
Nada es igual después de visitar y estar una temporada en la Ciudad del Duero, acaso la supera la Ciudad del Viento. Un aire místico y misterioso la envuelve. Debo decir que allí las tardes son otras tardes, repletas de aire dorado que envuelve el alma. Ya el poeta Nelio Ormuz dijo de esta ciudad: «No quisiera visitar más esta ciudad y su río, sus iglesias y castillo, su extraño monte y sus ánimas, o me volveré loco, loco de nostalgia». Al contrario que otros poetas, como Machado, Bécquer o Gerardo Diego, que estuvieron allí un tiempo y supieron captar su esencia, exprimir los ocasos en bellos poemas o leyendas; también vidas truncadas y desafíos o enfermedades, como Bécquer.
Un aire frío me envuelve al recordar la semana que permanecí allí, tratando de buscar lo que dice el poeta árabe. Quizás sí supe, con bastante estudio y lecturas de obras sobre la ciudad y su historia, sus poetas, que es una ciudad diferente, más misteriosa que la Ciudad del Viento, donde habito en la actualidad. Pero quizás la nostalgia sí se apoderó de mí tratando de buscar al poeta perdido, tema que no supo encontrar el árabe en su famoso tratado sobre la melancolía, « Tempus fugit». En ese tratado tan extenso, el poeta recorre cincuenta ciudades y sus lugares, su interior con entornos poéticos y de convulsa lucha, queriendo demostrar que el lugar tiene cierta fuerza, magnetismo, que provoca al hombre la melancolía. Es decir, el alma es como el imán hacia ese lugar concreto que la emana. Allí nombra, entre otros, el famoso Parque de los gorriones, el Monasterio de San Juan de Duero de Soria o la Ermita de San Saturio, también en Soria, a las orillas del Duero. Sin más dilación, relataré mi paso por la ciudad castellana y que tiene que ver con esta villa, Buñol.
Como decía, estuve una semana en la ciudad soriana estudiando una serie de escritos sobre los poetas que por allí habían pasado, en especial de Bécquer. Para ello, tuve que trazar una especie de mapa de la ciudad y su provincia. En esta última visité Trasmoz, el Monasterio de Veruela y otros pueblos donde las leyendas del poeta sevillano me llevaban. En este periplo de emociones y soledades poéticas participé como lector en unas conferencias que se realizaban sobre Bécquer y su hermano Valeriano, el pintor. Allí, en el Parador de Soria, en un ambiente literario y acogedor, se dieron diferentes versiones sobre el poeta y por qué eligió esta ciudad castellana para su obra. Yo estaba impresionado, tomando notas de las disertaciones de los profesores universitarios y escritores, no paraba de escribir y pensar en lo importante que es conocer al autor que escribe algo que te va a marcar para toda la vida, un tren que no va a parar nunca; las estaciones estarán cerradas, las estaciones de tu vida.
Las cristaleras, en ese mes de noviembre, cuando la luz no se atrevía atravesar la sala de conferencias, la luz tenue de viejas lámparas, los profesores, la ciudad al fondo, el Duero que nos leía constantemente el poema del poeta Gerardo Diego, «Romance del Duero», el mundo aparte dejándose llevar por las tierras baldías del pensamiento mediocre y oportunista, el Parador tan acogedor y a su vez tan misterioso, las tumbas abiertas de nuestras almas inquietas que esa noche se convertirían en una sola, la de la espiritualidad literaria, en otro ser roto que nos hace ser diferentes.
–Creo que Bécquer, cuando vino a Soria, en concreto al Monasterio de Veruela, no sabía lo que le esperaba en esta ciudad repleta de leyendas –dijo el profesor J. P. de la Universidad de Viena.
–Sentir que el alma del poeta está en cada sitio, en San Juan de Duero, en el Monte de las animas, que miren, está ahí enfrente, tan enigmático, o en el propio río Duero y sus alrededores, donde se desarrollan las leyendas «Los Ojos Verdes», «El Monte de las Ánimas» –agregó P. L., de Amigos de Bécquer, Universidad de Sevilla. Y así varios apuntes.
Una tarde de Brumario, al acabar las charlas, me quedé un rato, solo, frente a los ventanales del Parador. Todos se habían ido ya, las lágrimas corrían por mi rostro. La nostalgia, la melancolía de las que hablaba el poeta árabe eran ciertas. Una fuerza fría me sobrecogía y mis manos temblaban al son de una muerte segura; las puse sobre el cristal frío del ventanal. Al fondo, la ciudad, el Monte de las Ánimas me observaba sintiendo en lo más profundo de mi ser sus piedras, sus murallas, sus hombres y espíritus. Algo de mí se rompía ante tanta belleza. La melancolía de Ormuz era cierta, nadie la podría soportar y tendría que salir de la ciudad con un alma renovada, más espiritual, como algo ya inolvidable, deshaciendo todo lo anterior… escribir lo que no estaba escrito todavía.
Sentí una mano sobre mi hombro, una mano caliente, como la de un padre consolando a su hijo atormentado, una mano que se disipaba en toda mi espalda contraída de dolor.
–Tranquilo, joven, yo también he vivido lo que sientes, lo vivo cada vez que vengo a la ciudad de Machado, de Bécquer, de todos nosotros. Soy Gustavo Domínguez, profesor de literatura de Sevilla, de un Instituto, el San Hilario.
Su cara pálida, sus cabellos grises; su mirada, de ojos negros, me atravesó sin piedad, creí ver a alguien conocido ante mí. Su voz, melodiosa y firme, a la vez me apaciguó, sentí tener a mi lado lo que yo quería ser más adelante, una idea fugaz pero certera, un destino literario y una tesis sobre Bécquer, y por qué no, también de su hermano Valeriano.
–Eso que sientes, esa melancolía por el poeta, por la ciudad y sus lugares nombrados, es lo mejor que te puede pasar. ¿Quién no puede notar algo al visitar San Saturio y su ermita, o San Juan de Duero, o recorrer las calles que pisó Machado? Las luces muertas de sus calles austeras te trasladan a otro mundo. De verdad, es la literatura, la poesía en vivo.
Nos sentamos, ya estaba anocheciendo, me contó su experiencia sobre el poeta, sus libros escritos, su especial cariño por la ciudad, cómo fue el encuentro con los escritores de esta conferencia. Pasó casi una hora sin darnos cuenta. De repente, como a bocajarro, me preguntó de dónde era. Mi nombre ya estaba en su mente.
–Soy de Valencia, de un pueblo, Buñol, que dista unos cuarenta kilómetros de Valencia.
Al escuchar esto, me dio la mano. Su voz cambió, algo le ocurrió. ¿Le pasó por su mente un pensamiento, acaso, al nombrar mi pueblo?
–¡No me digas que eres de Buñol!
Entonces sus cabellos se volvieron oscuros, sus ojos dejaron de ser ojos, eran dos huecos. Sus manos me apretaron, su cuerpo se balanceó hacia atrás, temblaba su voz, como si él añorase esa villa o estuviese desterrado y ahora al escuchar su nombre le viniesen recuerdos, recuerdos fuertes y perdurables en el tiempo. Después, al levantarse, me dijo:
–Ven, acompáñame, te voy a enseñar algo.
Fuimos caminando en la noche fría soriana hacia la ciudad. El silencio se apoderó de nosotros, solo el crujir de nuestros pasos en la grava. Sentí miedo entre una melancolía ya heredada. Abrió la puerta de un viejo cementerio que se alzaba bajo el Parador, al principio de la cuesta. Se dirigió a su coche, el cual estaba aparcado dentro del Camposanto. De una mochila sacó una carta tamaño folio y me la entregó. El paisaje era totalmente becqueriano sin duda alguna y eso me confundió en noche cerrada.
–La abres cuando llegues a Buñol. –Y despareció entre las tumbas. Iluminándose con la linterna del móvil, se introdujo en el interior profundo del cementerio.
Inmóvil, sin saber lo que hacer, huí hacia el Parador. Esa noche no pude dormir. Algo no cuadraba, ese tal Gustavo me resultaba familiar, muy familiar. Al día siguiente partía hacia Valencia. Atrás, viendo por el retrovisor del coche, veía la Ermita de San Saturio, Los Chopos y Olmos desnudos como espectros que me daban la despedida. Los paisajes austeros y medievales me saludaban. «Soria fría, Soria pura, cabeza de Extremadura…», versos que sonaban sin parar en mi cabeza. Buñol, un día después. El viento hace su presencia de forma salvaje, La ciudad del viento despierta. Abrí el sobre y leí la carta. Mis manos temblaban al ver las palabras en tinta escritas por el poeta sevillano Bécquer. Ya las conocía, tan rígidas y esbeltas:
«Querido hermano Valeriano, ante todo gracias por llevar mis poemas al diario El Contemporáneo, pronto los publicarán, o eso espero. Madrid es otro mundo, desde luego, y a eso iba, a darte las gracias por recomendarme este lugar para pasar una temporada y curarme de mi temible enfermedad. Aquí los aires son sanos y fuertes, ya te digo que la llaman la Ciudad del Viento, del fuerte viento que sopla constantemente, pero lo mejor, sabes, es su castillo, su fortaleza, sus montañas y fuentes, sus amables gentes que me cuidan en esta posada. Todos los días hago un largo paseo hacia el Monte que se llama Alto Jorge o a un lago con cascada llamado Cueva Turche. Preciosa naturaleza que envuelve este lugar, algo mágico que trato de descubrir, bien tú sabes lo que me gusta el misterio. También debo decirte que noto algo, que quizás podamos llamar misterio, pero es muy atrevido afirmarlo. Lo que sí es cierto es que estoy escribiendo unos cuentos sobre sus lugares. ¡Qué ganas tengo de que los leas Valeriano, hermano mío! Uno de ellos se desarrolla en el castillo, y otros en su río, parecidos a los que escribí en Tramoz y en Soria, ya verás como te gustan. En fin, con ganas de verte pronto en el Monasterio de Veruela, ya tengo el pasaje y la motivación de recuperarme en tan buen lugar.
Gustavo Adolfo Bécquer.
Buñol. 1866, 1 de marzo.
La Ciudad del Viento –esto es mío, ya sabes que soy poeta. Un abrazo, hermano.»
Doblé la carta, bueno, la fotocopia de la carta. Mis piernas flaquearon, el frío se apoderó de mí como una ráfaga polar. Después, mi cerebro actuó de forma extraña y en una cuartilla, como un autómata, me hizo escribir: «Bécquer no era su apellido real, se lo cambió por los de un antepasado noble suyo, Bécquer, que vivió en Flandes durante el siglo XVI. Su verdadero nombre era Gustavo Domínguez Bastida».
¿No se llamaba así el profesor que conocí en el Parador? Mi corazón se aceleró tanto que tuve que sentarme. Dos cosas eran ciertas, o eso creí, ya un poco más calmado:
1. Bécquer estuvo en Buñol, aconsejado por su hermano Valeriano, para tratar su enfermedad respiratoria y tomar sus aguas, en la carta estaba bien claro.
2. Que estuve frente a él, en el Parador de Soria. ¿O acaso no?
Al fondo, tras mi ventana, el ocaso se vuelve un mar de viento morado y cruel. Al final, de toda esta historia, solo decir que Bécquer me introdujo en una de sus propias leyendas, más corta o más intensa en el tiempo, pero una leyenda más, una duda más, algo inexplicable más.
Rafael Ferrús Iranzo
Buñol es misterio. La ciudad del viento.