Hoy voy a hacer mi particular homenaje y contar la historia de una mujer. Una mujer de la que me siento capaz de hacerlo porque desde mi primer minuto de vida la conozco.
Buñolera de pura cepa, del Castillo, para ser más exactos. Mujer trabajadora donde las haya y que, sin darse cuenta, ha hecho mucho por su pueblo interviniendo en un sinfín de actividades públicas a lo largo de su vida. Las mujeres que participan, crean y generan movimiento en una comunidad, son las mujeres que hacen pueblo. No hablo de las que estudiamos y tenemos buenos puestos de trabajo, ganados con nuestro sudor, que también somos merecedoras de nombrar, hablo de las mujeres de sus casas, que llevan una vida discreta pero que, realmente, son vidas que dejan huellas, recuerdos y sentimientos.
Habló de Mª Milagros Galarza Carrascosa.
Quien la conoce debería ya saber por qué hoy le dedico este escrito. Para los o las que duden de si es merecedora o no de este espacio, sigan leyendo y al final retomamos opiniones.
Milagros, Mila o Maruja, como se le conoce, nació en el año 1946 en la C/ José María Pereda (callejón de la plaza del castillo). Es la segunda de cuatro hermanos y en aquella época ser la hija mayor sabemos la responsabilidad que conllevaba. La escuela la pisó poco, había que ayudar en casa y cuidar de sus hermanos. Con 12 años quedó a cargo de su hermana recién nacida, pues a su madre le dio un ictus en el parto y estuvo hospitalizada varios meses y quedó privada de medio cuerpo. Ernestina, su madre, era igual de fuerte y con el paso del tiempo se recuperó.
En la adolescencia, como muchas muchachas, fue a trabajar a las hilaturas durante siete años (1961-67). Cuando salió de las hilaturas, al año siguiente decide, junto con sus padres, montar un negocio de cara al público y abren una tienda de papelería, paquetería y ropa de bebé: Novedades Eni (1968-1988). Más tarde se incorporaría a la gestión Enilde, su hermana. Ambas dieron un servicio durante 20 años al pueblo, como el de cientos de establecimientos ahora extintos de Buñol.
Durante esta época conoció al que sería su marido, Samuel, y en el año 1971 se casaron. En su casa no abundaba el dinero, por lo que hasta el vestido de novia le prestaron, pero eran felices.
La gente, en aquella época, era feliz dentro de su pobreza.
En su vida de casada empezó a despertar, empezó a darse cuenta de que era una mujer emprendedora, como ahora diríamos. Pero ser emprendedora en los años 70-80 no era fácil.
Su primera intervención fue sacarse el título de esteticista. Era el año 1979 y bajo el NO apoyo de su marido, se montó en un cuarto de casa la sala para atender a las clientas. Se dedicó a ello durante aproximadamente 5 años. En esta época, Maruja atendía a sus tres hijas, su casa, un trabajo extra y seguía colaborando con la tienda. Este negocio le permitió seguir abriendo barreras y ampliando relaciones.
Con su hermana como principal gerente de la tienda, con el negocio de estética cerrado y bajo la actitud que le caracterizaba, Milagros decidió ir a la capital y aprender pintura de cerámica. Asistió durante 3 años a la escuela de cerámica de Cristina Zaragoza y se convirtió en la primera mujer que lo hacía, creando la primera escuela de cerámica de Buñol. Durante más de 20 años pasaron por su escuela más de cien mujeres y jóvenes dispuestas a crear, aprender y pasar un buen rato. Su escuela comenzó en casa y se amplió con su colaboración en la Asociación de Amas de Casa de Buñol y Macastre. Era una puerta directa a crear vida en el pueblo, a dar actividades y potenciar el ocio de calidad. Su intervención en la vida social del pueblo no acababa solamente con enseñar, si no que, cada verano durante 7 temporadas, en la Feria y fiestas de Buñol, hacía exposiciones de su arte. Las exposiciones suponían un trabajo extra muy significativo y la implicación de toda la familia para dar forma a sus propuestas.
Milagros seguía con sus clases cuando su marido cesa en la fábrica de cementos y necesita volver a emprender. Las hijas eran jóvenes, época de estudios y necesidad de superación. Con toda su fuerza y una actitud de trabajo infalible decide montar lo que fue referente en Buñol: el Bar Saymi. Sin saber, sólo con ganas. Y funcionó, funcionó muy bien. Durante 10 años estuvo activo, sin descanso y con la mejor clientela que cualquiera desease tener. Un negocio en el que toda la familia colaboró y con el que siguió haciéndose hueco en el paradigma local.
Si retomamos, durante los 10 años del Saymi, Maruja también coincidió dando clases de pintura en su casa y en las Amas de Casa de Macastre, tres hijas en pleno estudio y sin dar ayuda y una casa que llevar adelante. ¿Y sabéis qué era lo mejor? Que no se había vulgarizado el término ansiedad, por lo que las mujeres trabajaban y punto.
Un servicio de esteticista, una escuela de pintura, un bar-cafetería, varias exposiciones públicas, una tienda, una fallera mayor infantil, una fallera mayor, dos clavarías de San Venancio y una Reina. Y todavía dudamos de las mujeres que hacen pueblo. Miren a su alrededor, revisen la vida de las mujeres cercanas y repasen sus logros. Al pueblo le da vida su gente, y la gente comprometida con el avance y la participación es el alma de esa vida.
Esto no pretende ser una biografía, para ello necesitaría varias páginas más. Es una muestra de una mujer inagotable, que hoy en día, a sus 80 años, sigue haciendo pueblo.
Elia García Galarza
Con D de Dátil