¡Felicidades, yayo!

Hoy, domingo 18 de octubre, mi abuelo Vicente Cusí Martínez, nuestro querido tío «Modo», habría cumplido 99 años.

Y no puedo evitar imaginar cómo sería este domingo si todavía estuviera con nosotros. A estas horas, seguramente ya estaría preparando los ingredientes para una de sus famosas paellas, de conejo y pollo o de marisco, porque las dos le salían extraordinarias, aunque la de marisco siempre ha sido una de mis preferidas.

Desde el sábado tenía todo preparado. El domingo, en aquella especie de trastero que teníamos en el «deslunao» de su casa, organizaba los hierros, el fuego, el gas, las patas y el caldero. Colocaba también su pequeña silla verde de boga y, sobre las doce y cuarto, comenzaba el espectáculo. Mi abuelo no abandonaba su sitio ni perdía de vista la paella. Era su ritual, su manera de cuidar de nosotros y de asegurarse de que todo saliera perfecto.

A las dos y media llegaba el momento de sentarnos a la mesa. Mi hermano Pedro, mis padres -Conchín y Pedro, mis abuelos -Concha y Vicente- y yo. Todos juntos, alrededor de aquella mesa esperando disfrutar de la que para mí siempre será la mejor paella del mundo.

Mi abuela, por supuesto, nunca dejaba de hacer sus comentarios: que si estaba salada, que si llevaba demasiado aceite, que si había echado mucho arroz. Pero daba igual. El arroz estaba buenísimo, como siempre. Porque mi abuelo no cocinaba solamente para alimentarnos; cocinaba para reunirnos, para vernos disfrutar y para regalarnos esos domingos que hoy tanto echo de menos.

Antes de comer siempre había algún aperitivo, y después llegaba la fruta. Yo nunca he sido demasiado de postres, pero mi abuela siempre insistía en que mi hermano y yo nos comiéramos un «platanico». En las celebraciones especiales, sin embargo, preparaba flan, natillas, huevos nevados y otras maravillas. Y, si era el cumpleaños de mi abuelo, no podía faltar la tarta del Horno «Chavalín» de Buñol, aquella de almendra, con la base emborrachada y el merengue en el que se leía «Felicidades».

Pero hay un recuerdo que guardo con especial cariño. Yo siempre me sentaba a la derecha de mi abuelo y, cuando terminaba de comerse su manzana o su naranja, me guardaba un trocito de fruta.

—Toma, «amante, para ti».

Era un gesto pequeño, casi insignificante, pero que hoy significa muchísimo para mí. ¡Cuánto daría por volver a sentarme a su lado, verlo comer su fruta y escuchar esas palabras una vez más! A veces, los recuerdos más grandes de nuestra vida caben en un trocito de manzana.

Después llegaba el café. Mi abuelo me pedía que le sacara la botella de Terry para echarse un poquito, y mi abuela, como siempre, terminaba pidiéndole un sorbito. Ahí mi abuelo le decía: «haberte puesto tú uno». Entre bromas y pequeñas discusiones, la sobremesa iba llegando a su fin. Aunque todavía quedaba alguna sorpresa: en el armario de debajo de la televisión, mis abuelos solían esconder galletas Artiach, -de nata o de chocolate-. Aquel era nuestro particular armario de los premios del fin de semana.

Qué felices éramos y qué poco conscientes éramos de que aquellos domingos acabarían convirtiéndose en recuerdos irrepetibles.

Hoy los echo de menos. Echo de menos aquella casa, aquellas conversaciones, el olor de la paella, las pequeñas discusiones de mis abuelos y la tranquilidad de saber que el domingo volveríamos a reunirnos alrededor de la misma mesa. Cuando eres pequeño, crees que esas cosas estarán ahí siempre. No imaginas que llegará un día en el que darías cualquier cosa por volver a vivir una sola de aquellas comidas.

La vida ha seguido su curso y la familia ha cambiado. Ahora son mis padres quienes ocupan el lugar de los abuelos, y mis sobrinos vienen a comer con nosotros. Los domingos son diferentes, pero siguen teniendo algo de aquellos días. Ahora somos nosotros quienes, sin darnos cuenta, estamos creando recuerdos que algún día ellos guardarán con el mismo cariño con el que yo guardo los míos.

Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas de la vida: comprender que, aunque las personas se marchen, el amor que nos dieron permanece. Se queda en las costumbres que heredamos, en las comidas que compartimos, en los pequeños gestos y en la manera en que aprendemos a cuidar de los nuestros.

Por eso hoy, en tu cumpleaños, abuelo, quiero recordarte con nostalgia, pero también con una sonrisa y un agradecimiento infinito. Me gustaría volver a aquel trastero, verte sentado en tu pequeña silla verde, pendiente del fuego y del caldero. Me gustaría que llegaran las dos y media, que todos nos sentáramos a la mesa y que, después de comer, volvieras a guardarme un trocito de fruta.

Pero, aunque ya no podamos compartir aquellos domingos contigo, siempre podremos volver a ellos a través de nuestros recuerdos. Y seguiremos reuniéndonos, celebrando cumpleaños y creando nuevas historias, porque ahora nos toca a nosotros mantener viva esa tradición familiar que tú y la abuela construisteis con tanto cariño.

Feliz 99 cumpleaños, abuelo Vicente.

Gracias por tus paellas, por tu manera de cuidarnos, por aquellos domingos y por todos los momentos que nos regalaste. Gracias por enseñarnos, sin necesidad de grandes palabras, que la felicidad está en las cosas más sencillas y en tener a quienes queremos alrededor de una mesa.

Hoy daría cualquier cosa por sentarme una vez más a tu derecha y escuchar aquello de «toma, amante, para ti».

Porque al final, abuelo, lo que permanece no es solamente el recuerdo de lo que comíamos, sino el de quienes estábamos allí, compartiendo la vida contigo.

Los domingos ya no son los mismos. La mesa es diferente y ahora somos nosotros quienes tenemos que llenar de recuerdos a las nuevas generaciones. Pero tú sigues estando presente en cada historia que contamos, en cada paella que recordamos y en cada domingo en el que volvemos a reunirnos como familia.

Porque hay personas que nunca dejan de sentarse a nuestra mesa, aunque ya no podamos verlas. Y tú, abuelo, siempre tendrás tu sitio en la nuestra.

Luis Vallés Cusí

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