
Hay libros que no se escriben: se van posando. «Camino de Burdeos» es uno de ellos. No irrumpe con una fecha ni con una voluntad clara, sino que aparece mientras otro libro se despide, casi sin hacer ruido, como si los textos supieran antes que su autor que todavía quedaba algo por decir.
Francisco Ruiz llevaba años habituado a otra cadencia. Entre poemario y poemario solía abrirse un espacio largo, a veces de cinco o seis años, un tiempo necesario para que la escritura decantara, para que el barro encontrara su forma. Sin embargo, esta vez fue distinto. Apenas dos años después de «Lejos más lejos», comenzaron a surgir textos que no tenían cabida en el libro recién terminado. No venían con un plan, ni con una temática, ni siquiera con la conciencia de estar construyendo algo nuevo. Simplemente aparecían.
La escritura, en su caso, nunca ha sido una actividad desligada de la vida. Al contrario: nace de ella, se mezcla con lo vivido, con lo observado, con el ritmo de los días. Como ocurría en la poesía antigua, la que estaba unida a lo sustancial del individuo, los textos brotan sin saber muy bien por qué, pero con la certeza de que responden a algo profundamente humano. Y quizá por eso, cuando llegó el momento de mirarlos en conjunto, Francisco entendió que había ahí un hilo invisible, una posibilidad de forma.
No se trataba de una temática cerrada. Tampoco de una secuencia cronológica. El vínculo estaba en otra parte: en el ritmo, en la cadencia, en el orden interno que fue apareciendo al leer y releer, al eliminar, al pulir, al retirar lo que sobraba, como quien quita barro hasta que el rostro empieza a ser reconocible. Configurar un libro –para él– es un proceso largo, casi físico, donde la escritura importa tanto como el silencio que deja lo que se descarta.
Además, su relación con la poesía nunca ha sido únicamente textual. El libro se presentó, como el anterior, acompañado de un concierto. El sonido, el ritmo, la musicalidad forman parte del proceso creativo, del mismo modo que la mirada externa de alguien que lee y señala caminos que el propio autor no ve. «Camino de Burdeos» se fue construyendo así: entre intuiciones, lecturas compartidas y una escucha atenta a lo que el libro pedía ser.
El título llegó tarde, cuando el libro ya estaba casi completo. Surgió en Madrid, en un lugar apartado del ruido, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, entre los grabados de Goya. Allí apareció esa expresión –Camino de Burdeos– que parecía casual hasta que dejó de serlo. Porque Burdeos no es un lugar al que se llegue en el libro, ni siquiera aparece como destino. Es una alegoría. Como la poesía misma. Burdeos fue el exilio de Goya, un exilio sin épica trágica, pero exilio al fin y al cabo. Y Goya, figura recurrente en el poemario, atraviesa sus páginas con una presencia pictórica que termina de darle sentido al conjunto.
Hay algo profundamente narrativo en este libro. Más narrativo que en cualquier otro anterior. Lo percibe el autor y lo perciben quienes lo leen. Esa narratividad le permite incluso rozar lo que Pasolini llamaba «poesía civil»: una formulación poética de aquello que, en principio, no lo es. Hechos, cargos, riadas, realidades contemporáneas que pertenecen al mundo de la información y que aquí se filtran sin solemnidad, sin consigna, desde una mirada poética que no pretende explicar, sino observar.
Y, sin embargo, pese a que muchos lectores dicen reconocerse o reconocer al propio «Francis» en los textos, el autor insiste en que no hay nada personal en ellos. O, al menos, nada confesional. Como decía Pessoa, el poeta es un fingidor. Y como decía Flaubert, Madame Bovary soy yo. Dos formas distintas de decir lo mismo: que la escritura, inevitablemente, se impregna de quien la escribe. Incluso la cocina deja huella de quien la prepara. La literatura, todavía más.
«Camino de Burdeos» surge sin necesidad, sin encargo, sin utilidad práctica. No responde a una estrategia ni a un deseo de continuidad. Aparece porque tiene que aparecer. Como aquella libreta de muelles con un camello en la portada que un niño compró un verano para escribir poesía sin saber por qué. Quizá escribir sea eso: un vicio antiguo del que uno no termina de curarse, un camino que no siempre conduce a un lugar, pero que merece ser recorrido.
Y cada ejemplar de ese recorrido es único. De los trescientos libros impresos, ninguno es igual a otro. Cada portada contiene un dibujo distinto, realizado a mano por el propio autor. Un gesto coherente con todo lo anterior: no hay dos lecturas iguales, no hay dos caminos idénticos, no hay una sola forma de llegar a Burdeos. Quien adquiere el libro no compra solo un poemario, sino una pieza irrepetible, marcada por la misma lógica íntima que lo vio nacer.
Luis Vallés Cusí
Periodista