Donde habita el maniquí (poemas)

– I –

La mujer, la esposa, la pareja, el ser querido, perdido.

En la llanura medio dorada de Dalí, en el sueño tenso de la madrugada,

la sonrisa y el cabello, ahora dormidos en tristes cuadernos.

La mortal belleza que según susurraste aquella tarde de invierno.

Reclama inmortalidad, reclama un ave blanca, de alma eterna.

Lo pediré, amada mía, al ser que nos vigila, tras el olmo partido por temblor de tierra.

Le diré entre hojarasca verde que tú lo vales.

Que te precie entre los altares tan alto valor, de hermosura irreal.

De dicha y amor.

De exacta arquitectura, de sonido limpio y perfecto, de álbumes inacabados.

Por tanto recuerdo sin sendero. Por tanto abrazo inacabado.

Por tanto que decirte, en la tumba de tu nombre.

– II –

Hoy la ventana estaba abierta, maniquí del alba.

Te encontré mirando la tierra dorada, la sierra desterrada.

Como siempre, estabas sólo, no necesitabas a nadie.

Por detrás parecías un actor famoso, un galán innombrable.

Que espera a su pareja de reparto, a su rubia larvada.

Pero, alma sin rostro, no me hablas.

A tu cuidador de penas.

A tu médico de tardes, de noches sin velas.

Yo te he recogido del mar de tinieblas.

De barcos hundidos en tus pupilas, de vientos fuertes.

Y espasmos en la niebla.

La tormenta ahora tras la ventana te ha asustado,

maniquí del alba.

– III –

Hoy me despido de ti,

No, no mires por la ventana ni al jardín,

no hay señales en las nubes,
ni en las hojas simétricas del nogal,

ni en el cielo áureo, ni el horizonte de plata.
Es un día normal, sin aves en las huertas.

Sin hombres ocultos, ni mujeres danzando.

Hoy me despido de ti,

Para siempre. Te enseñé cómo ver
la sustancia de las fragancias,

subir por las ramas del viejo chopo,
comprender el lenguaje de los nimbos,

y el canto laberíntico de los pájaros.

Conociste a mi amada esposa

por versos y cuadros escondidos,
por fotos y álbumes queridos.

Sentiste su presencia todos los días

y yo lo sabía, viendo tus ojos muertos.

Te enseñé tu rosa de fuego
en tu corazón de madera.

Y estuviste vivo.

Conmigo, en ocasos de golondrinas,

como el poema de Bécquer.

Hoy me despido de ti,

dejando un incendio de luz y un pozo de soledad.

Aquí, donde habita el maniquí.

Rafael Ferrús Iranzo
Buñol es misterio. La ciudad del viento.

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