
Nunca supe realmente la verdad de esta extraña historia. Quién sabe si valdría la pena, cuando todo pasa sin dejar un soplo de aliento y te consume la voracidad de la intrahistoria, sobre todo si vives toda tu vida en un mismo pueblo, Buñol, la Ciudad del Viento, como se llamó en una época de renacimiento cultural y bélico.
Como decía, para mí la historia, y en especial lo sucedido en esta villa, es una mezcla de melancolía y tristeza de no poder abarcar su totalidad, no ver como en una película sus acontecimientos y hechos, poco a poco, sus gentes, la barbarie de las guerras, el tiempo en las entrañas de las murallas y su fortaleza. Conseguir esto sería la ilusión de cualquier estudioso historiador y poeta por su tierra. Algunos dicen que antes del día final, en el último suspiro, se recuperan algunas imágenes de estos acontecimientos, los cuales, sumados a los tuyos propios, te satisfacen y dejan tu mente en una paz increíble. Esperando que esto sea cierto, recordemos al poeta Nelio Ormuz cuando dijo: «Creí ver en mi último crepúsculo, bajo el arco partido, una luna inversa, una imagen de mi amada sonreírme al atardecer, pero solo fue una vana ilusión de poeta a punto de morir».
Todo empezó en una tarde lluviosa, sería el mes de abril, cuando escuché semejante historia sobre el Parque de Borrunes. La lluvia caía fina y tenue sobre las viejas ventanas de la casa, la voz cansada de quien la contaba, la tormenta que acechaba en el horizonte del Alto Jorge, las fuentes que imploraban agua y vida, formando espíritus transparentes que nos visitaban, todo esto en mi villa, que una vez llamaron Ciudad del Viento.
Jóvenes. La sangre corría en nuestras venas, esperando la venida de algo, quizás de un tren cruzando los túneles de Carcalín hacia Madrid, o Cuenca, para labrar el futuro. Entre poemas y libros, no sabíamos ni el cómo ni el cuándo, quizás estuviese escrito en alguna piedra de alguna cueva. Así de simple, ¿qué sería de nosotros? Ahora inertes, escuchando una leyenda o un hecho verídico. ¿Qué más daba? Si el tiempo estaba ausente, nuestros corazones adolescentes, jóvenes, brillaban al escuchar estas historias tan increíbles. Ya no importaba el devenir, el paso a un trabajo, a una carrera, solo las palabras que iban formando una historia extraordinaria, aquí, en el centro de este Condado.
Comenzó diciendo: «Esto que os voy a contar ocurrió en el siglo pasado, cuando el francés ocupó estas tierras y Borrunes existía como un barranco y una fuente, eso sí, de gran belleza. Arriba, el Castillo dominaba todo el lugar. Las mujeres iban a lavar la ropa, su agua limpia, los patos, los árboles y su sombra, hacían del lugar un remanso de paz.
El francés estuvo un tiempo en estas tierras, sus soldados se veían por todas partes, en la Torre Mayor y en las otras, siempre vigilando. Su jefe había marchado con casi todo su ejército a la toma de Valencia, pero dejó aquí un destacamento, mejor no contaros lo que hicieron, barbaridades.
Borrunes, cerca de su cuartel, era para estos invasores un sitio donde refrescarse y llenar los depósitos de agua. Bajaban sus caballos y mulas desde la Fortaleza y se hacían los dueños, creando una convivencia hostil. Las mujeres, valientes ellas, no dejaron de ir a lavar las ropas a este barranco. Los soldados provocaban a las mujeres cada día, iba en aumento, y el peligro de agresión era inminente.
Entre las mujeres, la mayoría jóvenes, estaba Julia, una chica morena de gran hermosura. Una mañana, el teniente gabacho la cogió del brazo queriendo llevársela, la forzó cruelmente, y ella se defendió. Siempre llevaba una navaja en la cintura, escondida, de larga como el antebrazo. Se la clavó en el pecho al teniente de un golpe certero y mortal. Los otros soldados que estaban cerca se abalanzaron sobre Julia, la cual se defendió como una leona, hieriendo a dos de ellos, y huyó río arriba, por el barranco, hacia el Castillo, por sus callejuelas. Los demás soldados, a caballo, la siguieron por las calles, sable en mano, de los arrabales del pueblo. La furia estaba desatada entre aquellos miserables. Un disparo le partió la clavícula y cayó al suelo. Julia fue llevada a la fortaleza y esa misma tarde ahorcada en la Torre de Homenaje del Castillo. Su cuerpo balanceándose en aquella tarde conmocionó a toda la villa y juraron venganza. Pero no hizo falta, Julia se la tomaría por su cuenta».
La noche caía como una loma gris sobre la casa. La lluvia había cesado para dejar pasar a un viento del norte que traía más leyendas del Antiguo. Afuera, alaridos de animales nos sobrecogían, una riña de perros y gatos enturbiaba el ambiente ya de por sí misterioso. La cara de la narradora se tornaba blanca, después desaparecía en la sombra del pilar. Otras, su cuerpo levitaba sobre la mecedora. Nadie se movía en aquel ocaso de terror, no podía pasarnos nada si aguantábamos, era cuestión de tiempo descifrar el final, como pasaría en otras historias que nos contaría esa mujer, que venían según ella del Antiguo. Nadie de nosotros se atrevía a mirarle a los ojos, felinos a veces; otros, en blanco; otros, sin ellos, hueca calavera y hueca voz que nos helaba la sangre. Mejor seguir escuchando.
«El cuerpo ahorcado en lo alto de la Torre desapareció en la hora muerta de la noche, o sea a las tres. Se daría cuenta un centinela, el cual avisaría al alférez de guardia. Dedujeron que lo habían robado sus familiares y no le dieron importancia alguna, sin preguntarse siquiera como habían llegado hasta allí sin verlos. Otros piensan que sí se preocuparon de su desaparición y mintieron a los superiores diciendo que era mejor deshacerse del cuerpo cuanto antes. Lo que no sabían ni unos ni otros es lo que les esperaba.
Aquella misma noche, antes de despuntar el alba, el espectro de Julia corría como una gacela por las calles aledañas. Era como una luz brillante que cortaba el aire. Un pastor que salía con sus ovejas de una casa cercana a la fortaleza dijo que vio una especie de ráfaga azul atravesar la torre, y que dos de sus ovejas cayeron quemadas. Bueno, el final ya os lo imagináis.
No, creo que no, no os creáis que fulminó a todos los gabachos. No, sencillamente utilizó su aliento, un aliento o halo azul que les lanzaba desde su boca muerta. Así uno a uno, no se sabe cuantos eran. Ellos, según contó un moribundo, veían acercarse a una hermosa mujer que no llevaba pies y parecía flotar en el aire. Después ellos, embobados por esa belleza, se acercaban, y en ese instante ella los condenaba con su soplo azul. Dijo el gabacho antes de morir que su rostro era como el de la fuente donde iban a beber los caballos, pero nadie entendió, lo achacaron a su delirante situación.
Ocurrió que sencillamente ese aliento los trastornaba y se mataban a tiros o bayonetazos entre ellos. Todos eran enemigos feroces. Algunos caían desde la torre hacia Borrunes, otros deliraban disparando a todo lo que se movía. Solo quedó el alférez, que esa noche no estaba en el cuartel fortaleza del Castillo. A la vuelta de la taberna, el alférez la vio sobre un soldado, como besándolo. Ella le esperó, pero él huyó como alma que lleva el diablo. No pudo escapar. En la Plaza de Armas se abalanzó sobre él, y frente a su cara aterrorizada le exhaló el temible aliento. El caballo se desbocó y ella saltó, el alférez huyó hacia Valencia.
El mariscal Moncey aguardaba su llegada, necesitaba refuerzos de Chiva y Liria, también de Buñol. Al verle acercarse acertó que iba algo mal. Al francés Moncey le estaba costando mucho entrar en la capital del Túria. En las Torres de Quart las milicias del pueblo estaban resistiendo sin piedad, la sangre corría por las calles, los ingleses llegarían pronto desde Chirivella. No les haría falta.
El alférez gabacho ya había dejado el aliento por todas partes, sus cabellos rubios se habían erizado, sus brazos parecían de goma mientras iba matando a cuchilladas a sus camaradas. Moncey, al ver esto, le disparó con su pistola, mas no hizo falta, sus tropas se iban matando entre ellas como locos, sin piedad. El mariscal trató de huir pero cinco gabachos le partieron en dos.
Viendo esto, los del interior de las murallas salieron por las Torres de Quart y acabaron con todo francés, recogiendo después munición y cañones y subiendo a la torre pusieron la bandera Real de España. Nadie se explicó lo que ocurrió aquel día, solo que el ejército del francés se había destruido él solo, una matanza propia, desquiciada y sin sentido.
Julia despareció para siempre, o eso dijeron. Os preguntaréis qué rostro tenía. Os lo enseñaré: este. Una foto en color sepia nos mostró. En ella, se veía la cabeza de hierro de una Medusa, una de las Gorgonas de la mitología griega, con serpientes en lugar de cabello, y al contrario de Julia, a esta Medusa, quien la miraba a los ojos, se convertía en piedra. En Julia su fuerza era el aliento, un soplo mortal. También os preguntaréis que esa figura no existía en aquella época de principios del XIX. Pues sí, sí que existía, y fue un escultor francés quien la hizo para el ayuntamiento en el siglo XVIII. La fuente estaba más abajo, bordeando una cueva en el arroyo del barranco. A Julia le encantaba ese lugar, pues recogía agua para su familia, y se sentaba a escuchar las aves azules todas las mañanas. Más tarde, cuando se hizo la nueva fuente, se conservó la cara metálica de Medusa y se añadió a la piedra de esa fuente de Borrunes.
¿Qué fue de Julia? Se notaba la pregunta en los ojos jóvenes de aquellos muchachos. Alguno pensó y ella lo adivinó, que la tenían enfrente, de vieja, narrando la historia, la propia Julia, y se petrificó de miedo. Lo pensó el muchacho moreno que después preguntó los apellidos de Julia y por donde vivía, en qué casa del pueblo.
Al escucharlo, todo coincidía, el hielo le recorrió sus venas, trató de parar su corazón, los latidos se aceleraban, quería huir. La mujer se levantó y le señaló con el dedo. Levitando, le dijo:
–Anda, vete con Julia, aún así, pudo tener descendencia. Es inmortal. Es terrible y volverá sobre la torre desde donde la ahorcaron. Ella nunca muere. Si quieres verla, pásate en estas fechas –enseñó su mano, estaban escritas en sangre– y la verás reclinada sobre la fuente, la Fuente de Borrunes, la Medusa querrá abrazarte, preguntar por tu nombre, pero tú mantente lejos.
Borrunes, el parque, fuente, arroyo, barranco, donde habita Julia.
Nota del Autor: Borrunes es un lugar, un parque hermoso, con un paisaje y un barranco, arroyo, lleno de naturaleza, un sitio para pasear y pensar. Nuestros antepasados, que lo idearon y construyeron, supieron hacerlo muy bien, lleno de poesía, literario. Cuidemos su entorno, hagamos que sea más digno y visitemos más a menudo.
Rafael Ferrús Iranzo
Buñol es misterio. La ciudad del viento.
Bonito y entretenido relato, gracias Rafael por meternos en ese tipo de historias que aún sabiendo que es la fantasía todo lo que le rodea, nos mete en sitios que no son fantásticos , que son reales y para gente como yo todavía más reales al haber nacido y vivido veintisiete años en el número 13 de la hoy Plaza de Armas (Plaza del Castillo cuando yo vivía allí).
Al relato (precioso vuelvo a repetir) le pongo una aclaración, la Medusa de la fuente que existe en estos momentos, no es la misma a la que tú te refieres, unos vándalos, o no tan vandalos la arrancaron y se la llevaron, seguro para tenerla ellos y privarnos a los demas el poder verla. un saludo Manolo