
En los documentos oficiales, fechados en el tránsito del siglo XVI al XVII, conservados en Real Cancillería, se reiteran noticias referentes a cuadrillas de bandoleros, tanto cristianos como moriscos, que iban asaltando a los viajeros que transitaban por el camino real, concretamente, en los términos de Pla de Quart, Chiva, Buñol y Siete Aguas.
Naturalmente, los poderes públicos reprimieron con dureza estas actuaciones delictivas. En numerosas ocasiones, se hizo frente a partidas que habían asaltado a caminantes y pasajeros, cometiendo diversos robos, homicidios, asaltos, etc. La condena a muerte correspondía a los delitos mas graves; así, en el año 1607, un tal Gasparet (que formaba parte de la cuadrilla de Nono) fue ejecutado y su cuerpo, descuartizado. Como venía siendo habitual, sus restos se dispusieron en los lugares donde había cometido los crímenes; así, un cuarto se puso en la Venta de Miralcamp; otro, en la Venta Nueva de Chiva; el tercero, delante del castillo de este pueblo; y el último, en la Venta de Buñol.
Otros bandoleros tuvieron mejor suerte, pues escaparon de la muerte; no obstante, fueron condenados a galeras (como remeros), algunos sin un límite temporal determinado. En un documento fechado el 10 de febrero de 1585, encontramos un listado de diez bandoleros de nuestra comarca condenados a remar en galeras reales. No obstante, algunos de estos galeotes fueron derivados a las minas de azogue de Almadén, ante la solicitud de sus concesionarios, los Fugger, una familia de banqueros alemanes.
Los Fugger –sobrepasados por la creciente demanda de azogue necesario para explotar las minas de plata de América– pidieron al rey que se les cediese un porcentaje de condenados a galeras. Desde el año 1566, en que se accedió a su petición, contaron con mano de obra forzada. En el año 1583, se les adjudicó 40 galeotes, que suponían algo mas del 13% de los 300 trabajadores con que contaba la mina; hay que señalar que la mayoría de los mineros y galeotes eran cristianos viejos.
Las actuaciones de Mateo Alemán, como juez visitador de las minas de Almadén, fueron recogidas, en el año 1965, por el hispanista y poeta Germán Bleiberg, quien impartió una conferencia en el Instituto de España en Londres y, en el año 1966, publicó un artículo titulado «Mateo Alemán y los Galeotes». El tema fue retomado, en 2000, por Francisco Fernando Gómez Vozmediano y, más tarde, por Cristina Morales Segura, en su libro titulado «Galeotes de Mercurio. El Caso de Mateo Alemán», publicado en el año 2020.
Con fecha 12 de enero de 1593, el autor de «Guzmán de Alfarache» recibió una instrucción muy detallada del Consejo de Órdenes; esencialmente, debía averiguar la situación en la que se encontraban los 14 galeotes de las minas de Almadén; es decir, investigar sobre las condiciones de vida y trabajo de los penados, así como cumplimientos de plazos, condenas, horarios, etc.
Mateo Alemán, como encargado de realizar esta inspección, elaboró un Informe secreto que recogía determinados datos sobre los forzados, así como su condición, delitos cometidos, trabajos que realizaban, castigos, salud (4 de ellos, azogados en mayor o menor grado) y cumplimiento de las condenas en tiempo y forma. No obstante, el informe nunca concluyó, pues su autor fue retirado del caso, apenas un mes después de comenzada la investigación.
A modo de inciso, diremos que, solo un lustro después de que se cancelase el encargo, en el año 1598, Mateo Alemán publicó «Guzmán de Alfarache», una novela picaresca que se presenta como una supuesta autobiografía de un galeote quien, al final de su vida, recapitula sobre sus excesos, en busca de redención.
Entre los forzados en la mina de Almadén, dos eran de nuestra tierra, concretamente, Guillermo Valenciano, natural de Turís, y Pedro Meduar, natural de Buñol; ambos, probablemente, integrantes de la misma cuadrilla. Guillermo Valenciano tenía 26 años, había sido condenado por la Real Audiencia de Valencia a galeras, sin limitación de tiempo y llevaba, aproximadamente, 5 años y 8 meses en la mina. Pedro Meduar era morisco, tenía unos 40 años de edad; también había sido condenado por el rey (dice el recluso), sin limitación de tiempo y llevaba 6 años, poco más o menos, en la mina. Sobre las condiciones de trabajo, Meduar declara –entre otras crueldades– que el capataz «les mandaba a sacar agua que es el peor trabajo y cuando paraban los mandaba azotar y entrar en los hornos ardiendo y se quemaban las manos y los zapatos de tocar las ollas».
No sabemos cómo acabarían estos dos galeotes, no sabemos si la inhalación de vapores de mercurio acabaría con su salud o incluso con su vida, si llegarían a alcanzar la libertad o, en el caso, de Pedro Meduar, si fue una víctima más de la expulsión de los moriscos, aquella limpieza étnica que tuvo lugar en el año 1609.
Federico Verdet Gómez
Director IEC La Hoya de Buñol-Chiva
Instituto de Estudios
Comarcales de La Hoya de Buñol-Chiva