
Te levantas, es domingo, que sensación tan agridulce. Es día festivo pero a la vez es el último día de descanso. ¿Me alegro o me entristezco?
Los domingos son uno de los días más particulares de la semana. Llevamos cinco días esperando el descanso, los planes diferentes, romper con la rutina, re-conectar, vaguear o lo que estemos deseando hacer. Sin embargo, no queremos que llegue el domingo.
Realmente debería ser el mejor día de la semana y, en cambio, sin mérito se lo ha ganado el viernes. Esto es el reflejo de la necesidad de anticipación del ser humano, tal y como dice Emilio Duró.
Los domingos son días aprovechables desde que te levantas hasta que te acuestas; todo el día está a tu disposición. Los viernes no. Los viernes madrugas, trabajas como el resto de la semana, los mismos problemas, los hijos, las actividades extraescolares y las tuyas propias… todo el maremágnum que llevamos diariamente. Pero el domingo, el domingo no tienes nada de eso. Puedes levantarte tarde, dejar que la casa esté en silencio todo el tiempo posible, desayunar leyendo o viendo las noticias o jugando con tus hijos e hijas. Hacer los planes que desees.
Es el mejor día de la semana.
Aunque en el fondo notamos el peso de su nostalgia, de la melancolía que propicia el saber que, a cierta hora de la tarde, se acabó. Duchas, alarmas preparadas, la ropa ordenada y cenar a buena hora: al día siguiente empieza la semana.
En otros tiempos los domingos sí eran especiales. Algunas familias, por devoción y otras como excusa, utilizaban la misa de domingo para ponerse elegantes, sacaban las camisas blancas, los abrigos largos, los vestidos guardados toda la semana, los calcetines hasta la rodilla para los niños y niñas… en fin, la ropa de los domingos. Ese sí era un día especial: se salía de la rutina de manera radical. Y luego, después de misa, el aperitivo: un aperitivo en unas cantinas o bares donde lo único que se ofrecía eran mejillones, encurtidos, cacahuetes y, con suerte, sepia y patatas.
Hoy en día, un martes o un miércoles coges el coche, te vas al cine, cenas fuera de casa con amigos, familia o pareja y sales de la rutina. Ya no hay días tan especiales, ya no esperamos al domingo para que sea el único momento especial de la semana. Lo tenemos todo al alcance de nuestras manos, menos lo realmente importante: valorar los momentos especiales.
Esto es un llamamiento a lo importante: aprovechar el día en el que estamos sin pensar en el día siguiente más de lo necesario. Es una reflexión sobre cómo lo mejor puede pasar a segundo plano por no observarlo con detenimiento.
Valoremos los domingos, aprovechemos los domingos y, sobre todo, seamos felices en el único día festivo de la semana.
Elia García Galarza