Buñol, su patrimonio cultural y los olvidados de la historia

El 26 de setiembre de 1940, asediado por la Gestapo y con la policía franquista cortándole el paso, se suicidaba en la localidad gerundense de Port Bou el crítico cultural alemán Walter Benjamin, uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX. En su maleta llevaba, manuscritos, unos papeles de los que nacerá un librito póstumo, titulado «Tesis sobre la filosofía de la historia», en el que dejó escrita una inquietante frase: «No hay ningún documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie». La afirmación, aparentemente críptica o contradictoria, es fácil de comprender atendiendo, sin ir más lejos, al patrimonio cultural de nuestro pueblo.

Fijémonos, por ejemplo, en el emplazamiento que ocupa, desde 2011, la Biblioteca Pública Municipal de Buñol, el antiguo molino de Galán: si nos vamos a la descripción que del mismo se ofrece en el Inventario General del Patrimonio Cultural de la Generalitat Valenciana –donde aparece como Bien de Relevancia Local–, leemos: 

«Molino papelero. A principios del siglo XX se utilizó para la producción de energía eléctrica. Su propietario instaló una dinamo que generaba corriente eléctrica a un transformador ubicado en el barrio de las Ventas, al norte de la población, que la redistribuía por el núcleo urbano. Consta de cuatro plantas, la última dedicada a secadero de papel, y está construida en ladrillo. Es el único edificio de esta naturaleza contemplado como «Bien de Interés Patrimonial» en toda la comarca, a pesar de que su aspecto primigenio haya desaparecido actualmente (…). El molino papelero hidráulico está vinculado al sistema tradicional de obtención de energía motriz a partir de la fuerza hidráulica, un caudal de agua mueve la rueda horizontal que trasmite a un batán (primera época) que tritura en varias fases los trapos ya descompuestos en un pudridero.»

No hace falta reproducir la ficha entera para comprobar que, en la misma, encontramos una descripción técnicamente perfecta. Pero, ¿no echamos nada de menos al leerla? ¿No hubiera estado bien alguna referencia a los auténticos protagonistas de la historia de este molino; es decir, a quienes durante mucho tiempo trabajaron en el mismo? ¿No pasó nada en esa fábrica? Sabemos que en la Hoya y, desde luego, en Buñol, hubo un potentísimo movimiento obrero: ¿no hubo, por ejemplo, huelgas? El historiador Federico Verdet señaló en un libro imprescindible que esta papelera se cerró siendo rentable y con una gran contestación sindical, de lo que no queda memoria alguna en la actual refuncionalización que se ha hecho del edificio. La vida acaecida en ese lugar ¿no merece ser contextualizada en sus descripciones? 

Lo mismo podemos decir de otros monumentos más antiguos: la propia iglesia de San Pedro Apóstol, construida sobre las ruinas de una mezquita, ¿hubiera sido posible sin el extraordinario poder extractivo de rentas de la Iglesia del Antiguo Régimen?  Y, yéndonos más atrás, a la Edad Media, al visitar el castillo de Buñol, ¿pensamos acaso que el más importante monumento de la comarca es fruto de un acto de violencia, de una conquista militar? ¿Que su función fue, durante mucho tiempo, mantener la estructura de explotación feudal sobre el campesinado? Porque, si miramos las fichas correspondientes del inventario indicado, tampoco vemos alusiones al tema. Ni, por supuesto, de las características sociales ni del papel de las y los vecinos que hicieron del castillo, durante los siglos XIX y XX, un barrio vivo y peculiar. Al hablar de patrimonio cultural ¿dónde están los vencidos? ¿No merecen memoria?… Documentos de cultura son también, como nos enseñó Benjamin, documentos de barbarie.

Esta descontextualización respecto a las condiciones sociales de origen de lo que llamamos patrimonio cultural tiene sus implicaciones: una de ellas es que, al despolitizar el patrimonio desde perspectivas estrictamente técnicas, puede adquirir una función poco democrática y nada igualitaria: la amenaza que se cierne en estos momentos sobre el castillo es un buen ejemplo ello. 

Los filósofos Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, muy vinculados por cierto a Benjamin, escribieron, también en plena Segunda Guerra Mundial, que «no se trata de conservar el pasado, sino de cumplir sus esperanzas». Y es que el pasado está inscrito en el presente, condicionándolo (no determinándolo), pero es irrecuperable. No hay que confundir, pues, historia con patrimonio, ni siquiera con memoria. Las lógicas disciplinares son diferentes, pero la primera constituye un saber que debería servir de guía al segundo. Esto significa priorizar un patrimonio que, recuperando la memoria de generaciones de vencidos, así como de sus más o menos efímeras victorias, sirva para ayudar a mejorar las condiciones de vida de las mayorías sociales del presente.

Pedro García Pilán
Doctor en Sociología U.V.

Instituto de Estudios
Comarcales de La Hoya de Buñol-Chiva

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