
Bajo esta denominación, se conoció a las escuelas laicas de Buñol, cuyo origen se remonta a mayo del año 1887. En estas fechas, llegó a Buñol, invitado por los republicanos, Antonio Tudury Pons, un periodista catalán muy implicado en la propaganda librepensadora. Durante su estancia en la localidad, defendió las ventajas de la enseñanza laica, en sendas conferencias que impartió en el Casino del Progreso y en el Centro de Trabajadores.
A los pocos meses, Vicente Perelló Gilabert –hijo del también maestro Vicente Perelló Luján– estableció una escuela privada que vino a ser un precedente de la escuela laica. Este joven maestro –que había nacido el 11 de agosto de 1860– fue un ferviente propagandista republicano que consagró su corta vida a difundir la idea de la asociación entre las clases trabajadoras.
La prematura muerte de Vicente Perelló Gilabert, a finales de 1888, impidió que su proyecto se consolidara, aunque los republicanos y librepensadores de la localidad se propusieron reabrir de inmediato un centro educativo.
Los días 6 y 7 de diciembre de 1889, los republicanos de Buñol acogieron la visita del «Círculo de Instrucción y Recreo de Valencia», es decir, de la logia «Puritana». En dicho encuentro, se acordó establecer, lo antes posible, una escuela laica que, a su juicio, debía ser un baluarte inexpugnable para la defensa de la libertad y del progreso. El día 11 de febrero de 1890, en la jornada conmemorativa del aniversario de la proclamación de la Primera República, se votó una proposición para el establecimiento de una escuela laica, al mismo tiempo que se nombraba una comisión que había de estudiar el proyecto y proponer los medios para su realización.
Francisco Hernández Gilabert, jefe del republicanismo buñolense, en una carta al director de Las Dominicales del libre pensamiento, fechada a finales de 1890, aseguraba que habían culminado con éxito las disposiciones tomadas para la instalación del nuevo centro educativo, que se ubicaría en el propio casino republicano y habría de inaugurarse el día 7 de junio de 1891. La información de Las Dominicales debía servir también como reclamo para los profesores laicos que aspirasen a regentar este colegio libre.
En las escuelas laicas de Buñol, no se implantó la coeducación, por el contrario, se mantuvo la separación por sexos; por esta razón era de suma necesidad poner en marcha una escuela de niñas. A finales de 1895, Francisco Hernández Gilabert aseguraba, en una carta al director de Las Dominicales del libre pensamiento que ya estaba listo el proyecto para abrir la escuela de niñas.
Unos meses antes, el 22 de octubre de 1894, el corresponsal de La Antorcha Valentina afirmaba que los amantes del progreso de las Ventas de Buñol, en cooperación con los del Pueblo, habían establecido dos escuelas en dichas Ventas, una para niños y otra para niñas, bajo la dirección, primero, de Amparo Sanz y, luego, de Desamparados Juan.
Brígido Zanón Ruiz, librepensador y masón, fue el primer director de los «Colegios Libres», quien desempeñó su cargo desde el curso 1891-92 hasta el curso 1894-95. El relevo lo tomó el catalán Vicente March Martí, quien dirigió la escuela laica entre los cursos 1895-96 y 1898-99. Le sucedería Amparo Zanón Montoro, una maestra natural de Valencia, que ejerció de directora desde el curso 1899-1900 hasta el de 1906-07. Junto a ella, trabajaba Manuel Alepuz Bea, que llegaría a ser su marido. Esta maestra fue reemplazada por Francisco Perelló Tamarit (hijo de Vicente Perelló Gilabert), quien se hizo cargo de la escuela en el curso 1907-08.
A partir de 1908, Concepción Pascual Ramírez, directora de la Escuela Moderna, renovó por completo los métodos educativos, en colaboración con otros maestros racionalistas, como Manuel Villa Oubiña o José Casasola Salmerón. Pedro Martínez Belmonte llegaría a ser el maestro laico por antonomasia, pues dirigiría dicha escuela durante más de 20 años (desde 1917).
Los «Colegios Libres» –que llegaron a tener a su cargo a unos 180 alumnos– además de gozar del apoyo incondicional de los republicanos, contaban con una subvención municipal, concedida por los sucesivos ayuntamientos republicanos. Naturalmente, las administraciones monárquicas y las de la dictadura de Primo de Rivera (todas ellas impuestas al margen de la voluntad popular) suprimieron estas dotaciones, dificultando el funcionamiento de la escuela laica, aunque sin impedirlo.
Federico Verdet Gómez
Director IEC La Hoya de Buñol-Chiva
Instituto de Estudios
Comarcales de La Hoya de Buñol-Chiva