El balcón de mi vecino

El balcón de mi vecino nunca es solo un balcón. Cambia de piel según el momento, como si respirara al ritmo del mundo. A veces se engalana, se llena de vida, de colores y de fiesta; otras, exhibe con orgullo los escudos de Buñol, como quien afirma de dónde viene y a quién pertenece. Pero, por encima de todo, si algo define al balcón de mi vecino, es su voz.

Porque es un balcón que habla.

Desde hace meses, ondea en él la bandera palestina, firme y constante, como un gesto de solidaridad con un pueblo que resiste, como un grito silencioso que denuncia la masacre que el Estado de Israel sigue perpetuando, incluso cuando se anuncian treguas que no alcanzan a la vida cotidiana de quienes sufren.

El 8 de marzo amaneció teñido de morado. No era casualidad. Era compromiso. Era memoria. Era un recordatorio de que la lucha de las mujeres sigue siendo urgente. Mi vecino lo sabe. Entiende que esto no va de bandos enfrentados, ni de hombres contra mujeres. Va de caminar juntos, de sostenerse, de no mirar hacia otro lado.

Porque mi vecino ha crecido rodeado de mujeres. Mujeres fuertes, trabajadoras, valientes. Mujeres que han sorteado los golpes de la vida con dignidad y una sabiduría que no siempre se reconoce, pero que siempre sostiene. De ellas ha aprendido que el feminismo no es una amenaza, sino una herramienta; no es un ataque, sino una conquista necesaria.

Por eso, su balcón no acusa: acompaña. No enfrenta: une.

Mi vecino sabe que las reivindicaciones feministas no buscan restar, sino sumar; no pretenden vencer a nadie, sino derribar lo que nos hace desiguales. Porque no es una lucha entre hombres y mujeres.

Es una lucha de todos y todas contra la desigualdad.

Y mientras haya algo que decir, algo que defender o algo que recordar, el balcón de mi vecino seguirá ahí, hablando por quienes no siempre son escuchados.

MDM Buñol
Movimiento Democrático de Mujeres

Share This Post

Post Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.