La excursión a Venta L’Home

Una tarde de brumario, en la buhardilla, centrado en unos artículos de los años setenta de una revista local, cuando las nubes ardían en el fuego llamando a la noche que se encontraba lejana, no pude más que extrañarme. Ante mis ojos se encontraba aquel magazine de más de cincuenta años.Cogí el papel, casi temblando. El ocaso ya caía en lamentos profundos, en conversaciones perdidas que provenían de la antigua nacional III. Cerca de ella, ya veía luces fatuas en noches de invierno. Desde la citada buhardilla, un rayo cruzó el cielo azul mediterráneo, o quizás castellano. En esa frontera del miedo, estaba ese lugar que ahora nombraré.

El artículo de aquella revista local relataba un extraño suceso en la nacional III acaecido en julio de 1973, cerca de nuestro querido restaurante Venta L´home, y se apreciaba una foto en blanco y negro de un autobús aparcado en la carretera.Se refería en primera persona: «amigos míos», cosa que me sorprendió. No estaba firmado. Al fondo, la antigua casa de postas. Así decía:

«Habíamos quedado en Plaza Ventas un grupo de personas de la villa, conté unos veinte, de edades diferentes, desde niños hasta mayores. El ambiente era cálido y festivo. El motivo de nuestro viaje era Venta de L´Home, a pasar el día, a comer y bañarnos, no hace falta explicar a nuestros lectores de qué lugar se trata, antigua casa de postas del siglo XVII, en la cual se encuentra su magnífico y laureado restaurante».

Mi mirada se centraba en los coches, en la lejanía melancólica, más bien en sus amarillas luces, color Van Gogh, pinceladas de pintor en la noche oscura, el ir y venir, en la NIII; y detrás la autovía incluso apreciaba a lo lejos los faroles con sus luminarias tenues del restaurante, seguí leyendo:

«El motivo de la excursión sería pasar el día en tan nombrado lugar y probar sus manjares, así como refrescarnos en su recién inaugurada piscina. El día de julio era radiante y la gente, muy contenta, subía al autobús apresuradamente. La mayoría se saludaban y hablaban casi gritando, cosa que a mí me molestaba un poco, pues iba solo, y además eran mis primeros pasos de periodista y había leído días atrás lo de la excursión local y decidí embarcarme. Debo añadir que soy hijo de la villa de Buñol, y agradezco su hospitalidad a este humilde relator, aún joven…»

Un halo de nostalgia me visitó. ¿Quién sería aquel joven periodista?, pues en ninguna parte del artículo publicado en la revista mensual decía su nombre, ¿qué habría sido de él, sería ahora un escritor o articulista y estaría acaso en Madrid, cuál habría sido su futuro, cuál sería su nombre?, nunca lo sabría. Las luces de los vehículos y sus motores aullaban en la autovía, algún coche perdido en el tiempo y sus miserias se divisaba en la antigua NIII. Yo, embriagado por la curiosidad, que no podía quitármela, como caballo de copas que lanzaba al aire, mareado por el paso del tiempo y el ahogo del misterio, que me consumaba, seguí leyendo…

«Para mi sorpresa el lugar estaba solo a unos quince minutos de la villa. Debo decir que muy joven fui a Valencia a estudiar y no sabía del sitio en cuestión, quizás porque estuve toda mi infancia en la capital viniendo solo los fines de semana. Al fin llegamos y la gente, emocionada, bajaba casi corriendo. Me gustó mucho aquella ingenua felicidad y sencillez de aquellas personas que amablemente me acogieron y que valoraban el tiempo de sus vidas como algo que hay que aprovechar, y no era efímero, sino verdadero, horas y minutos que se plasmarían en sus almas, para entendernos. Bueno, sigamos con la excursión, amigos lectores, buñolenses.

–Venga, joven, baje y verá que sitio más bonito tenemos en Buñol; ¿sabe?, era una antigua casa de postas del camino Real. Usted me cae bien, se sentará con mi chico y yo a comer –me decía una mujer muy contenta.

Yo le sonreí y entramos. Su hijo no paraba, era de unos cinco años, su padre enseguida lo cogió entre sus brazos y se adelantó. La mujer seguía hablando, se la veía radiante de tener un día sin trabajar.

La vieja casa de una sola planta y rodeada de árboles centenarios, robles y olivos, y un castaño, daban espléndida sombra; parecía un lugar histórico. Al lado mismo, la carretera, la NIII, de la cual salían coches para dirigirse al restaurante. Había movimiento de personas. Ya casi las doce, la gente se disponía a comer algo, almorzar o comer.

Comimos de maravilla, en un ambiente cordial. Su ambientación, sus cuadros y otras antigüedades me encantaron, desde pistolas del siglo pasado hasta aperos, hoces, un trabuco, una chimenea enorme, y algún arco apuntado coronado por ventanillas góticas, hacían de este salón, del lugar en sí, un sitio emblemático. Un cuadro de una hermosa joven, de unos veinte años, dominaba todo el comedor; estaba pintado con óleos dorados y ocres de oro, lo que hacía tener algo especial y, a la vez, atrayente. Me comentaron que era la hija de un amigo del dueño, muerta en accidente de tráfico cerca de donde estábamos. Bueno, sigamos: los camareros eran muy amables, cercanos, riendo de los chistes de los visitantes, que no paraban de hablar; en resumen, una fiesta sencilla».

Había algo en este artículo que parecía oculto, como encriptado. Cada frase, deduje, tenía un significado, y advertía de lo siguiente, sin duda alguna, de lo que iba a ocurrir, de un misterio, de una observancia sobrenatural que precede a la catástrofe. ¿Qué sabemos nosotros de todo esto? ¿Acaso el joven periodista, en su anhelo vital por conocer a esta buena gente, no apreció esto hasta el final, hasta el suceso, el punto equis de nuestras vidas donde el hilo de la muerte aparece sin más, y se presenta con un «aquí estoy»? Sí, todo llega. ¿Por qué nombraría lo de la joven, el cuadro? No venía a cuento, pero lo escribió, sé que estaría un buen rato mirando aquella hermosa joven de tonos dorados. Debo decir que ese cuadro años después no pude verlo, ni el nuevo dueño quiso decirme nada, allí ya no estaba, en el amplio salón, con sus trastos y aperos, cuadros y fotos de famosos que tanto llamaban la atención a los visitantes.

«Acabamos de comer y los críos, como locos, y algún exagerado mayor fueron corriendo a la piscina, se cambiaron en unos lavabos cercanos, y al agua. Era un ambiente alegre, y al verlos tan felices y humildes pensé en Lorca; no sé, me vinieron a la memoria sus ganas de vivir, su sonrisa especial, y lunar. El sol apretaba y el viejo olmo me acariciaba con su devenir. Su cimbreante ramaje me hablaba, pero no entendía su susurro especial. Sentí todo el amor de la naturaleza, el agua, los árboles, esta gente tan buena, siendo felices con tan poco. Cuando descansé una media hora fui hacia el interior, pues tenía planeado hablar con el dueño y así conocer este restaurante tan histórico y de buen comer. El dueño me explicó su importancia como paso de carruajes en épocas pasadas y de ahora la NIII. Perdonen que añada una cosa: mientras hablaba con el carismático dueño, un camarero nos observaba seriamente. No era como los demás; alto y con cara de pocos amigos, me recordaba a los antiguos bandoleros que habían coronado este camino real, sus largas patillas y su cigarro. Su mirada torva me confundía y cuando centré mis ojos en los suyos salieron unas palabras extrañas de su boca, mezcladas con el humo negro de su tabaco. Pero, bueno, es una anécdota, sigamos con la excursión».

Sin duda aquel joven periodista, del cual nada sé, descubrió algo en aquel lugar, pero se lo llevó con su desaparición. ¿Acaso el camarero señaló el cuadro de la joven del accidente? No lo sabremos nunca, si le avisó o le condenó, más bien lo segundo…

«A las siete más o menos salimos para Buñol, por la NIII, no sin antes, entre chistes y risotadas, despedirnos de todos los camareros y dueño del lugar. Al incorporarnos a la carretera, antes de llegar a La Cabrera, se desató algo extraño en el cielo, se hizo como de noche. Todos afirmaron que era tormenta de verano, «ahora vendrá el granizo», dijeron por los asientos de delante. La oscuridad se hizo casi total, y el autobús aparcó en un camino de tierra, en una curva. Una densa niebla apareció. El conductor dijo que esperáramos a que hubiera visibilidad pero ya no la hubo. Alguien tocó en la puerta del bus, cerca del conductor. Todos se extrañaron y se hizo un silencio muy denso. Subió una joven, lentamente, sin prisas y sin hablar. No tenía ojos, sus pies no tocaban el suelo, su cabello negro se deslizaba pero no había corrientes de aire. El viento era su amo, dijo… La gente estaba ya en lo otro, por llamarlo así, todos callaron ante una situación rara, extraña, y todos, incluso yo, supimos que era el final en aquella tarde de julio. El autobús se había salido en una cuneta y «volado» hacia casi el riachuelo, así se detalló en el informe, algo le ocurrió o vio el conductor que le hizo salirse de la carretera al ir a gran velocidad y a su vez frenar de golpe, pues las huellas de las ruedas estaban en la calzada, como ahora sus almas. La excursión tan sencilla. Nunca sabemos de nuestro equis, por llamarlo así, y aquí amigos buñolenses, acabo este relato, muy lejos de ustedes ya, pero a la vez cerca».

Cuando cerré aquellas páginas no pude más que levantarme e ir en aquella noche de brumario a aquel sitio donde exactamente ocurrió el accidente. El joven periodista que escribió el artículo sobrevivió, pero, ¿donde buscarlo? Dijo lejos, pero cerca, ¿qué querría decir con cerca y lejos?, nunca lo supe. Al acercarme cerca del río Suc, aún pude ver con la linterna un trozo de metal y una cruz con flores, también el frenazo. Mi ser, mi alma, se llenó de tristeza y me arrodillé, miré al cielo hecho añicos y puse las manos en la tierra ahora mojada por la lluvia. A lo lejos, algo se iluminó, algo se acercaba hacia mí. Varias luminarias, el puente de la autovía, los coches, todo pareció pararse, algo venía hacia mí, me levanté y los abracé uno a uno, todos estaban ahí, el niño y su padre, todos. Me abrazaron antes de partir. La joven misteriosa iba tras ellos, como dirigiendo la comitiva. Emitía una dorada luz que me embriagó, como el cuadro del restaurante.

Aquel camarero, con su torva mirada, el cuadro de la joven, los susurros del olmo, el niño… ¿Quién sabe?, todo son símbolos que no conocemos. Años más tarde investigué más a fondo el suceso. El autobús se salió de la carretera por un fallo en la dirección o por un error del conductor, o por algo que vio y trató de esquivar, pero qué más da, ¿acaso los símbolos del día a día podemos entenderlos más a fondo? ¿y por qué el periodista no murió, y despareció?, ¿por qué utilizó en su artículo lo de la joven que subió al autobús o el camarero misterioso… o el cuadro del salón del restaurante? Los veo desaparecer en la carretera plateada hacia la casa de postas, hacia el infinito. Ahora mi única tarea es encontrar a aquel joven periodista que ahora tendrá más de setenta años, pero necesito respuestas.

Hoy, estoy en Madrid, en la sede de un importante periódico. Quizás sepan algo, les enseñaré el artículo, como en los cinco que he visitado anteriormente. El viento es permanente, es diario, es frío y no da pistas, al contrario. Pasan los coches perdidos en sus historias, la NIII es misterio, está, en la Ciudad del Viento.

Rafael Ferrús Iranzo
Buñol es misterio. La ciudad del viento.

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