
Con permiso de nuestro querido C.D. Buñol y la indudable influencia que siempre ha ejercido en los y –ahora también– las más jóvenes, su hermano pequeño, el fútbol-sala, también ha tenido mucho predicamento en nuestro pueblo. Desde que tengo uso de razón –y mi barba pinta ya muchas canas– existe en Buñol el «Poli», la cancha de fútbol-sala contigua a la Piscina Municipal en la que nos hemos despellejado las piernas muchas generaciones de chavales y en la que desde hace ya varias décadas lleva celebrándose el Campeonato de Verano, una de las tradiciones deportivas que perduran en los veranos de Buñol en las tórridas tardes y noches de julio y agosto.
Os quiero contar cómo vivíamos aquello en los tardíos años 80 y los primeros 90. Recuerdos imborrables de un evento deportivo que perdura hasta nuestros días. Como siempre, cuando hablo del pasado, pido disculpas por cualquier imprecisión o confusión de algunos datos. Mi memoria no es infalible.
Yo pertenezco a la generación del Baby Boom, ya que nuestros padres decidieron tener muchos hijos habida cuenta de las libertades que se vislumbraban tras la muerte del dictador en la naciente y –como podemos ver hoy– mal parida democracia española. Digo esto porque en la segunda mitad de los 80s había una enorme cantidad de niños y niñas en nuestro pueblo y, como, además de las escuelas de música de nuestras dos sociedades, no teníamos más actividad extraescolar que algunos deportes (fútbol, balonmano o el fútbol-sala), muchos niños y niñas optaban por practicar alguno de ellos.
Cuando yo era un chaval de apenas 11 o 12 años y el Beltrán Báguena era de tierra, no existía el futbol base en el C.D. Buñol, más allá de las secciones de Fútbol 11 (Infantil, alevín, cadete y juvenil). Por eso, los que por diversas razones no jugábamos durante el año a fútbol nos sentíamos huérfanos de la práctica de ese deporte. Por eso esperábamos siempre la llegada del verano para apuntarnos al campeonato de fútbol-sala, que terminaba con las fases finales ya en los primeros compases de las Ferias de Buñol. Éramos tantos niños en aquella época, que durante varios años se hizo incluso un campeonato de invierno, más similar a una liguilla, para matar el gusanillo que teníamos de fútbol aquellos que no cabíamos en el C.D. Buñol. Recuerdo esos madrugones de sábado y domingo con partidos a las ocho de la mañana para jugar en los crudos inviernos de los años 80 y 90 en los que hacía un frío que pelaba. Era una época con un clima mucho más estable, que por desgracia para todos y todas ya no va a volver.
También en verano, además de la liga veraniega de la que hablamos aquí, durante algunos años se celebraron las 24h deportivas, campeonato de fútsal que, como su propio nombre indica, se celebraba durante un día entero en el que podías llegar a jugar hasta 5 partidos en solo 24 horas. Recuerdo jugar partidos de madrugada a horas intempestivas sin haber pegado ojo. También tenía su encanto y era muy emocionante.
Los primeros equipos de aquellos años se formaban por distintas razones. Había equipos que hacían los colegios de Buñol con sus alumnos. Por ejemplo, estaba el Cervantes, con su inconfundible equipaje naranja y negro, y el Atalaya, con el azul/blanco. También se formaban equipos con los nombres de las empresas locales que los patrocinaban; recuerdo a los Muebles Cuenca, Talleres Galarza-Alís o, más tarde, a Grúas López o Muebles de Cocina Darío Sáez. Incluso hubo equipos con el nombre de barriadas míticas, como El Castillo, un equipazo que ganó varios campeonatos en la primera década de los 2.000.
Y finalmente, y como es normal, se formaban equipos juntando amigos de la misma cuadrilla, y es aquí cuando llega mi primer recuerdo en el fútbol-sala. El Estepa, el Negro, Raúl Sierra, Manolo, Toni, el «Chavo», Chimo, J. Roberto, el «Tonino» y un servidor, con Gustavo «el horchatero» de portero, con apenas 12 años decidimos formar un equipo al que llamamos «Conguitos». Recuerdo que el primer año llegamos a la final y la ganamos. Aquellos años de nuestra tardía niñez (ahora le llaman «preadolescencia») fueron los primeros de una larga trayectoria en aquel enclave llamado el «Poli» de Buñol jugando al fútbol-sala. Desde entonces y hasta que colgué las botas con más de 30 años, es imposible recordar la enorme cantidad de partidos que he jugado allí.
Recuerdo que entonces, a pesar de que éramos muchos equipos, solo había tres categorías: de 8 a 11 años, de 12 a 15 y a partir de los 16 la Categoría de «Libres», en los que cabían equipos de chavales que aún no tenían barba con auténticos veteranos, algunos de los cuales en generaciones diferentes (los Zetas o más tarde La Kueva) llegaron a jugar en el campeonato de verano con casi 40 tacos, alguno de ellos incluso los pasaba. Recuerdo de niño lo que me parecían auténticos equipazos de entonces, como La Taba y más tarde los Sarsales o los Zebis, que llevaban jugadores del C.D. Buñol y que por tanto partían la pana. Era muy difícil ganarles.
Fueron pasando los años y amplié amistades. Durante la primera juventud, nosotros éramos los «Abatie 500» –algunos imaginarán por qué– y mi hermano y sus amigos formaron «A la Yiwe», equipo al que pasaría yo años más tarde. Pese a esos años de rebeldía sin causa, siempre esperábamos el verano para volver a jugar en el «Poli». Era casi un evento de obligado cumplimiento. Más allá de donde llegáramos en el campeonato, era la emoción de las tardes-noches y luego las noches de las fases finales con el asfalto de la cancha todavía ardiendo del calor acumulado, en las que una vez sonaba el pitido inicial ya no dejábamos de correr en un deporte explosivo e intenso que conseguía y sigue consiguiendo transmitir esa intensidad y emoción a un público que ayer y hoy sigue llenando las precarias gradas del «Poli» para ver las fases finales de este bonito deporte.
No quiero dejar de nombrar a aquellas personas que durante muchos años en los que este campeonato se mantuvo, en ocasiones casi de forma autogestionada y precaria, trabajaron por amor al arte para que todos y cada uno de los veranos hubiera un campeonato de fútbol-sala en nuestro pueblo. Gente que se implicó en la organización del campeonato, pero que también salía a pitar partidos cuando hacía falta y dejó muchas horas de su vida en este deporte. Entre ellos, Manolo Roca, Mauri, Juan Badía o Delice –que nos dejó hace poco– y, sobre todo, el pequeño pero muy grande Pepe «Chafandas», sin el cual no habríamos tenido tantos años de fútbol-sala en los veranos –y algunos inviernos– de aquellas décadas. Gracias a él y a su tremenda paciencia, generosidad y trabajo pudimos disfrutar de este deporte varias generaciones de niños y jóvenes.
Fuimos haciéndonos mayores y, si antes éramos «los pequeños» y mirábamos con admiración los partidos de los mayores en aquellas noches calientes de verano, ahora pasábamos a ser nosotros «los mayores». Recuerdo esos últimos años jugando en varios equipos, ganando algunos campeonatos y perdiendo otros. Tanto si jugaba las finales como si las veía, en aquellas noches en un «Poli» abarrotado ya metidos en las Ferias, se podía cortar el aire con la tensión que había durante las eliminatorias finales. Pudimos disfrutar durante muchos años de aquellos partidos gracias a aquella enorme afición por este deporte.
Aunque yo era un jugador muy voluntarioso y correoso pero con la calidad justa para competir –mi hermano Migue se llevó el talento–, pude jugar con equipos muy buenos, llegar a levantar trofeos y sobre todo disfrutar mucho del fútbol-sala. Mis últimos años, ya por pasármelo bien, jugué con los Bollos Buñoleros, equipo de la cuadrilla de mi buen amigo Chimo Masmano. Nunca pasábamos de la fase de grupos, pero era este un equipo como otros muchos formado por amigos cuyo único interés no era ganar sino pasar un buen rato. Recuerdo con mucho cariño esos últimos años hasta que decidí colgar las botas.
De todos los equipos que han pasado por el poli todos estos años, además de los que he mencionado, mejores o peores, recuerdo a Juan Barranco, Max y los Turbadores, Macastre United, la Peña Explosiva, Gurritons, Estaka, Arsenal, Tipto Tapepto, Bar Fuera de Juego, Peña la Traca, Peña el Billy y muchos más que se me han olvidado. Pido disculpas por mi memoria. Todos ellos hicieron grandes los veranos en el «Poli» y gracias a ellos y a las personas que se encargaron de la organización, este deporte veraniego ha podido seguir celebrándose.
Después de varios años desconectado del fútbol-sala porque la vida me llevó hacia otros caminos que creía y creo necesario recorrer, el año pasado volví al «Poli» para ver jugar a mi hijo, un niño de 9 años en el que se ha despertado la misma pulsión que su padre por jugar a este deporte cuando llega el verano. Y pude comprobar que, a nivel de niños y niñas, se organiza de forma parecida, por ejemplo, con árbitros que son chavales jóvenes del pueblo que se prestan a colaborar y lo hacen lo mejor que pueden. Pero hoy la cosa ha cambiado. Hay muchos menos niños y por tanto hay categorías como la de los más peques en las que ni siquiera se llegan a formar tres equipos. Tampoco hay muchos más equipos en las siguientes categorías juveniles. Además de bajar drásticamente los índices de natalidad, hoy hay muchas más opciones para ocupar el tiempo de ocio de los niños en verano, algunas de las cuales (videoconsolas, móviles y pantallas en general) son bastante nocivas e individualistas, y están consiguiendo aislar a nuestros hijos/as de la vida social que les corresponde y que siempre tuvimos los niños del pasado. Hoy, por desgracia, ya no existe ni por número ni por afición una cantidad suficiente de niños para hacer un campeonato como los de antes. En el mejor de los casos, se apuntan dos equipos y juegan varios partidos entre ellos. En la categoría de mayores, aunque hay más equipos, ya no se forman tantos grupos como antaño, y por tanto hay menos diversidad y se ven bastantes menos partidos que antes.
No obstante, pude ver las semifinales y la final del año pasado y reconozco que los equipos eran muy competitivos y los chavales iban como aviones. Eso no ha cambiado. El fútbol-sala sigue siendo un deporte igual de caliente y de emocional que hace 40 años. Y está bien que así sea.
Quiero despedirme de vosotros y vosotras haciendo mención al fútbol femenino en general y al fútbol-sala femenino en particular. Todavía no salen muchos equipos pero se ve una clara tendencia al alza y hay que ponerlo en valor porque es muy importante que entre las niñas también se despierte el interés por este deporte. A ver si entre todos y todas, chicos y chicas, logramos al menos mantener cuatro décadas más esa tradición buñolera de pasar las tardes y las noches de verano viendo a los y las más jóvenes disfrutando del fútbol-sala. Siempre será mejor eso que verlos amorrados a las pantallas en la mayor de las soledades.
Jose Guerrero Moliner
Generación X