
Hay aniversarios que se celebran. Y hay otros que, más que celebrarse, se sienten. El quinto centenario del nacimiento de San Luis Bertrán pertenece a estos últimos. Porque hablar de San Luis en Buñol no es únicamente recordar la vida de un santo nacido hace quinientos años. Es hablar de la memoria de un pueblo, de las emociones compartidas, de las fiestas vividas en familia, del sonido de las campanas, de la subida a la ermita, de las promesas, de los encuentros y de tantas generaciones que han encontrado en su patrón un motivo de esperanza.
San Luis Bertrán forma parte del paisaje sentimental de Buñol. Está presente en las fotografías antiguas, en las conversaciones de nuestros mayores y en los recuerdos de la infancia. Cada vecino guarda una historia relacionada con él. Quizá por eso su figura ha conseguido atravesar el tiempo sin perder vigencia, convirtiéndose en un símbolo que trasciende lo religioso para formar parte de la identidad colectiva del pueblo.
Esa identidad no se mantiene viva por casualidad. Detrás hay personas que, de manera discreta y generosa, han dedicado tiempo y esfuerzo para que la devoción al patrón no se desvanezca con el paso de los años. Ese compromiso tomó forma con la creación de la «Comisión Parroquial Amigos de San Luis». Nació con un propósito sencillo y, al mismo tiempo, profundo: conocer mejor la vida del santo, cuidar las celebraciones en su honor y transmitir su legado a las nuevas generaciones. Porque las tradiciones no sobreviven solo por repetirse; permanecen cuando alguien las explica, las comparte y las vive con autenticidad. «Los Amigos de San Luis» han entendido que custodiar una tradición no consiste únicamente en organizar unos actos religiosos. Significa mantener vivo un patrimonio espiritual y humano que pertenece a todo el pueblo. Gracias a esa dedicación, cada fiesta, cada celebración y cada encuentro alrededor del patrón sigue siendo una oportunidad para fortalecer los lazos que unen a los buñoleros.
Pero San Luis no vive únicamente en la ermita o en las celebraciones de agosto. También recorre silenciosamente nuestras calles. A menudo buscamos el patrimonio en grandes monumentos y olvidamos detenernos ante aquello que vemos cada día. Sin embargo, Buñol conserva un tesoro discreto que merece ser contemplado con otros ojos: los retablos cerámicos dedicados a San Luis Bertrán. Son pequeñas obras de arte que, desde hace décadas, acompañan el caminar cotidiano de los vecinos. Quizá muchos hayan pasado cientos de veces junto a ellas sin reparar en los detalles que esconden. Pero basta detenerse unos minutos para descubrir que cada azulejo cuenta una historia.
En el cruce de la calle del Cid con Empedrado, sobre la fuente de los dos caños, el santo sostiene un cáliz del que emerge una pequeña serpiente. Es la representación del milagro del envenenamiento, cuando, según la tradición, sobrevivió a una pócima mortal preparada por quienes pretendían silenciar su defensa de la dignidad de los pueblos indígenas durante su misión en América.
En la calle San Luis, otra cerámica recuerda el milagro del crucifijo y el arcabuz. La escena evoca el momento en que un hombre dispuesto a asesinar al fraile vio cómo su arma se transformaba milagrosamente en una cruz. Más allá del prodigio, la imagen simboliza la fuerza de la palabra frente a la violencia y la capacidad del perdón para transformar el odio.
Y en la fachada de la ermita, presidiendo el paseo que lleva su nombre, un tercer retablo recuerda quizá uno de los episodios más conocidos de su vida misionera: el don de lenguas. Cuenta la tradición que los pueblos indígenas comprendían su predicación, aunque hablaban idiomas completamente distintos. Una imagen que sigue conservando hoy un hermoso significado: el de quien fue capaz de hacerse entender porque antes supo acercarse a las personas.
Estas cerámicas son mucho más que elementos decorativos. Constituyen un museo al aire libre, un libro abierto escrito sobre las fachadas del pueblo. En ellas conviven la fe, el arte, la historia y la memoria de generaciones enteras que quisieron dejar constancia de aquello que consideraban importante.
Quizá esa sea la mejor enseñanza de este quinto centenario. Comprender que el legado de San Luis Bertrán no se conserva únicamente en los archivos ni en los libros de historia. Se mantiene vivo en quienes siguen organizando sus fiestas, en quienes transmiten su historia a los más jóvenes y también en esos pequeños retablos que continúan observando, en silencio, el ir y venir de los vecinos.
Cinco siglos después de su nacimiento, San Luis sigue caminando junto a Buñol. Lo hace en la devoción de quienes acuden a la ermita, en el trabajo generoso de los Amigos de San Luis, en los azulejos que decoran nuestras calles y en la memoria compartida de un pueblo que ha sabido convertir a su patrón en parte inseparable de su propia historia.
Porque hay personas que dejan huella durante una vida. Y hay otras que, quinientos años después, siguen iluminando el camino de todo un pueblo.
Luis Vallés Cusí
Periodista