Carlos Pilán Ortiz y El corazón humano. Un krausista en el Buñol decimonónico.

Imagínese, quien estas líneas tuviera a bien leer, que está en el Buñol de, pongamos, el año 1878. Imagine, además, que es Martes de Carnaval y, puestos a imaginar, piense que, en vez de estar en la calle, desde el anonimato de un disfraz, hasta arriba de vino y desafiando ritualmente a las autoridades o ejecutando bromas pesadas a cualquiera que hubiese atentado contra la moral común a lo largo del año, se encuentra en su casa. 

Se ha refugiado en la misma a leer tranquilamente en su escritorio, pero no le va a ser concedida la calma: prepárese para el susto que le viene, pues, de repente se va a abrir la puerta de la habitación, va a escuchar una voz desconocida que le llama «mortal», y va a irrumpir allí nada menos que el filósofo griego Tales de Mileto (c. 624-546 a.C), quien, pasado el shock inicial, amistosamente le va a dar la mano y le va a llevar en un vuelo mágico que le conducirá a la sabiduría.  

Pues este es el punto de arranque de un libro nada conocido, pero escrito en Buñol y publicado en 1879 por la imprenta de la Viuda de Amargós (València). El volumen, de 183 páginas, lleva un título tan ampuloso como esotérico: El corazón humano. Sueño fantástico-psicológico original sobre las inclinaciones innatas del alma humana, y se vendía por dos pesetas y cincuenta céntimos, intuyo que con escaso éxito. Se dice de él que es una primera parte, pero no se ha encontrado la segunda, y viene firmado por Carlos Pilán Ortiz, que nació en Buñol y fue bautizado el 30 de julio de 1842 en la iglesia de San Pedro Apóstol. Afirma en el prólogo tener 37 años y, el 17 de abril de 1880, contrajo matrimonio con María Perelló Ferrer.  

Lo poco que sabemos de su vida resulta significativo: de entre las familias que dividían al republicanismo local del momento, se adhirió a los «posibilistas», a cuyo comité local perteneció, según consta en reunión del 1 de junio de 1879, como detalla el imprescindible estudio del historiador Sampedro Ramo sobre La masonería en la comarca de la Hoya de Buñol-Chiva. Gracias también a éste sabemos que, en 1887, no consintió en bautizar a su hijo, de lo que casi paga el pato la partera que acompañó a llevar a la criatura al registro civil, amenazada de excomunión por el sacerdote de turno. 

Lo dicho basta para ubicar al autor dentro de las corrientes librepensadoras del momento, pero podemos precisar más, pues la dedicatoria del libro no puede ser más explícita: «A la memoria de Sanz del Río». Es decir, su adscripción al movimiento krausista –corriente de pensamiento inspirada en el filósofo alemán Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832) que cobró inusitada fuerza en España, mientras Europa se rendía a Hegel– es puesta de relieve desde el primer momento. Y esto no deja de ser importante, pues la bibliografía disponible sobre el krausismo hispano –que dio lugar, no lo olvidemos, a la Institución Libre de Enseñanza a la que se adhirieron figuras tan señeras como Antonio Machado–, tiende a caracterizarlo como un movimiento urbano y elitista, prácticamente de profesores universitarios. Y Carlos Pilán Ortiz era un hombre realmente instruido, pero autodidacta y de oficio labrador. 

Del contenido del libro hablaremos en otra ocasión: baste por ahora decir que el mencionado vuelo mágico-místico (ese peculiar carnaval reservado a quien, hastiado de «los estrépitos de la alegría [buscaba] la tranquilidad en la soledad») culmina en un banquete en el que dialogarán, dirigidos por los interrogantes que nuestro buñolero, ávido de saber, les lanza, desde el propio Krause y Sanz del Río hasta Pitágoras, Platón, Aristóteles, Flavio Josefo, Descartes, Leibniz o Kant, pasando por Dante, Cervantes y Lope de Vega (quien le enseña las virtudes educativas del teatro), sin dejar fuera a pintores como Rafael, Miguel Ángel o Velázquez, entre muchos otros. 

Es decir, lo mejor del pensamiento occidental desde la Antigüedad hasta sus referentes krausistas del siglo XIX (a Krause y Sanz del Río hay que añadir a Ahrenhs, discípulo del primero y fundamental en la difusión de su pensamiento en España). La escritura no debió resultarle fácil; no sólo por motivos de accesibilidad a los muchos libros utilizados: nos dice que, por su «género especial de vida» ha sido el «blanco de la sátira del pueblo» (imaginemos a alguien que, en aquellos tiempos, tras las tareas del campo, en vez de ir a la taberna se va a casa a leer filosofía). Sin embargo, su propósito no es nada modesto: «Todo lo daría por bien empleado si este libro pudiera contribuir en alguna manera al desarrollo de la inteligencia y perfeccionamiento de la humanidad». Nada menos. 

Diré, para terminar, que este krausista fue abuelo paterno de Carlos Pilán Ruiz, que conservó el libro del que hablamos, del que también hay un ejemplar catalogado en la Biblioteca Histórica de la Universitat de València. Su nieto, a su vez abuelo materno de quien esto escribe, abrazó ya el marxismo. Pero esa es otra historia.

Pedro García Pilán
Doctor en Sociología U.V.

Instituto de Estudios
Comarcales de La Hoya de Buñol-Chiva

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