
Cada 8 de marzo es inevitable hacer balance y preguntarse si el feminismo goza de buena salud, si los derechos que se han conseguido a lo largo de las últimas décadas se consolidan, y si la sociedad en su conjunto respecta sus conquistas.
Me atrevo a afirmar que el feminismo en la sociedad española goza de buena salud. Las mujeres pueden llegar hasta donde se propongan, hay una legislación que nos ayuda; este pasado año se aprobó el Real Decreto-ley 9/2025, de 29 de julio, que amplía el permiso de el permiso de nacimiento a 19 semanas y se aplica indistintamente a hombres y mujeres, con carácter individual, igual e intransferible. Pero además de una legislación favorable, vemos diariamente comportamientos que actúan en favor de la corresponsabilidad en los cuidados; ya son muchos, muchísimos, los hombres que se corresponsabilizan de la crianza de sus hijos e hijas; cada vez más padres acompañan a sus hijos o hijas al médico cuando están enfermos; llevan a sus hijos o hijas al colegio o los acompañan a sus actividades extraescolares. Cada vez más hombres asisten a las reuniones de los colegios y cada vez más padres flexibilizan su jornada laboral, cuando es posible, para turnarse con sus parejas en el complicado terreno de la conciliación. Los empleadores ahora saben que si una pareja decide tener un bebé, adoptarlo o acogerlo, los cuidados no recaerá solo y exclusivamente en la madre.
El feminismo goza de buena salud; la selección (femenina) española de fútbol, que se ha ganado el respecto a pulso, ha logrado que cada vez la retransmisión de sus partidos tengan más interés social y mediático y que los y las periodistas deportivos hablen de cuestiones técnicas y estrictamente deportivas y no de otras cuestiones que nada tenían que ver con la práctica deportiva. La igualdad va ganando terreno, en el ámbito privado y en el público, aunque queda todavía camino por recorrer y espacios por conquistar; las mujeres todavía tiene una presencia muy minoritaria como directoras de banda u orquesta. Llama poderosamente la atención que todavía en el siglo XXI las mujeres sobre el podio sean una excepción. Inma Shara, pionera en este campo, en una entrevista concedida a El mundo comentaba: «Es que no ha habido modelos de referencia. Si las niñas nos ven en el podio tendrán en su mente que ellas también pueden». Poco a poco, estoy convencida, las mujeres directoras no serán noticia por el simple hecho de subirse a un podio, sino por su forma de interpretar la partitura.
Sin embargo, hay hechos y actitudes todavía muy preocupantes y que demuestran que el feminismo y su lucha no pueden relajarse; hace unos meses unas mujeres denunciaron por abuso de poder, abuso laboral y abuso sexual al archifamoso cantante Julio Iglesias. La presunción de inocencia de este señor tiene que ser respectada, faltaría más; pero también es cierto que las chicas que se han decidido a denunciar merecen el mismo respecto, aunque sean mujeres, aunque sean pobres, aunque sean el último eslabón de la sociedad. Nadie parece sorprenderse de que los hechos que relatan las dos asistentas hayan ocurrido; la gente cree que los horribles hechos que relatan han podido suceder (presuntamente, por supuesto); sin embargo y al mismo tiempo, surge la duda: «¿Por qué no han denunciado antes?», «buscarán algún beneficio económico»; o lo que es peor: «ya sabían a lo que iban». De momento hay un silencio atronador en la mayoría de los medios y mucho me temo que el juicio no se celebrará. La fiscalía ha archivado la denuncia por falta de jurisdicción en España. Quizá las denunciantes no lo sepan, pero independientemente del resultado, han dado un pasito más, y por mucho que se intente enterrar el «asunto», hay una parte de la sociedad que ya lo percibe como intolerable y asqueroso.
Es cierto que es difícil transmitir optimismo cuando hay mujeres que siguen siendo asesinadas a manos de sus parejas o exparejas y sufriendo la peor de las violencias, la violencia vicaria; pero no es menos cierto que algo se está moviendo. Acaba de saltar la noticia de que una mujer policía ha denunciado a su jefe por violación, nada más y nada menos que al DAO (Director Adjunto Operativo) de la policía nacional. Hay que ser muy valiente. El jefe, de momento, ha dimitido. Este paso era impensable hace solo unos años atrás.
El movimiento feminista tiene que seguir con su lucha, con su relato, con su reivindicación: la defensa de una sociedad más respetuosa con las mujeres, más igualitaria, más humana. Las mujeres tienen que poder aspirar a ser lo que quieran ser y la sociedad tiene que allanarles el camino y facilitarles que consigan sus metas. Ese es el motor del feminismo. Un movimiento que no se construye en contra de nadie, si no a favor de la igualdad, en positivo. Este 8 de marzo, celebremos los logros que hemos conseguido y cojamos impulso para conquistar alguno más. A ver si el dentro de unos años (pocos espero) la marcha Radetzky la dirige una mujer, sería otra señal de que igualdad sigue abriéndose camino; será la demostración de que hemos superado otra barrera social y cultural. Se habrá roto otro techo de cristal.
Paqui Cervera Cusí
Lda. Hª Contemporánea
Instituto de Estudios
Comarcales de La Hoya de Buñol-Chiva