Tiempo de cumbres y borrascas

El pasado 14 de febrero, como mujer divorciada, recibí un mensaje de un pretendiente (amigo de un amigo) que me invitaba a cenar. Coincidimos mucho en gustos fílmicos y en autores literarios y acepté la cita porque las conversaciones previas habían sido muy interesantes. 

En el segundo plato algo cambió de rumbo. De repente, y sin pedir permiso, entró en un soliloquio donde, a golpe de tinto, trasladaba con vehemencia que quería encontrar pareja porque aún no comprendía como su ex mujer se había divorciado de él y que las mujeres éramos cada vez más complejas. Yo intentaba tomar la palabra pero era imposible intervenir. La verborrea etílica del muchacho pedía pista y aterrizó sentenciando que ninguna mujer entendía lo complicado de su situación. Confirmando que ahí ya no se iba a hablar de temas culturales, aproveché que respiró para tomar aire y le pregunté a qué situación se refería. Me miró complacido, me agarró de la mano y me contestó que tras su separación, tenían custodia compartida de dos menores, y que ahora se encargaba él sólo de los niños toda una semana entera: que ya no rendía lo mismo en el trabajo porque los debía dejar en el colegio y muchas veces llegaba tarde, que se le amontonaba la faena pero debía salir pitando para recogerlos, que era un trastorno encargarse de hacer comidas y cenas, duchas, deberes, y llevármelos a urgencias si enfermaban. Que no descansaba como antes. «Es una locura… ¡no puedo más!». Y que la semana que los tenía su ex, aprovechaba el tiempo porque tenía que ver a sus amigos y disfrutar de unas cervezas, como había hecho siempre, e ir a entrenar porque no se iba a abandonar. Así que había llegado a la conclusión de que la  mujer que le quisiera de verdad debía ser independiente, no tener hijos y así saber situarse detrás de todo esto y entenderlo. « El amor es sacrificio». La frase se quedó en el aire. 

A veces un silencio es más definitivo que una contestación. Lástima que yo no lo tenga interiorizado. Así que, sonriendo, le devolví la mano al mismo tiempo que casi sin pretender decirlo en voz alta reflexioné: «entonces tu situación es la misma de tu ex mujer cuando estabais casados, sólo que ahora te toca a ti participar». Pedí la cuenta y pagué mi parte. Descontando el vino, naturalmente. 

Ese mismo día hubo dos estrenos fílmicos. Movidos por el marketing del «Día de los enamorados», las pantallas de cine proyectaron la última adaptación de la novela Cumbres Borrascosas. El cartel del film, que está entre comillas, «Cumbres Borrascosas», ya adelantaba la que se pronunciaba como una de las películas más románticas del año. Lo de romántica, también entre comillas. Pero eso no lo ponen en el cartel.

Al mismo tiempo, la plataforma de Disney Plus lanzó los primeros episodios de la nueva serie de Ryan Murphy, Love Story, basada en la relación entre John F. Kennedy Jr y Carolyn Bessette. El cuento de hadas de una pareja de la realeza neoyorkina, allá por los noventa, sobre la hermosa plebeya y el apuesto príncipe de América. ¡Qué acertada la plataforma de emisión!

Ambas historias son de amor y ambas historias acaban en tragedia, lo que hace que me pregunte: ¿el amor verdadero es siempre un drama? No lo tengo aún muy claro.

Este verano, en previsión de la nueva versión cinematográfica, leí por primera vez la novela de Emily Brontë. Nunca me había interesado porque la intuía romántica, edulcorada y caprichosa, y sin embargo descubrí, con agrado, que era una historia sobre relaciones entre personajes complejos, oscuros, villanos y tramposos. Es un novelón. Pongamos en antecedentes: la pareja protagonista, para empezar, no es pareja. Catherine y Heathcliff son dos niños cuando se conocen. El padre de ella adopta a un niño huérfano que encuentra en las calles de una Inglaterra infectada por la peste y la pobreza. Al llegar a la casa se hace inseparable de su «hermana», quien lo acepta con el entusiasmo de una niña a la que le regalan un cachorro por Navidad. Sin entender otra clase de afecto, el pequeño Heathcliff considera  a la hermosa niña como un ser al que agradar todo el tiempo. Lo que los psicólogos actuales diagnosticarían como un caso evidente de apego ansioso. Mal. El hermano de sangre de Catherine, Hindley, por el contrario, lo trata de manera distante, dejándole claro que él no es parte de la familia, no sea que vaya a reemplazarle en su condición de primogénito. El niño aprende a leer, pero limpia las caballerizas; come en la mesa, pero en un turno diferente; duerme en la mansión, pero su cama está en los establos y no es consciente de la realidad que impera: que ese casoplón no es más que un decorado desconchado de la fortuna que sus dueños tenían y que ya no poseen. Consecuencia: Caty debe desposarse con alguien que tenga recursos porque, si no, las deudas los desterrarán. Y así, llega ese apuesto adinerado que «salva» a la protagonista de una vida de miseria, ante la mirada de un Heathcliff que no comprende de normas sociales, solo de pulsaciones coronarias, y convierte la traición de su amada en el germen de una venganza: convertirse en un hombre rico y volver para atormentarla.

La película de la directora Emerald Fennell (realizadora que ya estuvo premiada con un Oscar al mejor guion original por Una joven prometedora, 2020) se centra en una visión libre de la relación entre los personajes que encarnan Margot Robbie (Catherine) y Jacob Elordi (Heathcliff) donde la pasión, que no el amor, es el nexo que los une a lo largo de la historia. Los celos, la crueldad, el erotismo, el engaño, son definitivos en una relación que va más allá de la toxicidad. 

Sin embargo y pese a muchísimas diferencias con la novela (de ahí las comillas en el título) mantiene el hilo conductor de la relación inconveniente entre una mujer de clase noble y un hombre procedente de los suburbios, que no tendrá el beneplácito de una sociedad que, sin embargo, aplaude a cada Cenicienta que sabe conquistar al príncipe, porque eso es más normal, hombre.

De ahí que la ficción sobre la relación entre John John y Carolyne sea una de las más esperadas (y vistas) de Estados Unidos y parte del extranjero. Todos recordamos cómo el hijo del fallecido presidente era un guaperas conquistador que nunca llegaba a materializar su compromiso. Salió con Sarah Jessica Parker (la sempiterna Carrie Bradshaw), la mismísima Madonna o la «sirena» Daryl Hanna, pero el huérfano de la nación, aunque dejaba claro que los gustos por las actrices rubias eran cuestión de familia, no llegaba a pasar por el altar. Hasta que llegó ella, la otra princesa del pueblo, una joven de gran belleza, inteligente, tenaz, trabajadora, directora de marketing de Calvin Klein, que supo ver al hombre detrás de la leyenda y que perdió (literalmente) la vida por él.

La serie, entretenida y con una atmósfera perfectamente noventera (la banda sonora requiere una mención especial) es fácil de ver, aunque intuyo será más fácil de olvidar. Yo preferiría que llevasen a la pantalla una ficción en la que Marilyn Monroe y Jackie Kennedy conversaran sobre el presidente asesinado. La rubia explosiva y tremendamente sexy era la amante, y la morena elegante y siempre en su papel de primera dama, la esposa. Etiquetas que venían establecidas por los hombres que decidían qué mujer era para divertirse y qué mujer para crear una familia. Marilyn quisó durante toda su vida ser madre y, pese a los diferentes matrimonios y embarazos, nunca lo logró, cayendo en depresiones que afectaban a su trabajo. Jacky fue la madre y viuda de un país que la criticó por romper el luto y volver a contraer nupcias con un Onassis que prefirió una alianza económica y social al amor que profesaba a la gran diva Maria Callas. 

¿Todas historias de amor… o todo dramas?

El domingo siguiente al día de San Valentín me desperté y tenía un mensaje del amigo común que me presentó al pretendiente incomprendido. Me preguntaba cómo había ido la velada y si habíamos congeniado. Fui a darle detalles de la conversación y la conclusión de la cita, sin embargo borré el audio de cinco minutos que le envié.

Me puse a pensar en lo que las mujeres de mi generación hemos entendido por amor. Todas tenemos un Heatcliff en nuestra memoria. Una relación tormentosa donde verbalizábamos muy libremente y sin conocimiento alguno la frase «muero de amor» porque había una toxicidad que hacía alejarte y reencontrarte con más pasión. Ahora sabemos que el refuerzo intermitente activa el sistema de recompensa del cerebro y que no era más que química. 

Cuando te enamoras, justo antes de ese enganche, hay que pensar con inteligencia. Eso no lo sabía a los 20, ni tampoco a los 30, pero sí lo sé a mis muy superados 40. De la misma forma que sé que no se está sola por estar soltera. Y que los hombres deben aprender que lo que ellos ven como un cambio en sus vidas, es la vida que han llevado millones de mujeres durante muchos años. No somos complicadas: somos hijas de una época que ve que nosotras también tenemos derecho a posicionarnos como prioridad porque también trabajamos jornadas interminables, también cuidamos de hijos, sobrinos o nietos y también estamos cansadas. Nos cuidamos por dentro y por fuera y eso implica hablar entre nosotras para saber que, aunque las cosas están cambiando, aún queda mucho camino por hacer. Y muchas verdades que reivindicar. Y muchas víctimas que evitar. Muchos dramas que corregir.

Cogí el móvil y escribí simplemente: « Querido amigo, te resumo: no soy la pieza de ningún puzzle. Ninguna lo somos».

Y mi amigo, heterosexual y varón, me entendió.

Las gafas de Sthendal
Cinéfila y bloguera

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