Guía (no) práctica para volar una cometa

Cada año, cuando la Pascua empieza a asomar por el calendario y el aire huele a campo y a merienda, hay algo dentro de mí que vuelve, sin pedir permiso, a aquellos días en Buñol. No vuelve con prisa, ni con ruido… vuelve despacio, como lo hacen los recuerdos que de verdad importan. Porque volar una cometa —aunque nunca supiéramos hacerlo bien— era casi una excusa.

El ritual comenzaba mucho antes de que el hilo tocara el cielo. Empezaba el mismo domingo de Pascua, por la mañana o por la tarde, cuando todavía llevábamos en el bolsillo las pocas pesetas ganadas de monaguillos. Era curioso: se las cobrábamos a Luisito, el sacristán… y se las devolvíamos en su kiosco comprando la cometa. Una economía circular perfecta, aunque entonces no supiéramos ponerle nombre.

Elegir la cometa era un momento serio. Muy serio. No se trataba solo de colores o formas, se trataba de identidad. Recuerdo aquella, la más importante de todas, la de la nave espacial con letras azules que decían «UFO». En aquellos años, los ovnis nos parecían tan posibles como hacer volar una cometa a la primera. Tenía una cola azul que parecía hecha para tocar el cielo… y durante mucho tiempo, lo consiguió.

Luego llegaba la tarde. La mona, la cantimplora, el pito… y los parajes de siempre: el Roquillo, la cueva Turche, el Planell, la Violeta, el Ciprés. Cada uno tenía su misterio, su viento particular, su promesa.

Y entonces, el gran momento. Desplegar la cometa. Aquí empieza el verdadero «manual del perfecto no volador de cometas».

· Primera lección: si hace viento, todo parece fácil. Pero solo parece.

· Segunda lección: si no hace viento, necesitarás un padre, un bancal y mucha fe.

Había técnicas. O eso creíamos. La clásica: el niño corriendo con la cometa mientras el padre sujetaba el hilo. A veces funcionaba… otras, la cometa daba media vuelta, se rendía, y caía en picado como si también ella entendiera que aquello no iba a ninguna parte. Otra técnica: uno sujeta, otro lanza. Resultado habitual: dos segundos de esperanza y una caída digna.

Y luego estaba mi padre. Él no necesitaba manual. La lanzaba… y volaba. Así, sin más. Como si tuviera un pacto secreto con el viento. Yo lo miraba con una mezcla de admiración y desconcierto, preguntándome qué estaba haciendo mal el resto de la humanidad.

Aquella cometa del UFO voló durante años. Voló tanto que uno llegó a pensar que sería eterna… hasta que un segundo día de Pascua decidió quedarse a vivir en lo alto de un algarrobo, entre el Ciprés y la cueva Turche. Y allí se quedó, convertida en recuerdo antes de que yo estuviera preparado para perderla.

Con el tiempo llegaron los amigos, las nuevas cometas del kiosco de Machaco, de Juanjo o del campo de fútbol. Nos creíamos más expertos, más técnicos. Hablábamos incluso de «aerodinámica», como si eso fuera a ayudarnos. Elegíamos las que parecían mejores… aunque luego algunas salieran torcidas, frágiles o simplemente rebeldes.

Las técnicas no cambiaron mucho. Jaime, que era el más alto, sostenía la cometa. Otro corría. Buscábamos el punto más alto del Roquillo, las corrientes junto a las vías, los caminos entre la cueva Turche y el Ciprés, la pequeña vaguada del Planell… Siempre detrás del viento. Siempre detrás de algo que nunca se dejaba atrapar del todo.

Alguna vez lo conseguimos. Muchas veces no. Pero daba igual.

Porque lo importante nunca fue que la cometa volara recta, ni alta, ni perfecta. Lo importante era todo lo demás: el camino, las risas, los intentos fallidos, el bocadillo compartido, la mona, el sol cayendo despacio, y esa sensación de que el día no podía ser mejor.

Incluso la última vez, ya casi mayores, con aquella cometa del tiburón que volaba torcida, fuimos felices. No funcionó bien. No importó. Nunca dejamos de cumplir el ritual. Porque al final, eso era lo que de verdad estábamos construyendo sin saberlo: un recuerdo. Uno de esos que no se rompen, que no se caen en picado, que no se quedan enganchados en ningún árbol.

Ahora, cuando llega la Pascua, ya no bajo como antes a los parajes. Pero cierro los ojos… y allí siguen todos: el bancal, el viento caprichoso, las carreras, mi padre haciendo magia… y aquella cometa de UFO, que en algún lugar sigue volando.

Y si tuviera que escribir el manual definitivo del perfecto no volador de cometas, lo resumiría en una sola frase: no hace falta saber volarlas para recordar que fuiste feliz intentándolo.

Luis Vallés Cusí
Periodista

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