
Permítanme empezar mi historia desde el principio. Pero, esta vez, completa.
Nací, y conmigo dos identidades que para mí son una: ser mujer y mi condición de discapacidad. Explorarme y conocerme dentro de lo que soy ha sido un viaje y un proceso muy difícil de explicar, pero muy necesario de contar. Cuando convives con dos realidades en las que la sociedad impacta tan directamente, estás constantemente señalada. A veces por ser mujer, otras veces por la discapacidad, y en muchas ocasiones por ambas.
Siempre que hablo de mi historia trato de rescatar las cosas más importantes que he vivido y que me han llevado a estar hoy aquí, alzando la voz y rompiendo barreras. Y cuento la capacidad que he tenido siempre de verme a través de unos ojos que no ven las diferencias más allá de que todo el mundo las tenemos, el entorno y la familia que con tanto amor y naturalidad me han impulsado a crecer, mi entrega hacia las personas o mi capacidad para ponerle un toque de humor siempre a la vida. Pero es que la vida no siempre ha sido fácil, y muchas veces las lágrimas no han sido de alegría.
Hablar de mi realidad como mujer, como mujer con discapacidad, es hablar también de las veces que lloré en el baño del colegio, porque me sentía sola o porque alguien me había recordado que no todo el mundo me ve al igual que yo lo hago. También es hablar de cuando me encontraba frente a mí misma en el espejo y no me gustaba la que veía, porque no era como lo que se suponía que debía ser. Es hablar de los estigmas, los prejuicios, los rechazos, la discriminación, la desigualdad, el bullying, el acoso y el abuso.
Hablar de mi historia es hablar también de esa niña que creció, esa adolescente que quiso empezar de nuevo y que buscaba encajar, por fin, en algún lugar. Esa chica que no estaba preparada –nuca se está– y en ese intento de avanzar un muro gigante llamado violencia la obligó a frenar. Y recordemos que la violencia se da de muchas formas, a veces sin tocarte, a veces basta con obligarte.
No tengo la respuesta, no sé por qué pasó. Pero recuerdo perfectamente que yo no quería y él tenía muy claro lo que hacía. Viví con miedo, en el silencio, con la culpa, sin encontrar el sentido. Por si el bullying por mi discapacidad no era suficiente, este fue mi otro gran golpe de la vida, por ser mujer. Para mi gusto, todos demasiado pronto.
Cuando digo que ya cuento mi historia completa es porque ahora el miedo ha vuelto a quien le corresponde. Ahora, las voces que alzamos son abrazos a todas las que todavía no pueden. Y luchamos y gritamos porque todavía no ha quedado claro lo que no se puede decir, lo que no se puede tocar. Ahora el silencio se ha roto, ahora ya no me callo. Ya no hay culpa, porque nunca la debió haber, pero todavía queda mucho por hacer. Y nunca le encontraré sentido, eso no lo puedo cambiar –ojalá–. Nada de lo que me ha pasado cambiará, pero sí me cambió a mí, y de una forma u otra hoy soy quien soy por todas las cosas buenas y no tan buenas que llevo detrás.
Esta (también) soy yo. Y no me hizo mejor pasar por ahí, pero me hizo llegar a ser esta versión: fuerte, valiente, trabajadora y más capaz que nunca de todo. Por mí y por todas.
Regina Martínez Álvarez
Creadora de «Ni más ni mano»