Lealtades invisibles, encuentros que no llegan y heridas de amor

Valentina llegó a la consulta cabizbaja, con la mirada triste, el rostro serio y la voz temblorosa. De su delgado cuerpo salió una voz temerosa que murmuró «no sé por que a mi nadie me quiere». Abrió los ojos todo lo que pudo y aún así no pudo frenar una lágrima que resbaló hasta su cuello. Aún no había cumplido los 25 años y ya tenía una colección de frustraciones amorosas. La historia se repetía una y otra vez. Conocía a un chico, se enamoraba intensamente y a los pocos meses se enfriaba la relación, ellos empezaban a poner distancia y ella dejaba de sentirse importante. De la noche a la mañana desaparecían sin apenas despedirse, un mensaje en visto, una llamada perdida y un final sin despedida, sin cierre.
Lucas me pidió adelantar su cita, su novia acababa de dejarle después de 2 años de amor romántico y estaba destrozado. Llegó arrastrando los pies, escondiéndose entre sus hombros, con los ojos hinchados y la nariz roja. Me miró fijamente y me dijo: «estoy desesperado, llorando día y noche, no puedo comer, no puedo dormir, no puedo concentrarme en el trabajo. Estaba conduciendo y he tenido un impulso de acelerar y estrellarme contra un muro. Mi vida sin ella no tiene sentido. Yo creía que sería la madre de mis hijos y ella tenía un lío con un compañero de trabajo. Ayúdame a volver a enamorarla». Le cogí las manos, le miré a los ojos y escuche su dolor en un profundo silencio.
Lucía había conocido a un chico en una aplicación de citas. En la primera cita hubo mucha conexión y no quiso precipitarse. Él la acompañó a casa, todo un caballero, la cogió por la cintura mientras ella trataba de encontrar la llave en el bolso. Su corazón le dij: «es él» y sus labios dijeron: «hoy no», mientras le daba un beso en la mejilla. Ese gesto transformó la relación en una bonita amistad, largas conversaciones, paseos, complicidad, sinceridad en medio de la noche y ella se fue enamorando en secreto. Le dijo: «yo podría enamorarme de tí»; él le dijo: «no te enamores, me gustas mucho pero te veo más como amiga, yo soy un alma libre y no quiero hacerte daño». Ella buscaba amor, él enamoramiento. Si ella se acercaba mucho, él se alejaba, y si ella se alejaba, él la buscaba. Una danza a destiempo.
Julio llevaba 30 años casado con su mujer y la seguía deseando como el primer día. Desde hacía unos meses la notaba distinta, estaba distante y fría, se escurría entre sus brazos cuando la buscaba en la cocina, esquivaba sus labios cuando le ofrecía un beso y había dejado de buscar sus piernas para calentar sus pies en la cama. Ella ya no sentía lo mismo, sólo lo veía como un buen amigo, un buen padre y un compañero de piso con quien compartía responsabilidades y gastos. Empezó a dejar de enviar mensajes de buenos días y la cama se convirtió en un desierto sin agua, soledad en compañía.
A veces el amor se convierte en una danza de dolor, un corazón que se activa en la distancia y se apaga en la presencia. Estar con alguien y sentirse solo, compartir un cuerpo sin llegar al alma, hablar sin ser escuchado, escuchar el grito del silencio que pesa y aplasta la ilusión soñada. Y callamos lo que sentimos, aferrándonos a lo que fue, justificando el vacío, confundiendo elección y deseo, construyendo en la mente una vida paralela con lo que podría ser y no es.
Y me pregunto: ¿cuánto de mí tengo que dejar afuera para quedarme contigo? ¿Quién soy? ¿Qué quiero para mí? ¿Qué hago aquí? ¿Por qué no me voy?
A veces el miedo es más grande que el amor y uno no puede o no quiere quedarse, o no puede o no quiere irse, se protege alejándose, se refugia escondiéndose, abandona antes de ser rechazado, se queda por evitar la soledad.
No es mala elección, ni mala suerte, es una forma de amar aprendida, construida a base de inseguridades heredadas o aprendidas en la infancia, heridas de amores anteriores, formas de vincularnos sin quedarnos.
Y no siempre es falta de amor sino más bien falta de encuentro, una dificultad para crear un espacio donde compartirse de corazón a corazón, en una escucha silenciosa y respetuosa, con miradas cómplices y caricias que hablan sin palabras.
Se nos olvida que el amor no se puede exigir, no se puede obligar, no se busca ni se encuentra, se construye, día a día, con pequeñas acciones; se entrega con presencia, con verdad, acción y libertad.
Algunas personas aprendieron que amar es retirarse, que amor y dolor caminan juntos y no saben quedarse en un amor sano porque les aburre, les incomoda, no activa la herida que desea ser sanada. Y sanar también es quedarse, tolerar la calma sin salir corriendo.
A veces traducimos el no como si fuera un sí, olvidando que el amor no es interpretación, no se lee entre líneas, no confunde ni se esconde. Nos aferramos a la esperanza y negamos la realidad, amamos sin ser elegidos y nos cuesta soltar la fantasía. Y se puede aprender a dejar de amar donde no hay lugar para uno.
Cuando podemos ver el patrón que repetimos y dejamos de rechazarlo podemos entender el sentido que hay detrás de esa forma de amar que trata de protegernos. Y podemos liberarnos y atrevernos a hacerlo distinto.
El amor correspondido existe, empieza cuando nos vemos, nos reconocemos y decimos sí a nuestro destino, a lo que fue antes de nosotros, tal y como fue. Cuando aceptamos que somos amados desde el nacimiento, por nuestros padres, a pesar de que no siempre supieron quedarse a demostrárnoslo.
Cuando dejamos de amar a destiempo, y dejamos de quedarnos donde no es, abrimos espacio para un amor que sí sabe quedarse.
«Que el amor libere, que pueda volar con mis propias alas. Que el amor sea más fuerte que el miedo».
Blanca Marzo Zanón
Coach de vida