
«El artista es como un ser volátil y efímero, sin alma, sin ser, que vuela entre los cielos del saber, del misterio y del otro mundo».
Nelio Ormuz, poeta árabe.
Una tarde Brumario del mes del otoño y de los muertos, cansado de la mediocridad universal, del sinsentido del hombre y asomándome varias veces al cielo morado y gris desde mi ventana, a la Ciudad del Viento, ululando el céfiro hasta hacerme daño en mi alma, buscando entre libros y cuadernos de mi infancia, quizás la eternidad perdida de niño, encontré una revista de «Voces de Buñol». Hojeando con nostalgia sus páginas, el tiempo perdido, como Proust, la vida pasada, el alma herida, como Manrique, encontré un artículo que me sorprendió. Estaba fechado en marzo de 1.962, año de mi nacimiento y de fuertes nevadas y frío en la Península. Así comenzaba, y su título: «Dalí nos visita en Buñol». Lo firmaban unas iniciales: J.Z.
«Es de gran alegría, lectores de nuestro querida revista, anunciarles una noticia cultural de relevancia: he tenido la oportunidad de acompañar al ilustre pintor catalán, Salvador Dalí, pintor surrealista y de renombre internacional, por nuestra querida villa.
Como periodista de la comarca y acompañado de las autoridades, le esperamos en la estación de ferrocarril, pues venía desde Madrid hacia Valencia, a revisar una exposición de sus amados cuadros en la capital del Turia. Todo fue una casualidad, dijo, quería conocer nuestra villa, pues le había hablado de ella su amigo y poeta García Lorca, cuando estuvo aquí con su compañía de teatro «La Barraca» allá por 1934, según relataba el pintor.
Lorca le describía el paisaje de la ciudad del viento, como un lugar donde el color dorado, el cual tanto ama el pintor, estaba presente en los ocasos poéticos de la villa. Ademá, sus montañas tenían un corte humano y surrealista, como a él le gustaba.
–Tienes que ir, Salvador, de verdad –le decía el gran poeta granadino.
Nada más bajar del tren se puso a hablar y elevar sus manos y su capa al viento. Era un persona llena de vida. De repente, se paraba, y todos nos quedábamos esperando, y decía: «maravilloso, maravilloso, este pueblo es surrealismo puro», y se quedaba escuchando el viento de marzo, haciéndonos callar a todos.
–¡Qué luz, qué luz! –gritaba.
De ahí fuimos a su hotel caminando a toda prisa, a su ritmo, que era trepidante. De vez en cuando echaba a correr y todos corríamos, en una escena de risa. A él no le importaban los convencionalismos, como nos dijo, comiendo, en la Posada: «La única diferencia entre un loco y yo, es que yo no estoy loco»; o «que no conozca el significado de mi arte no significa que no lo tenga».
También durante los postres, y después de subirse a una mesa, mirando al techo, nos explicó su cuadro «Los relojes blandos» y la teoría de la relatividad. Nos quedamos asombrados de tanto ingenio y lucidez, todos reímos y lo pasamos muy bien con tan gran artista».
No podía creerlo, en la tarde sin ocaso acababa de descubrir que Dalí estuvo menos de veinte horas en mi amado pueblo, como el pintor del narcisismo y de la megalomanía, de lo dorado y del arte árabe, del huevo y de los ocasos de oro… Mis manos temblaban al son de las playas de Cadaqués y los niños allí pintados por el maestro. Seguí leyendo sin cesar:
«Por la tarde fuimos al Castillo, en grupo, alegres de tener tal distinción, y acompañados, pues vino después de la comida el Sr. Gobernador Civil. No caben palabras para lo que al pintor le pareció nuestro sublime castillo fortaleza árabe. Estas fueron sus palabras:
–Amigos míos, moradores de esta villa, Ciudad del Viento, como yo la llamo ahora, tengan en sus mentes que llevo en mi corazón las palabras de mi amigo Lorca sobre esta villa y sus cielos, sus montes y sus gentes. Les prometo hacer un cuadro sobre estos crepúsculos dorados que ahora mismo vemos, señores. El tiempo es blando, los relojes, todo es melancolía que se derrite…
Y dicho esto, subió al puente de la Torre Homenaje y elevó sus brazos hacia el cielo, recitando al poeta granadino.
Después, volvimos al hotel, pues decidió descansar para partir al día siguiente hacia Valencia, siendo la despedida muy emotiva y a la vez cultural, ya que nos explicó, en la puerta, sus cuadros «La metamorfosis de Narciso» y «El sueño», con su característico lenguaje y expresividad. Como recuerdo de su paso por tan noble villa, Buñol, el Gobernador le regaló una placa con su nombre y la fecha, y con un relieve del Castillo y el cielo al fondo, con su colorido dorado».
J.Z.
Dalí estuvo en Buñol, era increíble, mi mente viajaba a sus cuadros: «El Sueño», «La persistencia de la memoria», «El Cristo de San Juan de la Cruz»… y tantos, y sus playas con ocasos dorados y pequeñas figuras de niños con su padre mirando al infinito…
¿Y quién era J.Z,. el periodista anónimo que les acompañó? Todo un mundo surrealista se me agolpaba, como en sus cuadros. ¿A quién podía preguntar sobre aquella visita? «Voces de Buñol» ya no existe, el vacío se hizo latente, pero también la alegría de que un artista y un poeta amasen nuestro querido pueblo, amantes de los ocasos dorados, de su viento de marzo, y de sus gentes amables y buenas, de sus seres nocturnos bajo las aguas de sus pozas y sus rocas, que como enormes Troles se levantarán algún día para protegernos. Porque Buñol es arte, Buñol es misterio, Buñol es… la Ciudad del Viento.
***
«El artista, el poeta, ven lo que ellos llaman arte, en todo, incluso en una hoja que se lleva el viento, en una nube fija en el cielo, en una mirada azul, en un pájaro muerto, en una corriente de agua, en el manantial que nunca volverá, en todo ven poesía, es un mar sin fin…».
Nelio Ormuz, poeta árabe.
Nota del autor: Dalí cumplió su palabra, este es el cuadro que pintó sobre Buñol.
Rafael Ferrús Iranzo
Buñol es misterio. La ciudad del viento.