
Cuando terminaba el colegio yo sabía perfectamente mi rutina. Mis padres ya habrían montado la «Toi», mi madre con paciencia en varios días la habría ido llenando para procurar no quedarse sin agua en el depósito. El horario estival era sencillo: por la mañana baño en la piscina, siesta, un poco de ejercicios de «Vacaciones Santillana», otro chapuzón y, cuando el sol ya no castigaba las calles, a jugar y a cenar. Algún viaje a la playa con mi tía y luego las fiestas para rematar las vacaciones.
La vida era más sencilla y yo nunca oí hablar de conciliación entre la vida familiar y la laboral. La vida se ha vuelto un poco más complicada y exigente. Observo, desde mi posición de mujer soltera y sin descendencia, el pánico de madres, padres y también abuelos cuando se acerca el final del curso escolar. Porque conciliar la vida laboral y la familiar durante los periodos vacacionales resulta cada vez más difícil.
Madres y padres trabajan porque la sociedad lo exige, porque las hipotecas, los alquileres y el coste de la vida no entienden de vacaciones escolares. Sin embargo, las medidas para conciliar ambas realidades, especialmente en un pueblo como el nuestro, siguen siendo insuficientes. Imagino que en las grandes ciudades existen más recursos, aunque probablemente tampoco sean la solución definitiva.
Aun así, aunque los ayuntamientos hagan un esfuerzo y pongan en marcha escuelas de verano, actividades deportivas o espacios de ocio, estos recursos no siempre llegan a todas las familias ni cubren todas las necesidades. Y es que la conciliación no puede recaer únicamente sobre las administraciones públicas.
Los centros de trabajo también tienen una responsabilidad fundamental a la hora de facilitar que las familias puedan compatibilizar sus obligaciones laborales con el cuidado de sus hijos e hijas.
Durante demasiado tiempo se ha considerado que la conciliación era un asunto privado que cada familia debía resolver por su cuenta. Sin embargo, las empresas también forman parte de la sociedad y pueden contribuir de manera decisiva.
Medidas como el teletrabajo cuando sea posible, una mayor flexibilidad horaria, jornadas adaptadas durante los meses de vacaciones escolares o reducciones de jornada sin penalizaciones excesivas son fórmulas que ya funcionan en distintos países europeos y que han demostrado mejorar tanto la calidad de vida de los trabajadores como la productividad.
Incluso algunas empresas han ido un paso más allá, organizando campamentos urbanos, escuelas de verano o actividades para hijos e hijas de su plantilla durante los periodos vacacionales. Son iniciativas que ayudan a las familias y que además generan un mayor compromiso y bienestar entre los trabajadores.
Porque la conciliación no debe entenderse como un favor que se concede, sino como una inversión en bienestar social. Si queremos una sociedad que cuide de la infancia, necesitamos administraciones comprometidas, pero también empresas capaces de comprender que detrás de cada trabajador hay una vida, una familia y unas responsabilidades que no desaparecen cuando termina la jornada laboral. Son políticas que entienden que criar y cuidar también es una responsabilidad colectiva y no un problema privado que cada familia deba resolver como pueda.
Mientras tanto, aquí seguimos haciendo auténticos malabares. Cuadrando horarios, recurriendo a abuelos que muchas veces ya hicieron su parte hace años, intercambiando favores con familiares y amigos o renunciando a días de descanso para poder atender las necesidades de los más pequeños.
Quizá haya llegado el momento de entender que la conciliación no es un privilegio ni una concesión. Es una necesidad social. Porque si queremos una sociedad que cuide de la infancia, también debemos cuidar de quienes tienen la responsabilidad de criarla.
Y mientras tanto, cada junio, cuando se cierran las puertas de los colegios, miles de familias vuelven a enfrentarse a la misma pregunta: ¿y ahora qué hacemos con los niños? Una pregunta que, décadas después de aquellos veranos de piscina, cuadernos Santillana y juegos en la calle, sigue esperando una respuesta a la altura de los tiempos.
Silvia Calvo Hernández
Miembro del MDM Buñol