
«No es de extrañar, ni sospechar, que viviese en la Ciudad del Viento, acaso nadie supiera de su existencia ni de su nombre… o no se atrevieron a preguntárselo». Nelio Ormuz, poeta árabe.
«Hay derrotas que tienen más dignidad que una victoria». Jorge Luis Borges.
Aquella noche en La Posada la vi por primera vez. Cabe decir que su belleza era inusual: sus cabellos largos, dorados, hermosos como el crepúsculo de las tardes de noviembre; su rostro blanco; sus ojos; y su aspecto de mujer sensible y misteriosa. Sentada cerca del anfitrión, el Conde de Buñol, mejor no decir nombres pero sí que aquel año de principios del siglo veinte, cuando las aves y los cielos anunciaban sin reparo el fin de los tiempos, convertidos en guerras y desastres, en tragedias jamás vistas, la Gran Guerra estaba por venir, pero ella estaba al lado del Conde, en silencio, sin apenas levantar la mirada ante aquel grupo de personas en torno a una larga mesa de unas veinte personas.
—Brindemos por esta villa, tierra de moros y nobles castellanos, de un castillo envidiable y de un río que llevamos en nuestro interior, que corre por nuestras venas —habló el Conde.
Por un momento cruzó su mirada con la mía y todo mi ser vibró como una bandera en la cruenta batalla del amor. Su ser apartado, indefenso, me conmovía; acaso sería un pariente del Conde; nunca la había visto antes. Al Conde lo acompañaban su esposa y sus dos hijas, los demás componentes de aquella reunión eran conocidos y asistentes a otras reuniones y cenas promovidas por ellos, por cualquiera de ellos.
Cuando se marcharon todos, me quedé sentado; fui el último en levantarme. La copa de vino era como un símbolo extraño que me llevaba al infinito de aquel día que no quería que se acabase; pensé incluso llevarme la copa de recuerdo por si no veía más a aquella hermosa dama; acaso el vino me había hecho una mala jugada. Mi frente ardía.
Las vidrieras de las ventanas, el viento que ahora se escuchaba ulular afuera, mi soledad en la mesa vacía, antes poblada de vidas y muertes; quién sabe si al otro año estaríamos los mismos o fallaría algún amigo, quizás el mismo Conde al cual yo tanto admiraba y a quien no pensaba preguntar quién era esa mujer que le acompañaba.
La noche caía sin cesar, el tiempo corría; pensé en el escritor árabe:
«Vi amanecer, vi el sol del mediodía, vi el atardecer, con sus pájaros amarillos, subir al cielo; vi a mi amada a lo lejos desaparecer en el bosque, sin despedirse, lejana; todo eran símbolos de un cuadro que nunca entendía, de un cuento que nunca escribiría. No fue un sueño, fue un día de termidor del cual ya no me acuerdo… Ante aquello, solo una frase me vino a la mente: tempus fugit… y la soledad me abrazó hasta el día de mi muerte».
La sala se quedó vacía; el tiempo, mi tiempo, también. El camarero me miró con sus ojos de melancolía y comprendió también el rayo fugaz que es la vida, el sepulcro que nos espera no lejos de donde estábamos, tan próximo. Vi sus lágrimas enzarzarse con las mías y ser uno, uno en la noche aislada de la vida; me dijo:
—Ella, cuyo nombre no recuerdo, es natural de aquí, de la Ciudad del Viento; está alojada en el Castillo, con el Conde, pero no sé más; usted es forastero, bueno, no nacido aquí, solo lleva unos años como profesor e historiador; ella siempre está en todos los eventos como Invitada, diríamos.
—Como Invitada —dijo. Después se marchó y me dio una foto de la mujer, en blanco y negro, quizás tono sepia; en la puerta de la Torre de Homenaje, miraba fríamente a la cámara. Un halo blanquecino le cubría el pelo, como una corona con puntitos oscuros.
Pero, como este camarero, que les había servido durante años, no podía saber el nombre, me sentía como olvidado. La amistad con el Conde venía desde niños, en Valencia, en su palacio del barrio de l’Eixample, donde tantas veces nos perdíamos en sus habitaciones y fuentes y jardines, y nunca me habló de ella, de la Invitada. Sabía que el Conde era reservado en sus asuntos, pero no le perdonaba que no me presentase a esta enigmática mujer. Años más tarde supe el porqué de su buen hacer, y si no lo hizo fue por mi bien, porque me quería, quería mi bien, pero en el interior notaba una extraña melancolía que se iba transformando en rabia; su bello rostro no se iba de mi cabeza. La copa de vino, la botella, la mesa, la posada… Todo se iba envolviendo en un celofán misterioso que me consumía por dentro. No sabía qué me estaba ocurriendo. Al final, deduje que algún tipo de hechizo, por llamarlo así, se había producido esa noche.
Llamé al camarero, que pululaba entre las botellas y la cocina, entrando y saliendo. Antes de que abriese la boca, me dijo:
—Caballero, por sus antepasados y su familia, si es que aún la tiene, pues esposa, deduzco que no, olvídese de esa mujer; no pregunte a su amigo el Conde nada de esto o perderá tan valiosa amistad.
Afuera, la Ciudad del Viento iba abriendo sus puertas del infierno, una tras otra, sin dolor, sin piedad, e iban saliendo de las entrañas de las piedras, de los pinos, del cementerio, tan próximo a la posada, seres moribundos que bramaban otra oportunidad en su corta vida; aullidos y ladridos de perros se mezclaban en una violenta noche que bien podría nombrarse como «la noche de los Valpurgis»; la nube y el cielo eran uno.
—Insisto, olvídese de ella, por su bien.
Di un fuerte golpe en la mesa. La botella y la copa se alzaron unos centímetros sobre el tapete, pero algo sucedió y se quedaron paralizadas, quietas sobre la mesa, a unos centímetros de ella. El camarero, que escuchó el golpe sobre la mesa, palideció; su bandeja cayó al suelo, pero, sin tocarlo, quedó también suspendida a unos centímetros. Al final, dijo:
—Está aquí.
Sus cabellos canosos, su cara de niño mayor, sus cejas pobladas y sus ojos se transformaron en un cuerpo sin vida que exhalaba el último aliento. Asustado, miró a la gran puerta de madera que se iba abriendo lentamente, crujiendo como cuando se abre la tapa del ataúd.
El silencio, después.
Una fragancia a rosas y violetas inundó toda la sala. La luz plateada me cegó; el viento entró como una bomba lanzada sobre todo lo que se ponía a su alrededor.
El tiempo se detuvo, mi mente también.
Apareció ella, como un personaje femenino de John Everett Millais, en todo su esplendor, envuelta en un vestido plateado, tan ligero que parecía flotar o acaso flotaba; sus cabellos dorados; hasta donde yo estaba llegaba su aroma, su mirada de otro mundo…
El camarero y todo mi ser quedaron paralizados ante una belleza inusual, prerrafaelita.
—Preguntabas por mí —susurró, y su voz hizo temblar las viejas paredes de la posada, pero a la vez tan suave que quería escucharla para siempre, hasta la eternidad.
—Sí, soy la Invitada, y llevo siglos apareciendo y desapareciendo anónimamente en nobles familias. Nadie sabe mi nombre, no porque no lo haya dicho, sino porque cuando lo digo la persona que lo escucha lo olvida para siempre. ¿Quieres saberlo tú también?
Nunca dejaré de recordar aquellos instantes, en los que el tiempo se detuvo, la materia, la vieja posada, todo, en un punto, como en un acto de una escena teatral, pero sin teatro.
Y dijo su nombre que, como advirtió, ya no recuerdo; solo que sonaba a nombre de flor, quizás a la flor de la tormenta. Mi cerebro, atento, no captó aquella onda que salió de sus labios. Nunca lo sabré, nunca la veré como aquella noche.
Un aullido lacerante, como cuando se recibe un disparo en el vientre, se escuchó tras ella.
—Tengo que irme, espero vernos en otro momento. Has cometido el error de enamorarte muy rápido, un error grave; debías haber hecho caso al camarero.
Y desapareció tras la puerta, dejando un halo plateado y unas letras sobre la puerta. El olor a incienso de rosas me mareaba…
La Invitada apareció sobre el alfeizar de la ventana, a su derecha.
Años después, tuve que volver a esta amada Villa del Conde. Aquella historia ocurrida con la extraña mujer me confundió durante un tiempo, pero era muy joven cuando ocurrió y traté de olvidar como pude, o no.
«Aquellos sucesos extraordinarios que nos suceden en la vida creemos que los hemos superado, pero no es así, están latentes y cuando se despiertan nos devoran sin piedad…»
Recordé estas palabras del poeta árabe.
Aquel día nos reunimos a cenar en una venta muy cercana a la nombrada, con jardín repleto de azahar y viejos pinos mediterráneos. El aroma del azahar y de los naranjos embriagaba a los que allí estábamos. La noche era un cuadro hermoso de estrellas y cielo azul marino. El ambiente alegre, y ya con la Gran Guerra acabada, nos sentíamos dueños de un futuro prometedor y estable.
Cerca estaba en una mesa con su familia mi amigo el Conde, y me levanté a saludarle. La noche ya transpiraba un aire frío que me sorprendió mientras estaba próximo a ellos. Un aroma a incienso sagrado me sacudió. Junto al Conde, allí estaba ella, la Invitada. Sin hablar, mirándome, escuché sus palabras:
—Te dije que no tardaríamos en vernos. He estado en muchos lugares donde tú has estado y hemos coincidido en cenas y reuniones, como en la Universidad de Santiago o en la Basílica del Pilar de Zaragoza; en muchas conferencias que diste yo siempre estaba escuchándote, pero tú estabas ciego; ahora ya no será así, porque soy la Invitada.
Me volví para ver al Conde, a su familia.
Quería una explicación, el secreto de aquella mujer. Estaban de espaldas a mí. Le toqué el hombro; el Conde no se inmutó; todo fue como si se parase, el aroma de los jazmines despareció, se abrieron las puertas de la venta de golpe.
Me adelanté. Ojalá hubiese salido corriendo aquella noche de allí. El rostro del Conde no era un rostro, ni ya de nadie de los que estaban sentados cenando; sus caras eran blancas, sin ojos, seres sin vida traspasados por el mal, sin alma. Seres esqueléticos como salidos del Monte de las Ánimas de Bécquer.
—Ven, querido, te invito a una copa. Ya sabes que puedo hacerlo, aunque sea la Invitada.
Me hizo beber un vino brillante y color rubí que me anuló; su belleza dorada y plateada transformó su cara en bellos metales que brillaban. La noche eterna de la Ciudad del Viento me acechaba. Ya sin mi amigo el Conde, quizás abriese con mi enamoramiento juvenil una puerta que era prohibida para todos, y ellos seguramente lo sabían y no tenían más remedio que aceptar su desdicha invitándola siempre, como seguramente hicieron sus antepasados y todos los nobles del país, o estaban perdidos. Aceptando mi fatal destino y a los que había llevado con mi torpeza, asumí mi sino, mi infierno.
Y desaparecimos en un túnel sin salida, un túnel sin espacio y tiempo, de su mano, hacia el submundo de lo desconocido.
Rafael Ferrús Iranzo
La Ciudad del Viento, porque Buñol es misterio.