
El lenguaje es una herramienta esencial para las personas; es el medio que utilizamos para comunicarnos, construir identidades y transformar el mundo que habitamos.
Existen múltiples formas de lenguaje —oral, escrito, de signos o de códigos— , pero lo verdaderamente determinante no es solo cómo lo expresamos, sino cómo lo utilizamos. El lenguaje puede ser un instrumento de empoderamiento o un mecanismo de sometimiento. Y es ahí donde las mujeres debemos permanecer especialmente vigilantes: porque muchas veces la desigualdad empieza por la palabra.
No hace falta un insulto para herir. Basta una frase mal usada, una idea repetida sin reflexión, un comentario que desvaloriza, que disminuye o que borra a alguien. El lenguaje puede construir, pero también puede fracturar. Por eso es urgente que, desde la infancia, eduquemos en un uso del lenguaje que libere, que respete, que no limite a ninguna persona por su género ni por ningún otro motivo.
Resulta desolador que, en pleno 2025, todavía escuchemos a niños decirles a las niñas: «tú no puedes hacer esto», especialmente cuando se trata de juegos físicos en los que, con frecuencia, esas mismas niñas son más ágiles, fuertes o capaces que quienes intentan apartarlas. Ese «tú no puedes» que parece inofensivo no es un simple juego infantil: es el primer ladrillo de un muro que después se vuelve más alto y más oscuro.
Porque ese «tú no puedes» termina transformándose, en la adolescencia, en un «tú me perteneces». Y ahí ya no hablamos de un comentario aislado, sino de un lenguaje que reproduce desigualdad, que normaliza el control y que allana el camino hacia relaciones tóxicas, violencias silenciosas y, en algunos casos, devastadoras.
Por eso debemos poner especial atención en cómo niños y niñas utilizan las palabras y otras formas de comunicación. Porque no siempre son «cosas de críos»: a veces son señales tempranas de dinámicas que pueden evolucionar hacia el sometimiento, la pérdida de identidad, la destrucción de la autoestima e incluso el suicidio juvenil. El acoso no aparece de repente; es un proceso gradual, progresivo, que va erosionando a quien lo sufre hasta dejarlo sin fuerzas. Asimismo, es importante recordar que no solo hieren las palabras usadas con violencia, sino también aquellas que dejamos de usar. Cuando renunciamos a nombrar a las mujeres en femenino —especialmente en profesiones, cargos o espacios de autoridad— estamos borrando posibilidades, referencias y modelos. Dejar de utilizar estas formas lingüísticas no es inocuo: es otra manera de limitar, de reducir, de hacer que lo femenino parezca excepción o rareza. Y ese silenciamiento, por sutil que sea, también contribuye a perpetuar la desigualdad.
El lenguaje importa. Importa porque nombra, porque moldea, porque abre caminos o los cierra. Importa porque puede convertirse en una semilla de igualdad o en un arma de opresión.
Por eso, hoy más que nunca, reivindicamos un lenguaje que acompañe, que sostenga, que construya relaciones libres y justas. Un lenguaje que no limite, sino que permita. Un lenguaje que no silencie, sino que amplifique. Un lenguaje que sea, ante todo, una herramienta de igualdad y de libertad para todas.
MDM Buñol
Movimiento Democrático de Mujeres