De Peluquería Mari Juli a iolie

Hay vocaciones que no se eligen: nacen con una. La de Julia Espert Sáez, a la que todo el mundo ha conocido siempre como Mari Juli, empezó muy pronto, cuando aún era una niña que iba al colegio con un peine escondido en las ligas. Mientras otras soñaban con ser mayores, ella solo tenía una idea clara: quería ser peluquera. Y lo tuvo tan claro que ni los consejos bienintencionados de su maestra, la querida Doña Maseana, lograron cambiarle el rumbo.

Corrían los primeros años sesenta y Buñol era un pueblo vivo, lleno de comercio, de vecinos que se conocían por su nombre y de plazas que eran auténticos centros sociales. Con apenas 15 años, Mari Juli dio el paso que marcaría su vida. En 1962, con la ayuda incondicional de sus padres, Paco “el Moreno” y María, abrió su primera peluquería en la calle del Cid, en un bajo situado frente a la carnicería de Garrigues, donde antes se fabricaban sacos.

No fue fácil. Ella era casi una cría, pequeña incluso para llegar bien a peinar, pero tenía algo que no se aprende: determinación e ilusión. Mientras terminaba su formación en Valencia y conseguía sus diplomas, comenzó a trabajar con miedo, sí, pero también con una valentía propia de aquellos tiempos, cuando empezar a trabajar joven era lo normal y el vértigo apenas se pensaba.

La peluquería, que al principio ni siquiera tuvo nombre —un sencillo letrero hecho por su padre bastaba—, fue creciendo poco a poco. Mari Juli empezó sola, con sus peines y sus ganas, y pronto llegaron las primeras compañeras, las chicas que venían a aprender, a trabajar, a compartir horas interminables de domingos incluidos, como se hacía entonces. Aquello no era solo un negocio: era un lugar de encuentro, casi un confesionario, donde se hablaba de todo. Porque las peluqueras, como ella siempre dice, han sido mucho más que peluqueras.

Los años pasaron y la peluquería funcionó. Funcionó gracias al trabajo, al carácter cercano de Mari Juli y también a una buena dosis de suerte, como ella misma reconoce. Llegaron los cursos, los viajes a Valencia, Madrid o Barcelona, la formación constante incluso cuando ya tenía hijos y todo costaba el doble. Reinventarse no era una palabra de moda, pero se hacía, casi sin darse cuenta.

Con el cambio de siglo llegó una nueva etapa. O se renovaban… o se cerraba. Y Mari Juli volvió a arriesgar. Alrededor del año 2000, justo cuando llegaba el euro, la familia compró la casa donde hoy se ubica el negocio. La derribaron y levantaron una nueva peluquería, más grande, más moderna, donde durante 25 años siguió trabajando sin dejar de adaptarse a los tiempos.

Fue también el momento en que la siguiente generación empezó a tomar forma. Julia, su hija, decidió continuar el legado, aunque desde otra mirada: la estética, el cuidado, una forma diferente de entender la belleza. El nombre evolucionó —de aquella peluquería sin rótulo a Julia Estilistas—, hasta llegar al presente.

Tras la jubilación, Mari Juli aún siguió un tiempo más, porque cuando la vocación es de verdad, cuesta soltarla. Y cuando por fin lo hizo, lo dejó en buenas manos, rodeada de un equipo al que siempre define igual: buenas profesionales, pero sobre todo, buenas personas. Porque sin equipo, como ella misma dice, no se levanta nada.

Hoy, tras meses de trabajo, ilusión y reforma, las puertas vuelven a abrirse bajo un nuevo nombre: iolie. Al frente está Julia Estellés Espert, y lo que se respira dentro no es solo modernidad, sino continuidad. 

iolie no es una peluquería cualquiera: es un espacio pensado para detener el tiempo, para cuidar, para escuchar.

La filosofía ha evolucionado hacia lo orgánico, lo consciente, lo natural. Rituales personalizados, zonas de lavado individuales, calma, silencio, hair spa, barros, integración de canas sin prisas ni imposiciones. Todo tiene sentido porque todo viene de lejos. De una niña con un peine en las ligas, de unos padres que apostaron sin miedo, de un pueblo que creció alrededor de sus comercios.

La historia de esta peluquería es, en realidad, la historia de muchas mujeres, de un Buñol que fue y que sigue siendo, de la capacidad infinita de reinventarse sin perder la esencia.

Un legado que no se mide solo en años, sino en cariño, en recuerdos… y en futuro.

Luis Vallés Cusí
Periodista

Share This Post

Post Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.