
Luis me llama y me propone que escriba sobre ti para la revista. ¿Puedo hablar de ti? Claro que puedo. Aunque ahora mismo duela. Aunque no pueda parar de llorar.
No sé por dónde empezar. Me cuesta tanto hablar de ti como acostumbrarme a no escucharte cada día. Pero no estoy aquí para llorarte, estoy aquí para recordarte. Para quedarme con todo lo bueno que nos has enseñado, porque he tenido la suerte de crecer contigo.
Pienso en ti y lo primero que me viene a la cabeza es tu voz diciendo: «Prim». Esa palabra que ya no escucho, pero que sigue resonando dentro de mí. Las veces que te llamaba, que me llamabas o simplemente me lo escribías: «Prim». Una palabra pequeña, pero llena de todo lo que éramos. Porque eras mi prima, sí, pero para mí fuiste la hermana mayor que no tenía. Y mi hermana y yo éramos esas hermanas que tú tampoco habías tenido. Así nos sentíamos. Así crecimos.
Pienso en ti y los recuerdos llegan todos a la vez. Y lloro. Ahora esa palabra duele, pero también me recuerda todo lo bueno que nos dejas. Y con eso es con lo que quiero quedarme. Estar contigo era estar tranquila, segura. Eras mi zona de confort. Por eso el vacío que dejas es tan grande. Pero también nos dejas tu manera de vivir, tu amor incondicional, tu forma de unirnos siempre.
Crecimos juntitas, gracias a nuestras madres, que nos inculcaron lo que era la familia, y así seguiremos: juntas, como tú hubieras querido. Porque, como siempre nos decías, éramos las hermanas que no tenías. Así es como nos criaron.
Tu carácter, ese genio que te hacía única, tan auténtica. A veces incluso nos dabas un poco de miedo… pero también era parte de ti. Y te queríamos exactamente así.
Has llevado tu lucha a tu manera, como todo lo que hacías: a tu forma, sin parecerte a nadie. Y, sin darte cuenta, nos has enseñado más de lo que imaginas.
Todo ha cambiado de repente y toca empezar de nuevo, donde la tristeza lo invade todo. No te vas de mi cabeza. Busco tu olor. Escucho tu voz dentro de mí. Y, aunque duela, tampoco quiero que te vayas. Hablo desde una tristeza enorme, de esas que pesan cada día. Pero junto a esa tristeza también vive el orgullo. El orgullo de haber compartido contigo tanto: lo bueno, lo malo, las risas, las discusiones… pero siempre juntas.
Y me quedo con eso. Con seguir adelante. Con luchar por lo que queda, por todo lo que nos dejas. Y siempre, siempre, por ti.
Te quiero.
Vera Ruiz García
Prima de Delia