Una noche en el conservatorio

Caber decir que a esta edad vivo de recuerdos y de nostalgia. Sin rallar la melancolía ni la desesperanza, nombraré al poeta Nelio Ormuz, en su obra «El recuerdo universal», cuando dijo: «Sé que ser pasajero en esta vida es como ser otra persona, un sentido real de experiencias ya pasadas…». Sin duda, el gran escritor y filósofo se refería a los recuerdos de su larga vida y a los caminos que se bifurcaron en su soledad literaria y de su tiempo.

Yo me limitaré a contar un suceso que ocurrió hace años siendo un joven ávido de encontrarse con lo desconocido, con lo inmaterial, por llamarlo así. Deduzco que el valor ante tal acontecimiento se debería a un ansia más espiritual que vital, a un buscador de un tiempo perdido entre las acechanzas del paso del «fugis tempus», recordando a Borges cuando dice: «el tiempo es la sustancia de la que estoy hecho»; y así es, a quién no le gustaría remover su pasado y hacer cosas que no hizo. Siendo así, comencemos el relato.

Tendría dieciséis años cuando el conservatorio actual era instituto de Bachillerato. Allí estudiamos el primer curso de este difícil evento tan nuevo para nosotros y, por decirlo de alguna forma, empezar una aventura. Profesores de Valencia, amigos que ya nunca se olvidarían y un mar de situaciones rocambolescas e inéditas las cuales nunca olvidaré. Todo ocurrió en esta villa, la Ciudad del Viento, porque hay otras ciudades pero están en esta, como dijo un amigo poeta que estudió en aquel viejo instituto de principios de siglo veinte.

–¿A que no se atreve nadie? Por favor, un respeto a la ciudad, ¡que el misterio nos una! –dijo el poeta antes nombrado, el cual ahora, después de tantos años, y según me enteré, vive en la actualidad en las Tierras Altas, en las tierras del hielo y el mar oscuro.

Atónitos y a la vez molestos no tardamos en saltar.

–Yo –dije, muy decidido y con ansias de saber, de saber del misterio.

Era noviembre, todavía no había empezado el curso debido a problemas burocráticos, cosa que nos vino muy bien para seguir con nuestras tropelías. Los pinos de aquel viejo edificio o chalet, diría mansión residencial construida en los mil novecientos veinte, se movían por el viento muerto y gris de aquella tarde. Los estorninos, tan amigos del amigo poeta, nos gritaban al son de nuestras palabras de jóvenes atrevidos, de una adolescencia traspasada con la espada de la política y de los acontecimientos del cambio, de los cielos veloces y el crono agitado. No supimos parar la vida, ella nos engullía.

Decidido por todos cual sería la misión de esa semana, todos votaron a favor: pasar la noche en el instituto, sin linternas, sin nada. Una vez entrabas, todo se cerraría a tu paso.

–Vendremos a las siete a por ti, tranquilo, la noche va a ser… especial.

Cerraron la ventana por donde habíamos entrado, a ras de suelo. Los vi perderse en los pinos que se bifurcaban, quizás de nuestras vidas, y en el fondo pensé, en lo más profundo, que los quería, que los querría siempre, amigos del alma. Ahora de mayores esa sensación se abre como una rosa en primavera y trato de amortiguar la nostalgia con las palabras del gran pensador árabe: «no quieras retener el pasado en tu memoria, ni en tus ojos que veo llenos de lágrimas, deja y abre tu ser a lo infinito, a la esencia del recuerdo, no lo olvides…».

Las nubes de noviembre, como puñales en el ocaso ya perdido, me señalaban como víctima expiatoria, como diciendo, ahí lo tenéis, seres de la noche y del averno, ya podéis salir de vuestras capas temporales, de las cuevas e infiernos, de los montes y sus profundidades, de las pozas y ríos. Temiendo estas alucinaciones, me quedé pegado al cristal del gran ventanal mirando las copas de los pinos, ya negros debido a la oscuridad. Una sensación de soledad me inundó. Pensé en el futuro que nos venía tan próximo y en que no iba a tener miedo alguno por estar ahí solo, más bien, tenerlo al futuro incierto. Pensaba en cada uno de los compañeros, qué sería de nosotros. El tren de la vida pasaba muy deprisa y ahora estaba en punto muerto, en una agonía que podía truncarse con una mala elección, un mal proyecto, en fin, un juego mortal.

Comenzó a aullar el viento. La Ciudad del Viento se despertaba tarde, como un troll gigante arrollando todo lo que se le ponía por medio. La luz era oscuridad tenue, el cielo iba tornándose azul, el céfiro era incoloro y espectral. Solo, en una habitación donde aun se apreciaban azulejos de colores y pájaros dibujados como un cuadro de Millais y su prerrafaelismo incipiente. Recorrí sala por sala, habitación por habitación, bajé incluso al piso de abajo. Los escalones crujían en un silencio plano y vivo. Un viejo piano me esperaba, una biblioteca polvorienta, y alguien o algo inesperado también. La luminaria salió lentamente de una sala. Desde las vidrieras tiznadas de una luz ósea y que provenían de una luna llena que aguardaba su turno en aquella noche ya fechada, mi pequeña linterna, que había escondido en el bolsillo, me salvó de una oscuridad final y temeraria. Así pude encarar hacia aquella bola verde que se movía de un lado a otro de las paredes, tornando aquella situación en un crisol de colores espectrales pero bellos. El viento, que se colaba por alguna grieta de las ventanas, hacía mover los telares granates que cubrían los ventanales, creando un ambiente gótico y terrorífico. De allí apareció una figura de mujer rodeada de un halo verde, de hermoso rostro blanco y vestida con una especie de túnica transparente, casi dorada. La linterna se cayó, mis manos temblaron al son de un tiempo no tiempo, fuera de la linealidad de lo que llamamos momento, algo así como cuando estamos en un lugar y después no nos acordamos con total seguridad que hemos estado allí. El miedo se convirtió en algo así como si hubiese muerto en ese momento y tuviese que estarlo para entenderlo después, o acaso sumergirme en un sueño del cual es tan real que no puedes salir. Sin confusión, pero vivo, pensé, no se porqué, en el futuro de nuevo, ¿acaso sería ya lo último en mi vida?

Ella me habló:

–De todos tus amigos te he elegido porque la sensibilidad que tienes cruza las líneas que nosotros impartimos. He leído en tu mente tus versos y me he anticipado a tu voluntad sincera y poética, por llamarlo así.

Helado, un escalofrío dejó inmovilizada mi pierna izquierda, pero la irrealidad superaba lo que estaba pasando y tuve que admitir que quizás aquella noche fuese la última, mas había valido la pena conocer el otro lado, ¿o no? La belleza de aquel espectro era tal que pensé si la perfección sería aquello. Me cogió la mano y susurró algo en el oído. Un aliento fresco y suave me mareó mientras el corazón de adolescente se iba muriendo o naciendo en otro ser más espiritual, acorde con lo que iba a suceder.

El reloj de la habitación se paró. Era la misma hora en que entré en la mansión. Un perfume parecido a incienso inundaba cada pasillo que atravesamos. Imágenes de mi vida se iban proyectando en las paredes azules. Eella me miraba con unos ojos como de sirena. Observé su mano blanca cogida a la mía. No quería volver, iría con ella al otro lado… ¿O estaba ya dentro?

–Te he traído a estos lugares dentro del lugar origen para que sepas y escribas lo que has visto. Piensa en esta noche cuando ya no estés conmigo, porque de ti depende que transmitas que hay otra realidad, y, como ves, es hermosa –decía mientras aquellas palabras sonaban en eco musical entre ventanas y pasillos que no se acababan. 

Vi pasajes con ocasos lilas y pájaros entre cerezos de cuando era niño, me vi en brazos de mis padres señalando el mar, las nubes de las tardes del colegio suspendidas en el cielo azul; tras las ventanas, los seres queridos esperándome al fondo del pasillo; imágenes e imágenes, olores y esencias conocidas, la Ciudad del Viento por dentro, sus ríos y cuevas, los seres desconocidos que acechan, el cementerio desde arriba, los montes poblados de gente desconocida, el viento con fuerza hablando de la historia que nunca supe, los recuerdos envueltos en capas de vida, como si fuesen ahora, reales, hechos desconocidos y batallas no contadas, tragedias y fiestas no vividas, un Aleph para mí tan descomunal que sentía perder la conciencia a cada momento.

–Tengo que dejarte –sus cabellos largos y plateados, su mirada bella como ella–, acuérdate de lo que te he dicho y recupérate, la esencia es real, lo que has vivido también.

Y desapareció de la habitación de los azulejos y telares granate, y yo volví a escuchar el viento de mi querida ciudad aporreando las cristaleras del edificio. La luna se había difuminado en un cielo tormenta oscuro. La Ciudad del Viento habló esa noche a través de sus seres, de sus pálpitos y de un misterio indescifrable.

Pronto amanecería, a las siete vendrían ellos a recogerme, o acaso no vendrían, quizás nunca vinieron a recogerme y a abrir aquella ventana a ras del suelo, pero ahora no lo recuerdo.

Los pinos dejaban entrever un sol dorado y claro, me sentía distinto, con una fuerza extraña, miraba las cosas y veía algo dentro, diferente, luminoso y con dimensión transparente, algo parecido a un Aleph, mientras… Mis manos temblaban al son de la muerte.

Buñol, noviembre de 1977.


Este relato está dedicado a ese edificio tan emblemático y hermoso que nos acogió en aquella época estudiantil tan difusa y a la vez enigmática. Conservatorio de Buñol, Ciudad del Viento.

Rafael Ferrús Iranzo
La Ciudad del Viento, porque Buñol es misterio.

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