
Hay recuerdos que no necesitan grandes acontecimientos para quedarse con nosotros para siempre. Basta una mañana de julio, el olor a coche nuevo, la ilusión de un niño y la mano de un padre para convertir un instante cualquiera en un tesoro imborrable.
En mi caso, uno de esos recuerdos está ligado a la celebración de San Cristóbal en Buñol. Mi padre no era transportista, sino cartero, pero en nuestra casa esa fiesta también se vivía con una enorme ilusión.
Coincidió, además, con la llegada del coche que marcó toda una época para nuestra familia: un Peugeot 309 rojo, el modelo Look, que mis abuelos, Vicente y Concha, compraron con muchísimo esfuerzo para sustituir al viejo Renault 5. Costó alrededor de un millón de pesetas, financiado, como tantas cosas entonces, pero para nosotros era el símbolo de la modernidad.
Aquel coche era una maravilla. No tenía dirección asistida, ni aire acondicionado, ni cierre centralizado. Había que bajar el seguro de cada puerta con la mano y conducir requería bastante más esfuerzo que ahora. Pero poco importaba. Para nosotros era el coche más bonito del mundo.
Cada mes de julio llegaba la tradicional procesión de vehículos en honor a San Cristóbal. Los coches partían desde la plaza de la Diputación hasta la iglesia de San Pedro Apóstol, donde el sacerdote los bendecía con el hisopo para pedir protección durante todo el año. Era una estampa inolvidable: una larga fila de coches avanzando lentamente bajo el calor del verano mientras vecinos y familiares saludaban desde las aceras.
Mi hermano Pedro y yo tendríamos apenas ocho o diez años. Aquella marcha era tan pausada que mi padre aprovechaba para sentarnos sobre sus rodillas y dejarnos sujetar el volante. Durante unos minutos nos sentíamos auténticos conductores. Tocábamos el claxon, saludábamos orgullosos a la gente y soñábamos con que aquel coche era completamente nuestro. Al parecer, no éramos los únicos; muchos padres hacían lo mismo con sus hijos. Eran otros tiempos, llenos de una inocencia difícil de explicar hoy.
Con el paso de los años, aquel Peugeot acabó siendo mi primer coche cuando me saqué el carnet. Dentro de él vivimos las primeras vacaciones, los primeros viajes y muchos momentos que hoy forman parte de la historia de nuestra familia. Quizá por eso le guardo tanto cariño. No era solo un automóvil; era el escenario donde crecimos.
Cada vez que llega San Cristóbal vuelvo, de alguna manera, a aquella mañana de julio. Recuerdo a mi padre, a mi hermano y ese volante que parecía abrirnos las puertas del mundo. Y también pienso en la importancia de mantener vivas tradiciones como esta, gracias al esfuerzo de la Asociación de San Cristóbal y de quienes continúan celebrando una fiesta que marca el inicio del verano festivo en Buñol.
Porque hay coches que desaparecen con los años, pero hay viajes que nunca terminan. Y aquel Peugeot 309, con mi padre y mi hermano a bordo, seguirá siendo eterno en mi memoria.
Luis Vallés Cusí
Periodista