Mayo: madres y la contradicción del mundo

Paseo acompañada de mis perras, escuchando el trino de los pájaros y dejándome acariciar por el sol. Mayo irrumpe con su habitual explosión de vida, recordándonos que la naturaleza siempre encuentra la manera de renacer. No es casualidad que este sea también el mes de las madres.

En el hemisferio norte, mayo ha estado históricamente ligado a la fertilidad, a la celebración de la vida y de quienes la hacen posible. Basta observar a cualquier madre, sea de la especie que sea, para reconocer un patrón común: el instinto de protección y el deseo de que su descendencia sobreviva.

Sin embargo, esa imagen casi universal choca de frente con una realidad profundamente incómoda. Porque mientras la vida brota, también hay quienes deciden, desde el poder, quién puede ejercer ese derecho básico de «traer al mundo» a sus hijos e hijas y quién no.

La expresión «traer al mundo» encierra en sí misma una paradoja. ¿Qué mundo es ese? ¿El planeta que habitamos o el sistema que hemos construido? Un mundo que, siendo vasto y generoso, se ve limitado por decisiones humanas que imponen fronteras, bloqueos y violencia.

Ahí están, por ejemplo, las madres cubanas, que viven bajo el peso de un embargo que afecta directamente a lo más esencial: la energía, los medicamentos, los recursos básicos. Para ellas, la maternidad puede ir acompañada de una incertidumbre insoportable: no saber si habrá medios para sostener la vida de un recién nacido. Ahí están también las madres libanesas, que despiden a sus hijos e hijas camino del colegio —ese espacio que debería ser sinónimo de seguridad— con la esperanza de volver a verlos y verlas. Una esperanza que, en demasiadas ocasiones, se quiebra. Y en Gaza, la realidad alcanza niveles aún más extremos: la supervivencia cotidiana se convierte en un riesgo constante. Conseguir alimentos o agua puede suponer jugarse la vida, en un contexto donde la población civil queda atrapada en una violencia sostenida.

Frente a este panorama, resulta inevitable preguntarse cómo hemos llegado a normalizar estas contradicciones. Cómo permitimos que unos pocos, movidos por intereses políticos, económicos o estratégicos, condicionen algo tan elemental como la vida misma.

Quizá la respuesta no esté solo en señalar a quienes ostentan el poder, sino también en cuestionar nuestra propia pasividad. Porque si algo es evidente, es que quienes sentimos rechazo ante estas injusticias somos muchas más personas.

Recordarlo no es un gesto ingenuo, sino necesario: el mundo no pertenece a quienes lo someten, sino también —y sobre todo— a quienes lo habitan, lo cuidan y lo defienden.

MDM Buñol
Movimiento Democrático de Mujeres

Share This Post

Post Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.