
Nacida en 1951 en Buñol, más concretamente en el Castillo, en la calle La Sartén, creció en el seno de una familia bastante extensa y conocida: «los Caramboletes». Hija de Aurora y Rafael, y la segunda de siete hermanos.
Estudió en la escuela de chicas de San Luís hasta los doce años y después se puso a servir en casa de la «tía María Sento», donde lo mismo hacía recados, como se encargaba de la limpieza de la casa o incluso tenía que matar conejos y gallinas para que los vendieran en la carnicería. Alrededor de los catorce años sirvió en otra casa, donde estuvo hasta que se casó.
Todo este trabajo lo combinaba con el de su propia casa, en la que ejercía de hija, de hermana y, en ocasiones, de madre de sus propios hermanos pequeños, pues eran mu-hos y muy seguidos.
A los catorce años comenzó un festeo a la antigua con Enrique Vidrier, un turisano de nacimiento pero buñolero de adopción, pues se vino desde niño y aquí creció. Se casó a los veinte años (con la autorización legal de su padre, porque era menor de edad) y, como era costumbre de la época, dejó de trabajar fuera de casa para centrarse en construir su propia familia. Tuvo cinco hijos en un período relativamente corto de tiempo, así que, al igual que trabajó en su infancia y adolescencia, más aún lo tuvo que hacer para sacar adelante, junto con Enrique, a una gran familia. Y así lo hizo.
Cuidó siendo niña, cuidó siendo adulta y sigue cuidando a día de hoy. Como tantas mujeres de su época, ha dedicado su vida a todos los demás, relegando en ocasiones sus propias necesidades. Quizá no pudo tener los estudios que quiso, ni trabajar en lo que le hubiera gustado pero, desde luego, pertenece a ese grupo de «mujeres en la sombra» que saca-on adelante un país sin hacer ruido, pero sin desfallecer.