». «No te quedes ahí parado». «Ven, toca foto». «¿Más fotos?».

Aquel día, tremendamente largo y corto a la vez, me dejó una lección: la Comisión de la Fiesta del Mantón lo organiza todo, con miles de grandes y pequeñas tareas durante todo el año de reinado. Los «acompañantes» no somos conscientes de cuánto trabajo supone ni de lo poco que se valora.

En aquella Fiesta, la añoranza ganó la batalla. Llevaba dieciséis años sin tocar y ver a mi banda en directo me resultaba incómodo por no estar en el escenario. Aquel septiembre me apunté a la Escuela de Música para volver a empezar de cero.

Y por una serie de sucesos fortuitos —el Universo y yo tenemos un café pendiente para que me explique cuál era el plan— acabé siendo técnico de luz y sonido en Montecarlo, con un ayudante de trece años, José, que sabía mucho más que yo. Y después, con ansiedad como para repartir a domicilio, el que decía que no se iba a presentar a presidente tomó posesión el 2 de mayo de 2017.

La Fiesta cambia completamente cuando eres presidente. De pronto eres responsable de millones de detalles, aunque la Comisión lo tiene todo controlado y, por nervioso que te pongas, todo acaba saliendo bien.

La sensación al llegar a Rosales, con toda la gente y, detrás de mí, la Banda Sinfónica anunciando su llegada, es una de las más increíbles que recuerdo. En más de una ocasión he llorado. O en todas. Es un sentimiento que sale de dentro como un tsunami imposible de reprimir. Esos momentos forman parte del pequeño tesoro que me han regalado Los Feos.

En Rosales manda la tradición: sacar a bailar a la Reina a ritmo de pasodoble. Cuando dije que soy introvertido y tímido, es porque soy muy introvertido y muy tímido. Aún oigo a María Amparo gritando entre risas: «¡Saca a bailar a la Reina!». Tierra, trágame. Aquel día no salí de mi zona de confort: hice un viaje transcontinental al punto más alejado de ella y me quedé allí unos años. Y al final, el Himno en la puerta de Rosales, cerrando el día con fuegos artificiales. ¿Qué puede haber más emocionante?

Luego llegó la pandemia. En 2020 y 2021 nos apañamos con dos Fiestas diferentes, sin músicos ni carrozas: una ofrenda de alimentos, un escudo de flores y un abanico de fotografías de los socios. Actos emotivos que preferiría no repetir jamás. Hacer música fue agotador y el miedo, algo tangible. Recuerdo montar el vídeo del aniversario de Montecarlo y pasarnos media hora llorando.

Tras un 2022 de transición y paciencia, en 2023 la Fiesta volvió a lucir como nunca, con muchísimos músicos y un récord de mantoneros y mantoneras —superado al año siguiente—. Una organización de matrícula de honor.

Mi última Fiesta del Mantón como presidente llegó en un año que comenzó con el Certamen de Valencia y terminó con una DANA que ha dejado tantas cicatrices en nuestra tierra. Muchos músicos desfilando, un ejército de mantones por las calles y un orgullo de ser de Los Feos que nos desbordaba.

Y volvió a ocurrir uno de esos hechos fortuitos que te cambian la vida. Aquella noche, camino de San Luis, apareció la lluvia que amenazaba desde la tarde. Entonces llegó un regalo: todos los músicos cerraron filas y comenzaron a tocar con más intensidad, con una fuerza que hizo que nadie dudase. Todo el mundo siguió desfilando con la cabeza bien alta. Una parte del camino la hice llorando. De alegría, de orgullo y, sobre todo, de agradecimiento. En aquel momento supe que ya no volvería a ser el mismo.

Por eso, en 2025, decidí que teníamos que estar fuera de Buñol durante la Fiesta. Siempre me había dicho que dejar el puesto sería sencillo. Qué manera de mentirme a mí mismo. Organizamos el viaje tres semanas antes del día D, porque sabía que iba a ser más duro de lo que quería mostrar. No sé si fue lo correcto, pero era lo que necesitaba.

Y este 2026 vuelvo a la Fiesta del Mantón como un socio y colaborador más. En septiembre volveré a la Escuela de Música, después de nueve años sin tocar. Toca empezar de cero otra vez. Sin prisas, que la última vez aún no tenía canas. Y volveré a desfilar con mi Banda. Ya veremos adónde nos llevan esta vez los sucesos fortuitos.

Gracias a los compañeros y compañeras de la Junta Directiva y de la Comisión de la Fiesta del Mantón por su apoyo y dedicación, y a todos los socios y socias por tantas muestras de cariño.

Y a Yoli, Inés y Diego, mi amor incondicional y mi mayor agradecimiento. Nunca han dudado. Nunca se han quejado. Ellos son mi mundo.

Francisco J. Blasco Abril
Feo

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