El profesor

Soy profesor de literatura alemana por la Universidad de Colonia. Mi nombre es Hans Heidelberg y nací en Núremberg en 1912. Nada más que decir, ni de mi familia, ni de la temible situación alemana.

Estuve, a la fuerza, alistado y uniformado en el bando alemán, en la cuarta división, el Fall Weiss, a las órdenes del General Fedor von Bock. Allí conocí el horror de una Alemania desconocida y alejada de los ideales clásicos y humanos. Invadimos Polonia sin piedad. En esa época yo era militar teniente, es decir, Leutnant, tenía a mi cargo cincuenta hombres divididos en tres secciones de diez hombres; cada sección estaba al mando de un Unteroffizier. Entramos por la frontera germano polaca de Silesia y Pomerania, arrollando al ejército polaco sin dificultades. Nuestro objetivo era avanzar hacia Lodz, con excelente éxito. Vista aquella masacre, y sin entender nada, deserté hacia el mar Báltico, cerca de Srettin. La corta frontera y los páramos desolados hicieron el resto para mi huida. Ahí, en el puerto de Stettin, me colé en un barco hacia Noruega, y desde Kristiansand hacia Bilbao, en una travesía infernal, incluidos el acecho de submarinos alemanes.

Contada mi andadura militar y acabada la guerra, me refugié en Bilbao, entre montañas y costas. Valiéndome de mi pobre castellano, di clases por todas las aldeas de Vizcaya, sobre todo en el Durangaldea y otras villas que llevo en mi corazón.

Las autoridades de aquellos duros años de 1946 me trataron como un soldado de los suyos, no sabían la verdad, ni nunca se imaginaron que era un desertor, solo les interesaba escuchar mis relatos de guerra y acción bélica, les encantaban, tenía que buscarme la vida entre aquellas gentes todavía afines al totalitarismo. En fin, todo fue más o menos bien, teniendo en cuenta que muchos nazis estaban en España, y que no les esperaba ninguna persecución.

En 1947 me detectaron un principio de tuberculosis, aconsejándome que cambiara de clima, más cálido, al Mediterráneo, me dijo el doctor. No me atraían la costa ni el mar debido a una mala experiencia de niño que no contaré, por ello, indagué en pueblos del interior de esa provincia,Valencia, que tuviesen además montaña y fuentes con aguas curativas, mi enfermedad no era todavía para ingreso de hospital ni sanatorio. Los pinos, el aire cálido, el aroma del viento mediterráneo, la ciudad del viento, así conocí Buñol, quizás por casualidad, o no.

LA LLEGADA

El tren me desdibujó unos túneles enigmáticos que me recordaron mis amados Alpes. Después supe que le llamaban «la Suiza Valenciana», motivos tenían. La vieja estación, las calles desiertas aquella tarde de octubre, su castillo árabe, las nubes rojas bailando al sol del viento otoñal, la otra España, también industrial, con una enorme fábrica de cemento, su río, sus fuentes, todo me enamoró.

 –Está usted en su casa, von Hans –me dijo el alcalde el primer día–, y tiene a su disposición nuestra casa escuela para dar clases de Lengua, pero española –dijo mientras señalaba un cuadro de la pared con los emblemas de la época.

No dudé en aceptar el trabajo de profesor. Además, mi porte bárbaro, rubio y alto, llamaba la atención a la gente de este pueblo.

Me instalé cerca de las escuelas nacionales, como así se les llamaba. Llevaba una vida fácil, por llamarlo de alguna manera. Mis libros me acompañaban a todas partes, además de mi pistola Luger siempre preparada. Mis estudios sobre Hegel y Nelio Ormuz me sacrificaron en el ejército nazi. Supe desde los primeros combates que los oficiales de más rango me odiaban por ser un bicho raro, un intelectual amante del arte y de los impresionistas, y expresionistas del Die Brücke. «No hagas caso de idiotas ni de militares que no han disparado un solo tiro, ni han matado a espada, sus palabras son más odiosas que sus hechos, pues llevan al hombre a la guerra total y sin sentido…». Leí esto cuando tenía quince años del poeta Nelio, o «Los pilares de la Tierra se derrumbarán por fuerzas de hombres que antes eran y son unos inútiles». También Hegel dijo: «Lo real es racional y lo racional es real». Todo esto lo leía siendo muy joven, pero un día pude escuchar de un loco fanático: «Nada se ha hecho en el mundo sin pasión» y esta lectura me abrumó con toda su celeridad en aquellos años pre guerra.

EL DESCUBRIMIENTO

Como cualquier profesor español de la época, daba largos paseos por aquellos lugares, pensando en si algún día alguien me buscaría. Pensaba en instalarme definitivamente en este país, oculto.

Una tarde de brumario me alejé demasiado de la Villa y después de atravesar unas pozas que llamaban Los Peñones y La Jarra, saltando como una cabra entre las rocas y tomando como objetivo el final del río, que allí acababa, pues era subterráneo, me introduje en lo que por aquí llamaban Carcalín. 

Las grandes moles de piedras, el silencio del paraje, la mirada quieta de los fósiles escondidos, me aventuraban a avanzar y avanzar. Había estado en el ejército, quizás el más potente hasta ahora conocido pero vencido, y llegué casi escalando a un sitio en forma de puente, de Puente Natural, así se llamaba. Me impresionó la grandiosidad de la Naturaleza y, sobre todo, la cueva que hacía de arco para el puente formado por el azar de los milenios. Miles de años de ónix, cuarzo.

Con esfuerzo de soldado bajé y me encontré con unas maravillas dignas de contar. Entre zarzales y bloques de musgo se abría ante mí una oquedad enorme, estalactitas, adelfas y otras plantas que colgaban como si de un palacio se tratase. Estratos de épocas desaparecidas en el tiempo del canto y el cristal.

Inquieto, pues nadie en la villa me había comentado la existencia de este lugar, saqué mi Luger o PO8, por si acaso. Al fondo se distinguían luces que se apagaban ante unos ojos ya acostumbrados a la oscuridad y al fragor de las granadas. Escuché unas voces, pensé que era el viento al colarse entre las rendijas de las rocas, pero me equivocaba, eran suaves y armoniosas, de mujer. Como buen soldado, no tuve miedo alguno y esperaba de un momento a otro encontrar a alguien allí, quizás mujer o alguien perdido en la tarde.

Pero avanzaba en la oscuridad, apoyándome en las piedras, pues sabía que el puente natural tendría una salida. Llevaba una linterna que se iba muriendo poco a poco, veía el final del túnel, que en realidad era incierto. Como decía antes, el miedo no estaba en nuestro vocabulario alemán. Seguía avanzando escuchando voces melodiosas que me embriagaban.

«Estaba en una especie de éxtasis, absorbido por la contemplación de la belleza sublime… llegué a este punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestiales».  Stendhal, al visitar la Basílica de Santa Cruz. Recordé a este artista y mis ojos se volvieron vidriosos y alcancé como él la maravilla del arte pero en estado natural.

Un perfume como de incienso dorado me mareaba. Tuve que apoyarme y entonces recordé que alguien me había traído hasta aquí, que nada había surgido por casualidad. Vinieron a mi frágil ser las leyendas de mi tierra, las «Leyendas de Lorelei» y sus ninfas, que con sus cantos asesinaban a los niños que se perdían en los bosques.

Ahora, ya tarde, lejos del pueblo, sumido en aquel crisol de colores y músicas, me despedí mentalmente de todos los niños de los que pude acordarme y de aquellas gentes que me acogieron en la «Ciudad del Viento», como ellos la llamaban. 

Sentí un poco de nostalgia, pero un soldado, aunque sea un desertor, ha de ser valiente y honrado. En mi caso nada me fue preguntado, nada del Imperio, solo fue una época de jardines que se bifurcan en el Infierno, una muerte segura de toda una generación. El tiempo se agotaba entre la humedad y el frío.

La linterna apenas alumbraba. El tiempo, ya detenido. Era el final.

EL FINAL

Una noche cerrada de brumario, un pastor que se quedó atrapado por una fuerte tormenta, bajó a refugiarse en el Puente Natural. Pese al riesgo que corría se introdujo allí con sus ovejas.

Al día siguiente, antes de morir, dijo haber visto un hombre rubio correr entre las piedras perseguido por extraños seres azulados y monstruosos, parecidos a espectros que intentaban atraparle. El pastor dejó su ganado y huyó, dejando atrás un estruendo como si de una batalla infernal se tratase, de bombas y gritos, truenos y sangre.

El profesor Hans Heildelberg desapareció en el río o sus pozas el 30 de noviembre de 1947. Sin haberse encontrado su cuerpo ni sus pertenencias, las autoridades han dado parte a la embajada alemana en Madrid de la cual no se ha recibido respuesta alguna.

«El devenir es la unidad del ser y la nada».  W. Friedrich Hegel.

«Nunca te metas en una cueva si sabes que vas a salir». Nelio Ormuz.

El profesor, mártir de una guerra inacabada, desapareció en su propio laberinto, en su propio devenir de una búsqueda imposible, de la batalla que nunca libró, en el frente ruso quizás.

Mes de Brumario 1947.

Alguna tarde, cuando paso por el Puente Natural, me asomo a la increíble cueva que engulló al profesor. Un aroma de viento amarillo y un incienso rosáceo me cubren y marean. Al fondo, una luz brillante parece aguardarme, quizás podría entrar…

Rafael Ferrús Iranzo
Buñol es misterio. La ciudad del viento.

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